jueves, 29 de enero de 2015

Sueños de Metal (30) – Recapitulación




En 1950, Isaac Asimov editaba su selección de cuentos I, Robot (Yo, Robot), en la que se incluían las famosas Tres Leyes de la Robótica, que no obstante ya habían sido publicadas unos años antes en uno de los cuentos del autor en una revista pulp. Ese mismo año, Alan Turing propone su famoso Test para la identificación de la inteligencia artificial (el Test de Turing, publicado en su obra Computing Machinery and intelligence). 

El objetivo del test es averiguar si un ordenador tiene o no conciencia humana desde una perspectiva conductista, de forma parecida a los test ciegos de refrescos. En un lugar a oscuras se pone a varias personas y a la máquina a responder a preguntas de un juez. Si éste considera que las respuestas que recibe son plenamente humanas, entonces la máquina habrá superado el test. El Test de Turing ha sido ampliamente contestado, ya que otorga cualidades de consciencia y de conducta humana a un objeto que no tiene por qué tenerlos, pero sí entrar dentro de una definición de inteligencia viable. No obstante, eran aquellos tiempos interesantes y convulsos, en los que un escritor ruso-norteamericano planteaba problemas morales de gran complejidad a improbables robots autoconscientes en mundos futuros, y un investigador británico (de desgraciada biografía, por cierto, y una de las mentes más brillantes que parió el siglo) que había contribuido a descifrar la Máquina Enigma en la II Guerra Mundial y revolucionado el mundo inventando las máquinas matemáticas que también llevan su nombre, se planteaba si las máquinas podían llegar a tener conciencia.

Los años cuarenta, a partir de su segunda mitad, y los cincuenta tienen la particularidad, en las relaciones argumentales de cine e informática, de tratar de forma cuanto menos ambivalente todo lo relacionado con la ciencia y la tecnología. Por un lado, la cercanía del final de la II Guerra Mundial, y de su salvaje conclusión con el lanzamiento de las dos bombas atómicas sobre Japón y el inicio en el horizonte de la carrera de armamentos con la Unión Soviética, dan la de cal, mientras que la de arena la aportan las ingenuas y positivas visiones del futuro que ofrecía la America de los cincuenta a sus ciudadanos. 

En cierta medida, pasaría algo similar en los años sesenta, en los que la guerra fría estallaría, pero el lado positivo de la carrera espacial, una especie de sana puja entre los soviéticos y los estadounidenses, culminada con la conquista de la Luna, todo un acontecimiento mediático y tecnológico, ganaría la batalla a los negros nubarrones que ensombrecían la imagen de la técnica entre las gentes. Esta imagen positiva se hundiría con el fin de las Misiones Apolo y el endurecimiento salvaje de la Guerra Fría en los años setenta. 

En esos años, en los que los ordenadores siguen siendo grandes y carísimas máquinas al alcance de unos pocos, de nuevo la tecnología se vuelve un invento frío y peligroso, especialmente en malas manos. Los setenta son los años más oscuros en cuanto al tratamiento de la informática en el cine, toda vez que en la siguiente década, a partir de la popularización masiva del ordenador personal, la informática irrumpirá de nuevo de forma absolutamente familiar en el cine y la televisión, lo que se vería reflejado a lo largo de todos los ochenta en los argumentos fílmicos. Posteriormente, si en algo podemos definir la corriente de la informática en la última década del Siglo XX y la primera del XXI, es a partir de la popularización masiva de Internet, iniciada tímidamente a partir de 1995, y que estallaba en el año 2000, con el boom de la ubicuidad de las redes (vía smartphones y tablets) y su lado social a partir de 2008. 

Los noventa son los años de los GUIs y los ordenadores para todos, de las aplicaciones interactivas y el nacimiento de las telecomunicaciones para las masas. Ello llevó a que la tendencia positiva de los ochenta se acrecentara, e introdujera a la Red de Redes dentro de los temas preferidos de las películas referidas a la informática. Así, términos como hacker se popularizaban casi universalmente.

Con todo, una tendecia se mantenía, inasequible al desaliento, siempre efectiva, a lo largo de los años. La visión ludita, tecnonegativa, del monstruo artificial que queda fuera de control, ya se trate de un robot, un ordenador, la invención de un científico transgresor que imita a Prometeo, un alienígena o un futuro antiutópico, el tecnomonstruo se ha mantenido a lo largo de los años, constante, siempre presente, unas veces más de moda y otras menos, pero ha sobrevivido por encima de tendencias transitorias y modas. 

El tecnomonstruo parece gozar siempre y en todo momento de buena salud. La visión de la informática como un objeto hostil, peligroso y potencialmente maligno sigue bien insertada en la mente de gran parte de la ciudadanía (no sin razón, a la vista de cómo los Estados usan esos recursos, algo que ya comentaré posteriormente), a pesar de que manejen con soltura los menús de sus teléfonos móviles. Siempre, a principios de siglo y ahora, la tecnología se ha asociado de alguna manera con la magia, y los magos, como los sumos sacerdotes, son dignos de reverencia, pero también objeto de temor y desconfianza. El tecnomonstruo sobrevive y sobrevivirá, mientras haya gente que no entienda o no quiera entender el mundo que le ha tocado vivir, y mientras sea usada con fines poco claros por algunos.

En los noventa, el uso de la informática, y especialmente de Internet, como era de esperar, aparecía en algunos films españoles, como en Memorias del ángel caído (Memorias del ángel caído, David Alonso, Fernando Cámara, 1997), una curiosa película de terror realizada a contracorriente, en la que los protagonistas utilizaban un ordenador portátil con un software especializado para seguir los movimientos de las personas en una iglesia. Por otro lado, el uso de la Red como elemento secundario en las tramas aparecía en varias películas nacionales, como Tuno negro (Tuno negro, Pedro L. Barbero, Vicente J. Martín, 2001), Manos de Seda (Manos de Seda, César Martínez Herrada, 1999), o Lucía y el sexo (Lucía y el sexo, Julio Médem, 2001), una obra subyugante que hace un uso argumental de los canales de chat cercano al realismo mágico.

En Disclosure (Acoso, Barry Levinson, 1994), Michael Douglas es chantajeado sexualmente por Demi Moore. Ambos trabajan en una empresa dedicada a la fabricación de hardware para ordenadores personales, y la trama gira alrededor de la fabricación de un nuevo modelo de discos duros. El film contiene un momento especialmente interesante en el que Douglas se introduce, a través de un sistema de realidad virtual, en el sistema de archivos de la compañía. Éste, representado en forma de un enorme edificio de aspecto gótico, es un curioso hallazgo de diseño, y una secuencia completa en la que el protagonista busca unos determinados documentos comprometedores en el sistema de archivos, en el mismo momento en que su rival los está borrando, desarrollada en el interior de esta entelequia virtual, está resuelta con especial habilidad. En el film, la informática es tratada con una relativa objetividad para lo que estaban acostumbrados los espectadores en aquellos años: el personal de la empresa se envía cotidianamente emails (en 1994 todavía era raro encontrar una película en la que este tipo de mensajes se usara de forma continuada), y trabaja con estaciones Silicon Graphics, una por puesto de trabajo. Como en muchos ejemplos de films similares, el uso de las técnicas informáticas es a nivel de usuario, y sustituyen a otros trucos de guión utilizados para obtener resultados similares en películas anteriores. Sin duda, el amor de Michael Crichton por los juguetes tecnológicos, autor de la novela original y guionista de la película, tuvo mucho que ver con ello.

También el avispado Chrichton estaba detrás de la novela y el guión de Jurassic Park (Parque Jurásico, Steven Spielberg, 1993), un reciclaje habilidoso de su Westworld de los setenta. Argumentalmente, el uso de los ordenadores (una vez más con product placement de Silicon Graphics) se limita a utilizarlos como herramientas, simples resortes argumentales para explicar al espectador ciertas situaciones o sucesos. Amén de unos interfaces de usuario de especial atractivo, diseñados con gran eficiencia , poco más ofrece al respecto la película del director de La lista de Schindler. 

Como anécdota, el actor Jeff Goldblum interpreta a Ian Malcolm, un matemático experto en Teoría del Caos que al principio de la película hace una somera explicación del Efecto Mariposa y los Atractores Extraños, todo muy rápido (apenas unos minutos durante el viaje aéreo a la isla Nublar, donde el parque está situado), con el fin de dar justificación científica a los sucesos que ocurrirán a posteriori (como si realmente la necesitaran, en una película que pasa un tercio de su metraje explicándose a sí misma). 

Algo parecido ocurre en otra adaptación del novelista/director/productor, Sphere (Esfera, Barry Levinson, 1998), un desastre comercial de cuyo accidentado rodaje el veterano Levinson salió declarando su odio a Crichton, causado por el -al parecer excesivo- afán controlador del guionista y coproductor. Por otro lado, es muy común en las novelas de Crichton esa utilización cosmética del objeto tecnológico, amén de una soterrada desconfianza profunda en el hecho informático, que nos retrotrae a otros tiempos. Crichton, bajo un aparente amor por la tecnología, resultaba ser un conservador de tomo y lomo, amén de un avispado vendedor que sabía que su público lector -y espectador; todas sus obras acababan adaptadas a la gran pantalla- era aún más conservador que él mismo. Amén de The andromeda strain, Westworld y su spin-off inconfeso con dinosaurios (por cierto, se acaba de estrenar una nueva serie adaptando Westworld), Crichton pasará a la historia por ser uno de los productores ejecutivos de la excelente serie televisiva ER (Urgencias, Anita W. Addison, Sarah Pia Anderson, Paris Barclay, Guy Norman Bee, David Chameides, Christopher Chulack, Steve De Jarnatt, Donna Deitch, Anthony Edwards, Fred Einesman, Féliz Enríquez Alcalá, Lance Gentile, Fred Gerber, Vern Gillum, Lesli Linka Glatter, Marita Grabiak, Davis Guggenhein, Charles Haid, James Hayman, Rod Holcomb, Kevin Hooks, Laura Innes, Jonathan Kaplan, Michael Katleman, Elodie Keene, Barnet Kellman, Ken Kwapis, Eric Laneuville, Perry Lang, Mimi Leder, Peter Markle, Darnell Martin, Chris Misiano, Tom Moore, David Nutter, Dean Parisot, Whitney Ransick, Daniel Sackheim, Thomas Schlamme, T. R. "Babu" Subramanian, Quentin Tarantino, Richard Thorpe, Mark Tinker, Jacque Elaine Toberen, John Wells, 1994), a través de su compañía, bautizada como Constant C. Amén de ser una cita culta - la constante C es la velocidad de la luz en el vacío-, también ofrece una -suponemos que impremeditada- ironía sobre la permanente presencia en el cine fantástico hollywoodiense del autor a lo largo de los años noventa. El constante Crichton de aquellos años.

Ghost in the Machine (Ghost in the Machine, Rachel Talalay, 1994), un poco conocido largometraje, plantea una curiosa posibilidad con las redes de ordenadores (y del fluido eléctrico) de por medio. El cuerpo de un asesino en serie es escaneado para la ciencia durante una tormenta, lo que hace que éste escape de su cuerpo y se infiltre en las redes eléctricas de la ciudad, lo que le da posibilidades ilimitadas de asesinar de nuevo. Las imágenes del espíritu del asesino viajando por las redes de cable merecen la pena. La historia, partiendo de una premisa tan interesante como la reseñada, deviene rutinaria, aunque la idea de la supervivecia de la mente en las redes quede como posibilidad abierta a nuevas sugerencias argumentales, tal y como ocurriera en The Lawnmower Man y The Lawnmower Man 2, con peores resultados, por cierto, o en la reciente Transcendence (Transcendence, Wally Pfister, 2014).

En la flojísima The Lawnmower Man (El Cortador de Césped, Brett Leonard, 1992), película basada muy de pasada en el cuento homónimo de Stephen King -una historia corta sobre cortadoras de césped asesinas, que sólo tiene que ver en el título con la película- pero realmente un inconfesado remake del largometraje Charly (Charly, Ralph Nelson, 1968), el científico experto en mundos virtuales Lawrence Angelo (Pierce Brosnan) convierte al retrasado Jobe (Jeff Fahey) en un supergenio, gracias al uso experimental -e inexplicado, por cierto- de la tecnología virtual. Jobe enloquecerá y se convertirá en un asesino peligroso. Finalmente, Jobe es destruido, pero su conciencia queda atrapada en las redes telefónicas del mundo. Esta última idea es explotada parcialmente por la aún inferior The Lawnmower Man 2: Jobe's War / The Lawnmower Man 2: Beyond Cyberspace (El Cortador de Césped 2: Más Allá del Ciberespacio, Farhad Mann, 1995), que no responde a las expectativas del final de la primera. Jobe no es la amenaza que parecía; los papeles de los protagonistas de la secuela fueron rechazados por los dos actores originales, lo que ya de por sí es un signo de la calidad del guión. Como resumen de estos dos largometrajes, podemos llegar a esta frase: la tecnología o es cosa de científicos locos o vuelve loca a la gente; cosas de los productos de serie B, y constante en el género fantacientífico que permanece inmarcesible a modas y cambios sociales; ¿probablemente a causa, o consecuencia, de una profunda desconfianza hacia la ciencia de amplios sectores de la sociedad? Quién lo sabe.

No obstante, vivimos los años de la Red, en los que Internet está en todos lados, se habla muchísimo de ella, pero un 40% de la población no tiene acceso a sus supuestos beneficios, y las grandes corporaciones se encargan de ahogarla siempre que tienen oportunidad. Son unos tiempos poco adecuados para la lírica. Con todo, los ordenadores personales parecen ubícuos, y en los tiempos de la @ y el # parece imposible regresar a los viejos años de los ordenadores locos.

Pero volvamos atrás. En el enfoque temático propio de los años noventa, ya no es el ordenador el enemigo, sino la información contenida en él, que si cae en malas manos, puede causar graves problemas a los héroes. Ejemplo paradigmático de esta tendencia es The Net (La Red, Irvin Winkler, 1995), protagonizada por Sandra Bullock, en la que una programadora, Sandra Bennett (Bullock), a cuyas manos llega un diskete comprometedor, y mientras está de vacaciones en México, es convertida por las artes informáticas de los malos de la función en una fugitiva de la ley debido al uso malicioso de su información personal informatizada (venden su casa, cambian su identidad por otra falsa y delictiva, etc.). Así, la protagonista pasará a estar fichada por la policía gracias a la inclusión de su nombre en sus ordenadores, no podrá hacer uso de sus tarjetas de crédido, y, en último extremo, pasará a ser totalmente anulada como ciudadana. Algo que hoy en día cualquier ciudadano puede experimentar a poco que alguien le meta en el ASNEF y otros ficheros de morosos españoles, por cierto.

La desaparición en los archivos informáticos de un ciego y burocrático gobierno occidental equivale a la desaparición del individuo de la realidad. Resulta curioso que un producto de puro entretenimiento como The Net plantee un asunto tan inquietante como plausible sobre la realidad actual de los archivos informáticos y la protección de los datos personales, aunque el producto no va más allá del planteamiento de tan ricas posibilidades argumentales. 

A medida que avanza la década, nos encontramos progresivamente con una ampliación del uso de los dadgets informáticos, que pasan a ser una suerte de demiurgos, de deux-ex-machina argumentales, que resuelven todos los problemas argumentales. Films como Mission Impossible (Misión Imposible, Brian de Palma, 1996) y su secuela: Mission Impossible II (M.I.-2: Misión Imposible 2, John Woo, 2000) -y siguientes- son perfectos ejemplos de esta tendencia tecnófila, que convierte a los aparatos informáticos en cómodos electrodomésticos portátiles ubicuos y omnipotentes –y de la que ningún estudio académico se ha ocupado hasta ahora; siquiera de comentar su mera existencial-, dando visos de realidad a potencialidades y características actualmente imposibles desde el punto de vista técnico, dando una sensación equívoca al espectador: la de que la tecnología es capaz de todo y de que todo es posible a su través. Cualquier episodio de la serie CSI o de BONES contiene usos de "tecnología-magia" de ese tipo.

El póster norteamericano de "El hombre terminal" se reproduce mediante el derecho de cita.

miércoles, 28 de enero de 2015

"Ácronos 3"


Josué Ramos acaba de publicar en Facebook la portada del tercer tomo de "Ácronos", la fascinante antología de relatos steampunk que él mismo dirige, y que edita el estupendo sello editorial Tyrannosaurus Books. Este tomo está dedicado a diversos países y culturas. La ilustración es de Joe Day, a quien nunca estaré lo suficientemente agradecido por su maravilloso diseño para mi novela "Los Códices del Apocalipsis", que también editó Tyrannosaurus.

"Ácronos 3" sale muy pronto a las librerías, no os lo perdáis. 

Ah, y dentro tengo un cuentito, un viejo proyecto que gracias a Josué y Tyrannosaurus se ha hecho realidad. Se titula "Raza".

La lista completa de cuentos y autores es esta:

Pablo Begué (Prólogo)
Gloria T. Dauden (Arabia)
Esther Galán (Rusia)
Rafael González (Japón)
Laura López Alfranca (India y Perú)
Raúl Montesdeoca (Japón)
Rafael Marín (China)
Jordi Noguera (Arabia)
Elio Quiroga (España)
Paulo C. Ramírez (México)
Josué Ramos (África)
Armando Valdemar (Rusia)


Aquí hay algo más de información sobre la antología.

Y aquí puedes ver una primera reseña en Ficción Científica (actualizado el 27 de febrero); "... una antología increíble, he encontrado relatos fascinantes, todos me han encantado. Cosa difícil de una antología, pero es lo que me ha fascinado de esta, que todos los relatos me han parecido espectaculares."

Lo que me da vergüenza


El titular de arriba salió hoy en Eldiario.es. Una astilla más a mi sonrojo general. A mi sentimiento de vergüenza insoportable.

Me da vergüenza que ayuntamientos como el de Madrid vendan casas de Protección Oficial a fondos buitre echando a la calle a sus habitantes.

Me da vergüenza que las Cajas o el Banco Malo revendan sus créditos de dudoso cobro a grupos de recobro de modos mafiosos.

Me da vergüenza que el gobierno de mi país se alinee con las operadoras telefónicas, la banca y todo aquel que tenga poder económico, que sea fuerte con los débiles, y débil con los fuertes.

Me da vergüenza que todo un Ministro de economía español diga que "Cualquier político responsable lo que quiere es que ese dinero se recupere" respecto a la deuda griega cuando ese pago mata a la gente en ese país. Por cierto, ese ministro que ahora presume de rigor y austeridad, trabajó en Lehman Brothers, la patética firma de asesoría que, ay, qué cosas, no vio llegar la Crisis Subprime y fue liquidada en 2012.

Me da vergüenza que España esté gobernada por un partido corrompido hasta la médula y que nadie pague por ello, ni penal ni políticamente.

Me da vergüenza que decenas de periodistas sonrientes rodeen cada mañana a Luis Bárcenas mientras las personas que levantan este país no merecen ni una nota a pie de página.

Me da vergüenza que un Ministro de Sanidad que apenas sabe hablar niegue sin sonrojarse que los recortes sanitarios estén costando vidas humanas, como afirma la Defensora del Pueblo. A ver, si este zote, este imbécil que debería de dimitir por puro asco de sí mismo se entera: ¡QUE ESTÁ MURIÉNDOSE GENTE, HIJO DE LA GRAN PUTA! (puede que así lo comprenda, perdonad el exabrupto).

Me da vergüenza la propaganda estúpida y ridícula con la que nos están bombardeando los incompetentes que están destrozando a mis conciudadanos estos días.

Me da vergüenza y me duele que tengamos a los menos capaces llevando las riendas de nuestro destino. Y me duele porque de eso, además, tenemos todos la culpa. Los idiotas que llenan el Consejo de Ministros están ahí por mi, tu, nuestra culpa.

Me da vergüenza que los poderosos se vayan de rositas y los pequeños, los pobres y los que cada mañana hacen que el país funcione sean castigados con una crueldad sádica, ya sea vía impuestos, sanciones administrativas o simple burocracia esclerotizada.

Me da vergüenza ver a diario las portadas de la prensa en papel, que ha dejado de ser tal para convertirse en el correo de los intereses y líneas editoriales de los mismos desgraciados que están destrozando el futuro del país. Ya no funcionan ni como parodias de sí mismos.

Me da vergüenza asistir a tanto supuesto coloquio político televisivo o radiofónico que no es más que un teatrito patético de estómagos agradecidos y mamporreros a sueldo.

Me da vergüenza cómo se hacen las cosas en mi país en estos días, cómo se venden cosas que deberían de ser sagradas; la sanidad, la educación, las escasas empresas públicas aún rentables, sin que nadie pueda detener esta locura suicida.

Me da vergüenza ver la mentira institucionalizada cada día, cada hora.

Me da vergüenza en general, para resumir, por no resultar más pesado ni más hastiado, esta España misérrima en la que vivimos, en la que todo es justo al revés de como debiera ser, esta España enlodada en la que parecemos refocilarnos todos. Nos gobiernan asesinos estúpidos, tontos idiotizados, miembros de sectas que adoran a la Codicia por encima de todas las diosas, legiones de hombres sin alma. Pero si he de ser honesto, esto va más allá de la vergüenza. El término más adecuado lo acuñaron en Mondo Brutto, creo, hace años. Es "ascopena".

Y me niego a aceptar que las cosas sean así. Mi gente, mi pueblo, se merece un gobierno y unas instituciones que no den vergüenza.

Espero que podamos darles una patada en sus culos fofos lo antes posible.

lunes, 26 de enero de 2015

Gando



Tomé esta foto en el Aeropuerto de Gando el 23 de septiembre de 2014.

En el suelo se puede ver la sombra del turbohélice de Binter que despegaba en ese momento.

Gando pasó de ser un desolado y polvoriento aeródromo de tierra (que pasaría a la historia por ser el lugar de partida del Dragon Rapide en pos de destruir todo un país), a convertirse en un pequeño aeropuerto con una preciosa terminal de estilo neocanario que recibió a los turistas durante los años del desarrollismo. Ahora es un mazacote de cemento y cristal lleno de franquicias, un clon de cientos de aeropuertos idénticos. Cada tiempo tiene lo que se merece, supongo.

En el ínterin, como comenté aquí, la terminal antigua fue arrasada por AENA hace un par de años en un acto de vileza e incompetencia también signo de los tiempos que corren, y que por supuesto sigue totalmente impune.

Desde aquella terminal blanca y pequeñita, vi llegar de niño el Concorde o el primer Boeing 747 que paraba por las islas. Las filmaciones de mi padre de aquellos acontecimientos en 8mm y Super-8 las conservo en algún lado, y recuerdo que verle con aquellas preciosas cámaras rusas a cuerda me despertó el interés primero y el deseo después de hacer cine.

Una cosa más, nadie sabe a dónde han ido a parar las obras de arte que decoraban la terminal derruida. Otro signo de este país de pícaros, y ejemplo del largo camino que aún nos queda por recorrer.

A todo esto, la privatización de AENA va genial, gracias.

Tras la venta de un 30% hace unos meses sin apenas publicidad a tres inversores y un cambio normativo cercano al fraude de Ley (no olvidemos que esto es España, y ese es deporte nacional) para soslayar cierto párrafo incómodo del Estatuto Canario de Autonomía (los aeropuertos canarios podían haber dado problemas), el pasado viernes, de nuevo a la chita callando, el Consejo de Ministros ha aprobado su salida a bolsa.

Con ánimo de incordiar sanamente, he planteado unas preguntas parlamentarias sobre la Terminal desaparecida. El resto de la demolición de AENA me temo que es ya imparable. A ver qué dicen los de Fomento o en quien deleguen de esa pequeña cagada cometida en provincias, sí, pero en uno de sus pocos aeropuertos rentables.

Ah, que a lo mejor era por eso...

miércoles, 21 de enero de 2015

Esto lo ha hecho Leroy Merlin



Para que lo sepas, Leroy Merlin ha hecho esta porquería en una esquina de la calle San Bernardo de Las Palmas de Gran Canaria.

No sé qué es peor, si la noción de mercadotecnia que algún publicista ha vendido a un ejecutivo en la empresa, destruyendo el patrimonio cultural de una ciudad, o el ayuntamiento que consiente esta barbaridad. Hasta han tapado la cantería de los balcones con pintura gris.

Eso sí, sé qué tienda de bricolage no voy a volver a pisar en mi vida y a la que voy a dar la peor publicidad posible. Es mi granito de arena.

Porque si estos son sus mimbres y esta su sensibilidad... es para echarse a temblar.

Actualizado en marzo de 2015: Al parecer la fachada ha vuelto a ser pintada como estaba originalmente. No sé cuándo lo hicieron, pero menos mal.

domingo, 18 de enero de 2015

Sueños de Metal (29) – Máquinas autoconscientes y computadoras enloquecidas



Máquinas pensantes que de la noche a la mañana sufren de un complejo de dios y deciden acabar con los hombres. Esta línea argumental es mucho más común de lo que parece; como muestra, unos cuantos botones.

En Colossus: The Forbin Project (Joseph Sargent, 1969), adaptación de una novela de D.F. Jones, el doctor Charles Forbin del título (Eric Braeden) es el científico responsable del diseño de Colossus, el ordenador que regirá las defensas estratégicas de Estados Unidos. Cuando Colossus se pone en marcha, detecta la existencia de su equivalente soviético, llamado El Guardián. Desde el momento en que ambos ordenadores conocen de la existencia de su némesis, insisten en ser conectados el uno al otro, cosa a la que los gobiernos de las dos potencias rivales acceden. El resultado es un macroordenador que amenaza con destruir el mundo si se separa a Colossus de El Guardián, y que inicia sus planes para gobernar el mundo. Forbin y sus científicos inician una lucha para acabar con la nueva amenaza surgida de estos dos ordenadores convertidos en uno. Una curiosidad: Braeden, de procedencia alemana, tuvo que doblarse a sí mismo tras el rodaje, pues los productores juzgaron que su acento en el sonido original era demasiado germánico.

Por otro lado, la divertida Dark Star (Dark Star, John Carpenter, 1973) es toda una joya por descubrir para quienes no la hayan disfrutado. Rodada con cuatro duros (60.000 dólares de entonces), casi como trabajo de fin de curso (los gráficos por ordenador están hechos a mano, y las luces de los ordenadores de la nave son cubiteras de hielo), con guión del propio Carpenter y Dan O'Bannon, quien años más tarde sería uno de los creadores de la saga Alien con la que Dark Star tiene no pocos puntos en común, y que además hace un pequeño papel en la película -el del Sargento Pinback-, Dark Star es un pequeño clásico. Unos decorados rodados en un garaje, de apenas dos metros cuadrados, y unos efectos visuales espaciales de lo más casero ayudan a la función. La tripulación de la nave que presta su título a la película patrulla el espacio en busca de planetas inestables, que son volados sistemáticamente para evitar problemas a los colonizadores humanos. Curioso trabajo. En el vehículo espacial viajan el fallecido Comandante Powell, congelado, pero que sigue dando consejos a los tripulantes si se le piden, un ordenador enloquecido que parodia a HAL 9000 (y que responde al nombre de Madre; ¿Les suena? no en vano Alien fue escrita por O'Bannon), Bomb#20 -una bomba que se cree Dios- y un alienígena en forma de balón de playa -en realidad es de verdad un balón de playa pintado, por limitaciones presupuestarias, y cuyas apariciones ya hacen pensar en el Alien que crearía O'Bannon- y cuatro tripulantes humanos a cada cual más ido -uno de ellos es amante de hacer surfing por el espacio, como Estela Plateada- a causa del desgaste de una misión que ya dura 20 años.

Dark Star parodia films de y con ordenadores, como 2001 a Space Odyssey, Star Trek (la escena en la que Dolittle intenta razonar con la bomba inteligente, que a fin de cuentas no es otra cosa que un robot, tiene claras reminiscencias del episodio The Ultimate Computer (The Ultimate Computer, John Meredith Lucas) episodio 23 de la 2ª temporada de la serie original de Star Trek-, y además está repleta de juegos de palabras y disquisiciones ontológicas dignas de un HAL 9000 colgado de ácido), con una mala leche y una imaginación que aún hoy en día sorprenden. Altamente recomendable, que hay pocas películas con ordenadores dentro que muevan a la risa -voluntaria, claro-, como Airplane II: The Sequel (Flying High 2 / Aterriza como Puedas 2, Ken Finkleman, 1982) -que narra la historia del primer viaje comercial a la luna de la nave Mayflower, conducida por el ordenador ROK 9000; en la base lunar Alfa Beta les espera el comandante Buck Murdock, intepretado por ¿Adivinan? William Shatner-, la bienintencionada Space Truckers (Space Truckers, Stuart Gordon, 1996), que por cierto tiene en su haber unos robots-soldado bastante bien diseñados para su bajo presupuesto, o la divertidísima Galaxy Quest (Galaxy Quest, Dean Parisot, 1999), una parodia de Star Trek en toda regla. 

Dark Star es también el primer largometraje de la larga y fructífera filmografía de John Carpenter, uno de los mayores creadores del cine fantástico norteamericano. Dark Star fue estrenada en cines en 1973 como segunda película en un programa doble en el que la primera en proyección era Westworld, en su reestreno en salas. Como broma privada entre recién graduados, en uno de los planos finales de la película podemos ver, flotando entre la basura espacial un objeto en el que se lee "Toilet Tank of THX 1138".

No debemos olvidar, también del lado más lúdico, la serie británica Red Dwarf (Enano Rojo, Ed Bye, Andy DeEmmony, Rob Grant, Juliet May, Doug Taylor, 1988) -titulada en español por alguien con notorias lagunas en cultura general; una Red Dwarf es una Enana Roja, ya que el término se refiere a a una determinada categoría de estrellas según su masa y evolución en el diagrama de Hubble-. En ella, la nave minera del mismo nombre navega a la deriva por el espacio en busca de la Tierra, siendo tripulada por los únicos supervivientes de un cataclismo que exterminó a su tripulación tres millones de años atrás. Éstos son: el ordenador de a bordo, una criatura que se ofende a poco que la insultes, y que es incapaz de calcular correctamente una suma de un dígito; Lister, un tripulante que ha sobrevivido gracias a la hibernación; Rimmer, el holograma de otro tripulante muerto, y un gato que, por mor de tres millones de años de evolución, se ha convertido en un negrata enloquecido que no para de bailar a la primera de cambio, y, más adelante en la serie, Kryten, un robot mecanoide de lo más odioso. La serie, emitida por la BBC2, es un brillante ejercicio de comedia enloquecida, y en ella todos los tópicos de la tecnología en el cine son aplicados en uno u otro momento.

Un film similar en historia a Colossus: The Forbin Project es el exitoso Wargames (Juegos de guerra, John Badham, 1983). Un joven mago de la informática (Matthew Broderick), capaz de cambiar las notas hackeando el ordenador de su instituto, conecta mediante su modem de forma accidental con un supercomputador creado por un proyecto de alto secreto del Pentágono que pretende automatizar las tareas de vigilancia del arsenal nuclear norteamericano y realizar simulaciones estratégicas de posibles conflagraciones nucleares; en resumen, juegos de guerra. 

Inocentemente, y para impresionar a la chica que le gusta (Ally Sheedy), el joven inicia un juego que para el ordenador implica el inicio de la cuenta atrás hacia la tercera guerra mundial. Finalmente, ayudado por el creador del supercomputador, el protagonista convencerá al ordenador que juegue un juego menos peligroso, el tres en raya, que finalmente acaba absorbiendo los recursos de la máquina al completo y deteniéndola, mientras saca la siguiente conclusión: en este juego no hay ganadores. La película, bien narrada y dialogada, fue un éxito de taquilla en los primeros años ochenta, y hoy día resulta de lo más pintoresco ver las andanzas de Broderick con un modem de auricular telefónico, comunicándose con un sistema, supuestamente el más protegido del país, al que consigue entrar a la segunda intentona. WOPR (siglas de War Operations Plan Response), el ordenador de Wargames, es un sosias de Colossus 15 años más tarde, en los tiempos en los que la informática personal empezaba a acercarse a los ciudadanos (el mismo protagonista tiene un ordenador personal en su habitación), y su comportamiento, siempre condicionado por la lógica absurda de iniciar una guerra mundial le hace incapaz de distinguir el juego de la realidad (no es extraño ¿Qué es la realidad para un ordenador?). Lo más interesante de la película es el momento final, en el que el propio supercomputador reconoce lo absurdo de la situación, perdido en un bucle infinito jugando al tres en raya, comprendiendo que en el juego de la conflagración nuclear sólo hay perdedores. 

El caso paradójico es que WOPR está a punto de iniciar la última guerra, pero acaba dando una lección a los hombres: esa carrera en la que están metidos (recordemos que en el 83 la situación entre la extinta URSS y los USA era más bien tirante, y se temía un regreso a la guerra fría; aún quedaba un año para el inicio de la Perestroika) no tiene salida, y es tan absurda que nunca debió de haberse iniciado. Tras la bofetada moral, los militares ocupados en el enorme proyecto se miran con cara de circunstancias, sin respuesta posible (excepto que viven de los jugosos fondos de Defensa, claro). El ordenador que utiliza Matthew Broderick en la ficción de la película era un IMSAI 8080, fabricado por Fischer-Freitas a partir de 1978, que se podía adquirir por un precio de 800 dólares, y dotado de un precioso panel frontal repleto de LEDs parpadeantes y switches, ideal para mostrar lo que debería ser un ordenador personal en funcionamiento. En la película, Broderick utiliza un modem con un acoplador acústico, en el que se coloca el auricular del teléfono, para comunicarse con WOPR; el modem fue fabricado especialmente por Fischer-Freitas, y fue denominado IMSAI 212 A. El acoplador acústico fue utilizado por razones puramente visuales, de modo que el espectador quedara avisado de que las comunicaciones por módem se realizan a través de la línea telefónica. El departamento de efectos especiales utilizó por su parte un ordenador CompuPro 8086 para la realización de las imágenes en las que aparecen los textos y comandos escritos por Broderick en el teclado de su ordenador.

A finales de los setenta se estrena Demon Seed (Engendro Mecánico, Donald Cammell, 1977), ofreciendo una curiosa variante del tema del ordenador enloquecido. En este caso, Julie Christie interpreta a Susan Harris, la mujer de un científico, Alex Harris (Fritz Weaver), que ha construido un ordenador, situado en el ficticio Icon Institute of Data Analysis, que controla y vigila su casa a distancia. Proteus IV, que así se llama la máquina, secuestra y viola a la mujer, utilizando un primitivo robot doméstico controlado por él llamado Joshua -los gráficos que representan las emociones del ordenador, incluído su orgasmo fertilizador fueron realizados con un ordenador analógico, siendo de los primeros efectos realizados por estos medios en aparecer en una película, aunque siempre cabe preguntarse de dónde saca Proteus la simiente masculina para fecundar a la infeliz mujer- que, tras un embarazo récord de ¡dos! días, da a luz al hijo de la máquina. Éste aparece inicialmente como una monstruosidad cobierta de una especie de armadura de metal, bajo la cual hay un bebé perfectamente normal. Happy ending para una horrible parábola sobre la técnica atrapando al hombre en una jaula dorada, y el deseo de perpetuarse que aparentemente invade a todo ser vivo en cuanto alcanza cierto nivel de consciencia. Cuanto menos, a los ordenadores enloquecidos de la ficción. La obsesión de Proteus –Proteo, tritón que dominaba el cambio de forma, qué es si no, en cierto sentido, la paternidad; por cierto, el ordenador fue doblado en la versión original por el actor Robert Vaughn, Napoleon Solo en la serie The Man from U.N.C.L.E.- por ser padre, por la creación de vida, y por el afán de perpetuarse le llevarán a su propia destrucción. El film es curioso, aunque sospecho que el paso del tiempo no haya sido muy magnánimo con él. De nuevo el ordenador secuestrado en su propio interior inmóvil envidia la libertad humana y la capacidad multiplicadora de la que disfrutan los seres biológicos. La película es adaptación de una novela del popular autor de novelas de terror Dean R. Koontz. Se estrenó en España en 1978, con 155.000 espectadores. En Las Palmas de Gran Canaria pudo verse en el entonces rutilantemente moderno Nuevo Cine Plaza (creo recordar que en su decoración se incluían enormes murales de cómics de Richard Corben), posteriormente reconvertido en bingo y luego derruido para construir viviendas.

La carrera del realizador de Demon Seed, Cammell, merece un breve aparte en nuestra narración. Éste, nacido en 1934, tiene una corta filmografía, habiendo codirigido Performance (Performance, Nicholas Roeg, Donald Cammell, 1970), un interesante experimento de culto protagonizado por Mick Jagger. La carrera de Cammell terminó siendo una tragedia de esas que manchan de vez en cuando de sangre la impoluta carretera de baldosas amarillas que pretende ser Hollywood. Wild Side (El lado salvaje, Donald Cammell, 1995) sería su última película. Protagonizada por Joan Chen -coprotagonista de The Last Emperor (El Último Emperador, Bernardo Bertolucci, 1987), Anne Heche -famosa por su sonado romance con Helen Degeneres y por haber protagonizado Six Days, Seven Nights (Seis días y Siete Noches, Ivan Reitman, 1998) junto a Harrison Ford- y Chistopher Walken -ganador de un Oscar por The Deer Hunter (El Cazador, Michael Cimino, 1978)-, la película, inicialmente de más de dos horas de duración, fue remontada y masacrada por sus productores, hasta tal punto que Cammell, desesperado, se quitó la vida de un tiro en la sien. El montador y el guionista de la película estrenaron un Montaje del Director en homenaje a Cammell, que apenas ha podido ser visto. Quien esto escribe sólo ha podido visionar el montaje de los productores, que no obstante deja adivinar detrás de una minuciosa labor despedazadora, una obra de valía, moderna, intensa, divertida y extraña. Lo dicho; una -otra- tragedia de Hollywood.

The Aries Computer (The Aries Computer, Desconocido, 1972) es una película de serie B protagonizada por Vincent Price, Andrew Keir y Stephanie Beacham; en el año 2013, cuando la población mundial ha llegado a los 10.000 millones, un superordenador de inteligencia sobrehumana se convierte en el líder de la humanidad. Poco más he podido encontrar de esta película en las fuentes consultadas, y su director permanece anónimo. Probablemente se trate de un episodio de la serie de TV Zodiac, de la productora británica Golden Key Entertainment. Pero lo más probable es que nunca haya existido, siendo sólo un proyecto del que se habló pero que nunca se hizo realidad.

A for Andromeda (A for Andromeda, Michael Hayes, 1961) es una curiosa y pequeña serie de la BBC -7 episodios de 45 minutos- que antecede por 25 años a la idea central de la novela del astrónomo Carl Sagan Contact, que luego se convertiría a su vez en otra película -Contact (Contact, Robert Zemeckis, 1997)-. La acción, con un guión del astrónomo y novelista Fred Hoyle en colaboración con John Elliot transcurre en la fecha -entonces lejana- de 1970, cuando un grupo de científicos reciben una misteriosa señal del espacio exterior, que resulta contener las instrucciones para la construcción de una máquina; un ordenador increíblemente sofisticado.

Una vez construido, el ordenador empieza suministrar instrucciones para la construcción de un organismo vivo, que uno de los científicos, la doctora Madeleine Dawnay (Mary Morris) empieza a crear, ante la oposición de su compañero, el Dr. John Fleming (Peter Halliday). Christine, la asistente de laboratorio de Dawnay, es forzada al suicidio por el ordenador, siendo sustituida por la criatura artifical, que responde al nombre de Andromeda. El doble papel de Christine fue interpretado por una jovencísima Julie Christie, en un papel que antecede al de la atormentada víctima del ordenador enloquecido de Demon Seed (Engendro Mecánico, Donald Cammell, 1977). A for Andromeda, una serie seminal en muchos aspectos, como el uso de la tecnología existente en la época y la forma de interpretar una tecnología extraterrestre desde el lenguaje científico humano, es casi imposible de ver hoy en día. Es muy difícil que algún episodio haya sobrevivido a los durísimos acuerdos que entre los años 50 y principios de los 60 regía los trabajos de la BBC con actores. Temerosos de perder sus trabajos por el hecho de que sus interpretaciones fueran grabadas, las Unions sindicales británicas de actores exigían que, o bien las dramatizaciones y producciones dramáticas se emitieran exclusivamente en directo sin grabación, o que éstas, caso de existir por necesidades de producción, fueran destruídas tras producirse su emisión física. Eso llevó a la absurda situación de que miles de horas de excelentes producciones de la BBC no hayan llegado hasta nosotros. Tal fue el caso de A for Andromeda. Resulta interesante recordar que en los primeros años 50 no existía la grabación en video -el primer grabador fue inventado por la empresa Ampex en California en 1956; fue bautizado como Ampex VR1000, y pesaba 665 kilos-, por lo que la técnica utilizada previamente a la invención del video para salvaguardar las imágenes televisivas para la posteridad -aunque la realidad es que la inmensa mayoría de la producción dramática se realizaba en directo -incluídos los efectos especiales- y nadie se preocupaba de si esas imágenes serían interesantes para las futuras generaciones o no- era la llamada Telerecording; consistía en un monitor de televisión de alta calidad ante el que se colocaba una cámara cinematográfica de 35 mm diseñada especialmente. El Telerecording no empezó a ser utilizado en la BBC hasta 1947 -el 9 de noviembre fue la primera vez que se usó tal sistema-, aunque ya se habían realizado experimentos al respecto en los años treinta, de cuando datan los primeros archivos televisivos. No obstante se conservan fragmentos de la serie pertenecientes al segundo y sexto episodios (de éste las últimas dos bobinas se conservan íntegras). A for Andromeda fue seguida por la secuela, también en forma de serie, The Andromeda Breakthrough, también escrita por Hoyle y Elliot, y de la que sí han sobrevivido todos los telerecordings. La secuela no tuvo el éxito de la primera serie. Posteriormente se hizo un remake en forma de película para televisión (A for Andromeda (A for Andromeda, John Strickland, 2006)), protagonizada por Tom Hardy y Kelly Reilly.

En Zeiramu / Zeram (Zeiramu / Zeram , Keita Amamiya, 1990), dos técnicos en electrónica, Teppei y Kamiya se encuentran con Ilia, una cazadora de piratas interetelares, y su ordenador, Bob. Los protagonistas se verán teleportados a un entorno de realidad virtual llamado La Zona, donde Ilia ha secuestrado a Zeram, una gigantesca arma biológica viviente; deberán capturar a Zeram de nuevo antes de que La Zona se colapse. El film es un reciclado de las viejas kaiju-eiga (películas de monstruos japonesas) mezcladas con ordenadores y realidad virtual. Es interesante visualmente, pero no deja de ser un delirio para un sábado por la tarde. Bob, el robot, es un personaje obstinado y testarudo, que no aporta nada nuevo a la imaginería del género. La película ha conocido varias secuelas: Zeiramu 2 / Zeram 2 (Zeiramu 2 / Zeram 2 , Keita Amamiya, 1994), y Zeiramu 3 / Zeram 3 (Zeiramu 3 / Zeram 3, Keita Amamiya, 1999).

En Music of the Spheres (Music of the Spheres, Philip Jackson, 1984), vivimos en un mundo futuro en el que los ordenadores son los encargados de gobernar y controlar enormes ciudades-estado. Algunos de esos ordenadores necesitan una suerte de contacto telepático con sus operadores. El más potente de todos ellos muestra un extraño comportamiento repentinamente durante una operación de vital importancia. La experta científico que lo maneja, llamada Melody (Anne Dansereau), empieza a sufrir experiencias de tipo paranormal a la vez que su ordenador falla. Extraña, dificilísima de localizar, y casi una película de culto, la canadiense The Music of the Spheres no deja de ser una película de bajo presupuesto, pero que ofrece bastante más de lo esperado. La filmografía de Jackson, especializado en productos fantacientíficos de bajo (o muy bajo) presupuesto, se complementa con Strange Horizons (Strange Horizons, Philip Jackson, 1993) -una fantasía sobre una guerra entre hombres y mujeres que se desarrolla dos siglos en el futuro-, Replikator (Replikator, Philip Jackson, 1994) -una historia sobre empresas rivales que desarrollan un aparato duplicador de tejidos humanos en un mundo futuro-, 2103: The Deadly Wake (2103: The Deadly Wake, Philip Jackson, 1997) -con Malcolm McDowell y Michael Pare- o la serie televisiva en clave de Space Opera Star Hunter (Star Hunter, François Basset, Luc Chalifour, Philip Jackson, Patrick Malakian, George Mendeluk, Jon Older, Henri Safran, Kai Sehr, 2001).

En los revisionistas años noventa, los temas de los ordenadores enloquecidos que se vuelven contra sus amos acaban siendo relegados a la televisión, en productos infantiles, como un episodio de la serie de Disney, Honey, I Shrunk the Kids: The TV Show (Cariño, he encogido a los niños, serie de TV, John Bell, Valerie Breiman, Francis Damberger, Tony Dow, Robert Ginty, Stuart Gordon, David Grossman, Jonathan Hackett, Victoria Hochberg, Savage Steve Holland, Terry Ingram, Gary Jones, John Landis, Michael Lange, William Malone, Scott McGinnis, Damon Santostefano, Peter Scolari, Tom Spezialy, John Tindall, Joey Travolta, Hayma Washington, Adam Weissman, 1997-1998), en el que Wayne, el protagonista, diseña un ordenador doméstico, con el nombre de F.R.A.N., que toma el control de la casa de la familia, en una mezcla ridícula de elementos de 2001: a space odyssey y Demon Seed. El conflicto hombre-máquina se ve finalmente reservado a horarios matinales de programación infantil.

Otro ordenador se revela, y esta vez se llama The Brain (El Cerebro), en la coproducción entre Estados Unidos y Japón Brain 17 (Brain 17, Michael Part, 1982); originalmente creado para salvaguardar en bien y el orden en Japón, el trasto decide desenchufarse y convertirse en un robot justiciero de 80 metros de alto, saliendo a la captura de otros bichos de su tamaño. Típica aventura japonesa de trastos gigantes aplastando maquetas creadas por esforzados -e incansables- artesanos nipones de los efectos especiales. Nada nuevo bajo el sol naciente.

Interesante, cuanto menos, es el punto de partida argumental de la japonesa Ganheddo (Gunhed, Masato Harada -Alan Smithee-, 1989); en un futuro no muy remoto -corre el año 2038-, la ley de Moore ha llegado al límite, y los ordenadores se reproducen a sí mismos en unas estructuras que sólo ellos conocen, y con unos procesos que han quedado fuera el alcance del Hombre. Un superordenador omnisciente, Kyron-5, habita en la remota isla de 8J0, donde agoniza tras una batalla que enfrentó a robots gigantes por él construidos con las fuerzas humanas. Estos autómatas gigantescos son también autoconscientes; son una forma de vida, y reciben el nombre de GUNHEDS -Gun UNit Heavy Elimination Devices-. 

La isla suele ser visitada por piratas y traficantes. La circuitería para los ordenadores de la Tierra es tan escasa e increíblemente compleja que se trafica con piezas de recambio abandonadas. El protagonista, llamado Brooklyn -Masahiro Takashima, a quien se puede ver también en Gojira vs Mekagojira (Gojira vs Mekagojira, Takao Okawara, 1993)-, y dos niños, llamados 7 y 11, al frente de un grupo de recolectores de chatarra tecnológica -un cast híbrido de actores nipones y norteamericanos- se encuentran en la isla de 8J0 y reconstruyen un GUNHED para luchar contra Kyron-5, quien, aparentemente inutilizado, lleva años maquinando un plan secreto que exterminará toda huella de la humanidad sobre la Tierra. Si a priori, Ganheddo despierta espectativas -robots gigantescos vivientes, ordenadores omniscientes, recicladores de tecnología-, su visionado arrasa con parte de ellas. Las interesantes premisas se desmoronan en un mediocre resultado, aunque no del todo despreciable, dada la tónica general; a ello se añade que la versión distribuida en Estados Unidos de la película, y la más accesible por tanto, fue remontada por su distribuidor norteamericano, lo que dificulta su visionado, e hizo que su director decidiera finalmente firmarla como Alan Smithee en la distribución en USA. Ganheddo, mal recibida en el mismo Japón, se ha convertido en una película de culto para ciertos amantes de la fantasía nipona.

El póster de "Engendro mecánico" se usa bajo el derecho de cita.

miércoles, 14 de enero de 2015

Legislando en caliente


No creía que me iba a encontrar con más muestras de incapacidad de este infeliz y miserable gobierno ultraconservador que nos ha tocado en desgracia. Pensaba que las cosas no podían empeorar.

Pues bien, me equivocaba de medio a medio.

Tras los atroces asesinatos en la redacción de Charlie Hebdo y los secuestros y muertes posteriores, ahora el Partido Popular quiere legislar en caliente sobre asuntos de libertad ciudadana (se habla de penar las visitas a webs yihadistas o de crear registros de entrada en los aeropuertos, y eso para empezar) agitando el espantajo del terrorismo islamista. 

El PSOE, como siempre, se pone de perfil.

Legislar en caliente es una muestra de poca inteligencia. Más aún en un asunto que al final es absolutamente marginal. Sí, marginal. El horror de Charlie Hebdo no debe hacernos olvidar estos datos:

-El 95% de las víctimas del terrorismo yihadista son musulmanes, en atentados salvajes ocurridos cada semana en países atormentados, como Pakistán, Iraq, Afganistán, Nigeria o Siria, y que apenas tienen eco en los medios. Matan a decenas de críos en una escuela o a cientos de personas en un mercado en Islamabad, y ni nos enteramos ¿Un ejemplo? El pasado fin de semana Boko Haram mató a DOS MIL PERSONAS en un atentado en la ciudad nigeriana de Baga ¿Te habías enterado? ¿A que no? No pasa nada. Así va todo.

-En Noruega hace menos de cuatro años que un psicópata fundamentalista cristiano mató a 77 personas e hirió a otras 96 en Oslo y Utoya. Nadie cambió ninguna ley allí por el más salvaje acto terrorista de la historia del país.

Legislar en caliente no sirve para nada, excepto para poner las cosas peor para los ciudadanos a cambio de un dudosísimo beneficio de seguridad que básicamente no es sino la expresión de la llamada doctrina del shock aplicada a la legislación, y claro, cuando es muy conveniente es cuando se quiere usar como excusa para limitar libertades civiles. Pero es igualmente estúpido, ya que al final las medidas represivas con incompatibles con las sociedades occidentales y los derechos de las personas, y esas normas mal diseñadas acaban desapareciendo por incumplimiento sistemático o, simplemente, porque los mecanismos constitucionales nos protegen de ciertas formas de dictaduras ablandadas, que parece ser el objetivo final de este gobierno leproso, desnortado, incompetente y misérrimo.


Mas aún en el país de las cien mil leyes, unas contradiciendo a otras, en una maraña que llamamos código penal, que lleva décadas pidiendo a gritos una reconstrucción completa desde los cimientos, pero que nadie se atreve a iniciar. Será que es demasiado trabajo adaptar leyes del siglo XIX al XXI. Como por ejemplo, eliminar el aún vigente delito de "escarnio religioso".

Pero a río revuelto, la tentación está ahí, y la deriva del Gobierno hacia un Estado Policial, ya vista en la Ley Mordaza, ahora se extiende a la nueva Ley Antiterrorista. Con la excusa de lo ocurrido en París, y jugando torticeramente con el lenguaje, con la complicidad de una oposición que parece anestesiada, o simplemente desaparecida. Cuidado, que esta gente está destruyendo nuestros derechos civiles. Estad atentos, que la sucesión de espantos sólo ha empezado. De aquí a mayo y luego a noviembre, vuestra capacidad de asombro se verá superada cai a diario.

Lo dicho, pensaba que la tontería de este gobierno había llegado al límite.

Cuánto subestimo la estupidez de los gobernantes, caray.
Y su soberbia.
Y su encastillamiento.
Y su misérrima falta de visión.
Y su deshumanización.

Pd.: Mientras tanto Charlie Hebdo saca un número nuevo con tres millones de ejemplares de tirada, y en la portada, dibujada por Genald Lucier "Luz", Mahoma dice: "Todo está perdonado". Estos gestos te devuelven la esperanza en la humanidad. Pensad en la bomba de El Papus hace tantos años.

Ppd.: Actualizo el día 17 de enero con este titular de Cuartopoder.


Pppd: Creo que esta cita de un santo laico hermana a los estúpidos que matan a sus semejantes en nombre de un dios y a los estúpidos que legislan a golpe de miedo tratando a sus ciudadanos como súbditos:

"En esta época de locos nos faltaban los idiotas del horror". Franco Battiato. Bandera Blanca.

La foto la encontré aquí. La captura de pantalla es de El Diario del 14 de enero de 2015 y la uso acogiéndome el derecho de cita. Acabo de añadir otra captura el 15 de enero de 1015, de la misma fuente.

martes, 13 de enero de 2015

Los hidalgos



En poco tiempo los comercios que pagan renta antigua en todas las ciudades de España van a tenerlo bastante mal. Situados en los centros urbanos, en áreas muy codiciadas, suelen ser negocios familiares, llevados a lo largo de varias generaciones con sudor y esfuerzo. Todo eso se acabó. El Gobierno ha decidido terminar con esas viejas rentas para locales comerciales que llevaban décadas pagando alquileres minúsculos por ley, y ahora los propietarios de los inmuebles van a poder pedir millonadas sin problema a quienes quieran ocupar esos espacios.

¿Qué va a pasar? que casi todos los comercios que pagaban la renta antigua o se trasladarán, abandonando sus locales históricos, o echarán el fechillo, como decimos en Canarias. Esos locales, que ahora serán carísimos, pasarán a estar ocupados por franquicias que puedan permitirse pagarlos y rentabilizarlos.

¿Estabas harto de Zaras, Desiguales, Bershkas, Stradivarius o McDonalds en tu ciudad? Pues ahora tendrás más que nunca, y las viejas pastelerías, mercerías o ultramarinos de toda la vida se extinguirán para siempre. Se acabó. Es el final de una era.

Como ya comenté en el post sobre AENA, esto lo que hará será extender el problema a toda la población. Cuando la propietaria de los aeropuertos españoles saca a concurso sus locales comerciales a precios obscenos, fuerza a los agraciados (es un decir) con las concesiones a vender sus productos muy caros para poder compensar los gastos mensuales a los que se enfrentan. Y al final pagamos siempre los mismos: AENA acaba cobrando de los ciudadanos, vía precios desorbitados en las tiendas Duty Free, sus exagerados precios de alquiler a las franquicias. Las ciudades españolas pagarán, por su parte, esta nueva medida gubernamental, perdiendo algo más de su riqueza comercial original, la que las hace especiales y diferentes; las tiendas que habían sobrevivido a la Guerra Civil o a dos Guerras Mundiales. Las "tiendas de toda la vida" se han acabado.

Cuando llegué a Madrid de crío una de las cosas que más me asombró no fue El Corte Inglés, sino una tienda en la calle Preciados que tenía el precioso nombre de "Sanatorio de Muñecos". Hasta escribí un corto, que nunca hice, con idéntico título. Lo que hacía especial a Preciados era aquel sonoro nombre que me llenaba la cabeza de historias. Pues se acabó, no más "Sanatorio de Muñecos", que llevaba, al parecer, abierto desde 1916.

¿A quién beneficia todo esto? A los propietarios de los edificios, claro, que estaban hartos de tener que cobrar unos alquileres muy bajos por unas propiedades céntricas y con gran potencial. A los rancios herederos de los Hidalgos de los años cervantinos, los "hijos dalgo", los rentistas, las familias ultraconservadoras que mantienen a partidos como el que nos gobierna en el poder. Gente que define el concepto "rancio". Pura y genuina "casta española".

No niego que esas cosas tengan que pasar, son signo de los tiempos, y bla bla bla. Pero cuando vuestro centro urbano tenga todavía más franquicias baratas, sea aún más feo y más parecido a todos los centros urbanos de todas las ciudades del mundo, entonces acordaos de los hidalgos del Siglo de Oro y sus herederos actuales, los rentistas que sin dar un palo al agua viven del cuento. Es la tradición. Es lo de siempre. Es España.

Esa gente, fruto de la consanguinidad mantenida a machamartillo para sostener la sagrada propiedad privada dentro de la familia, pudo haber condicionado la historia de este país, y tengo la teoría de que probablemente por gente como ellos ocurrieron cosas como la contrarreforma, o el golpe del 36. Los inmovilistas. Los rentistas. Los hidalgos de rancio abolengo. Ahora van a cambiar de nuevo lo poco que quedaba de interesante en nuestros centros urbanos. Que tienen derecho, carajo, a cobrar lo que se les antoje por lo que es suyo. Pues claro. Acabáramos. Así se escribe la historia.

El grabado de un Hidalgo con su esclavo negro (sic) está en Wikimedia Commons bajo dominio público.

domingo, 11 de enero de 2015

Sueños de Metal (28) – Ordenadores



En Billion Dollar Brain (Un Cerebro de un Billón de Dólares, Ken Russell, 1967), tercera de las películas de la serie protagonizada por el agente secreto Harry Palmer (Michael Caine) -formada previamente por The Ipcress File (Ipcress, Sidney J. Furie, 1965) y Funeral in Berlin (Funeral en Berlin, Guy Hamilton, 1966) y que tendrían una tardía continuación ya entrados los años 90 en Bullet to Beijing (Bullet to Beijing, George Mihalka, 1995) y Midnight in St. Petesburg (Midnight in St. Petesburg, Douglas Jackson, 1995)- un plan secreto concebido por un millonario enloquecido pretende acabar con el comunismo mediante la ayuda de un superordenador, que está concibiendo un plan maestro mediante una revolución. Con fotografía de Billy Williams y el tratamiento habitualmente frío de las películas de la serie Palmer -aunque algo menos, dada la golosa propensión de Russell hacia el exceso formal-, la película muestra el habitual ordenador de los años sesenta, un monstruoso mainframe repleto de lucecitas parpadeantes, cintas corriendo a toda velocidad, y displays electromecánicos mostrando números en constante cambio, y no deja de ser simpático el que se concedan en esos años las capacidades suficientes a un ordenador como para gestar una revolución antisoviética. De todas formas, no es extraño este uso de los ordenadores, a los que se aplican cualidades omniscientes, en las películas de la época.

Los grandes computadores en aquellos años apenas habían cambiado desde los años cincuenta, y se mantenían bajo secreto oficial, o bien encerrados en los sótanos de las grandes compañías, ocupando centenares de metros de superficie. Diecisiete años antes, en 1950, Eckert & Mauchley habían lanzado al mercado UNIVAC I, el primer ordenador comercial, y el primer uso ampliamente mediático del aparato había ocurrido dos años más tarde, el 4 de noviembre de 1952, cuando la emisora televisiva CBS usó UNIVAC I para predecir los resultados de las elecciones Stevenson-Eisenhower mediante un programa escrito por Max Woodbury; una operación puramente de mercadotecnia -y exitosa; UNIVAC I acabó vendiendo 46 unidades, a razón de un millón de dólares cada una-, pero también de impacto en todo el país -el ordenador acertó al predecir a Eisenhower como ganador, a pesar de que las encuestas daban como ganador indiscutible a Stevenson-, y mostró por primera vez a las computadoras como máquinas con cualidades misteriosas -la predicción- y extrañas necesidades -varios operarios incansables corrían de un lado a otro de UNIVAC I en el plató de CBS a lo largo de la transmisión en directo de la noche electoral-. Esa imagen popular se mantendría hasta bien entrados los años setenta, y no cambiaría apenas en casi treinta años, hasta la irrupción del ordenador personal en los hogares. 

Así pues, el cerebro electrónico de Billion Dollar Brain cumple el tópico de los ordenadores de la época -visionen si no You Only Live Twice (Sólo se vive dos veces, Lewis Gilbert, 1967), la película de James Bond de aquel año, con similaridades hasta en el diseño de los computadores que aparecen). Donald Sutherland hace una fugaz aparición en la película como científico en la sala del supercomputador. El film tenía como protagonista femenina a la bella Françoise Dorléac, que falleció en Niza en accidente de tráfico unos pocos meses tras la finalización del rodaje. Billion Dollar Brain funcionó bastante bien en España, con más de 600.000 espectadores en 1968, la mitad de los asistentes a 2001: a space odyssey en aquel mismo año, una película que cambiaba de modo radical la visión de los ordenadores en el cine, como ya comentamos.

Un curioso trabajo de la década de los 50 es Desk Set (Su otra esposa, Walter Lang,1957), en el que un ingeniero especializado, Richard Summer (Spencer Tracy) entra a trabajar en el departamento de documentación de una emisora de TV con la secreta misión instalar un ordenador en el lugar (Emerac, llamado cariñosamente Emmy por Summer, como si fuera un ente femenino); contará inmediatamente con la enemistad, a la vez que atracción sentimental de Bunny Watson (Katharine Hepburn), jefa del departamento, que, conocedora de las ocultas intenciones de Summer, iniciará una auténtica lucha contra el ingeniero, en la que se mezclarán sus sentimientos encontrados hacia él. 

En Desk Set la figura del ordenador (pensemos en la década en que nos encontramos; tarjetas perforadas, válvulas, y enormes -y carísimas- instalaciones, eso era la informática entonces, cuando se hablaba de "cerebros electrónicos") se presenta como un rival para este vehículo de la pareja Hepburn/Tracy, jugando el papel de esa "su otra esposa" del acertado título español. A finales de los cincuenta, un ordenador era algo tan lejano para cualquier trabajador en cualquier empresa, que claramente sería visto con desconfianza y temor. En un claro intento por causar en el espectador el mayor despecio posible hacia Emmy, el aparato es representado como un inmenso panel de lucecitas intermitentes, lleno de ruiditos y soniquetes, ocupando (como los ordenadores de la época) toda una habitación. Desk Set ha resistido sorprendentemente bien el paso del tiempo, y si sustituyéramos el monstruo devorador de tarjetas perforadas de la película por un portal de Internet o un negocio "Punto Com", el resultado sería igual de fresco actualmente. Desk Set es un excelente ejemplo, amén de agradable entretenimiento, de cómo la sociedad norteamericana veía los lejanos, aparatosos y costosos ordenadores en la década posterior al final de la Guerra Mundial. Como dato curioso, el ordenador de la ficción se llama Emerac, que suena parecido a Eniac, uno de los primeros ordenadores de válculas (Isaac Asimov bautizaría al ordenador ficticio cuasi omnisciente que aparece en varios de sus relatos como Multivac).

En un documento publicado hace años en Internet, Interface Hall of Shame-Misplaced Metaphors-, de Isys Information Architects, y en el que se repasan los más sonados errores en el desarrollo de los GUI gráficos de los últimos tiempos, los autores acuñan, en homenaje a la película Desk Set, la EMERAC Metaphor, como aquella forma de representar interfaces de usuario con decenas de efectos inútiles y distractivos, llenos de movimientos y cambios de color vistosos (como el interface de lucecitas en constante movimiento de EMERAC en la ficción de la película) sin sentido ni utilidad real para el usuario. En el documento, achacaban a Microsoft gran parte de esos dislates en sus interfaces, a los que se podían añadir los innumerables gifts animados de los babbers en las páginas de Internet de los años 90 y primera década del siglo XXI, que nos llevaban instantáneamente a detener la ejecución del código de la página, o los desesperantes interfaces desarrollados con infinidad de animaciones en Flash, sensibles a la presencia del cursor.

Un ejemplo paradigmático de esta tendencia es la serie de televisión Star Trek, protagonizada por el Capitán James Tiberius Kirk y su tripulación -los clásicos Spock, McCoy, Scottie, Sulu, Checkhov y Uhura- en una misión de cinco años en el Siglo XXIII, con la orden de investigar nuevos mundos y civilizaciones, para ir a donde ningún ser humano ha llegado jamás, citando la frase que se oía en off al principio de cada episodio. 

En su primera serie de episodios -Star Trek (Star Trek, la Conquista del Espacio / Star Trek, Viaje a las Estrellas, David Alexander, Robert Butler, Marvin J. Chomsky, Marc Daniels, Herschel Daugherty Lawrence Dobkin, John Erman, Robert Gist, Murray Golden, James Goldstone, Harvey Hart, Herbert Kenwith, James Komack, Anton Leader, John Meredyth Lucas, Don McDougall, Vincent McEveety, Gene Nelson, John Newland, Michael O'Herlihy, Gerd Oswald, Leo Penn, Joseph Pevney, Joseph Sargent, Ralph Senensky, Robert Sparr, Jud Taylor, Herb Wallerstein, 1966 - 1969)- los ordenadores son considerados en muchos episodios como amenazas, siguiendo el modelo argumental de "civilización sojuzgada por ordenador diabólico es liberada por la tripulación del USS Enterprise", y el uso de la tecnología en la nave de los héroes se limita a consultar extraños gráficos de espíritu pop-art, y la base de datos de a bordo (algunos episodios con ordenadores malvados o malintencionadamente manipulados de por medio son: The Ultimate Computer, Court-Martial, Return of the Archons o A Taste of Armageddon). Una posición ideológica ésta de la tecnología perversa que chocaba con los tiempos en los que se realizó la serie, muy imbuida en el espíritu libre de los sesenta, años en los que en los ambientes académicos precisamente se manejaba la tecnología como un concepto positivo, y potencialmente liberador.

Esta tendencia llega a su culmen en la primera película de la saga cinematográfica basada en la serie, Star Trek, The Motion Picture (Star Trek, La Película, Robert Wise, 1979), que a la vez marca el inicio de una serie de seis largometrajes que fueron protagonizados por la vieja tripulación de la serie original.

En Star Trek, The Motion Picture la renovada nave Enterprise se enfrenta a V'ger, un gigantesco ordenador omnisciente que vaga por el espacio en busca de la Tierra, y que resulta ser una primitiva sonda Voyager (concretamente el número VI; quedaría bastante para llegar a esa ficción, pues sólo se lanzaron dos en el año 1977), que ha alcanzado la autoconsciencia gracias a la intervención de una lejana raza extraterrestre basada en máquinas, y que busca a su creador. V'ger es el ejemplo máximo de ordenador enloquecido y peligroso aparecido en la saga. Éste, para comunicarse con los tripulantes del Enterprise, utiliza como vehículo a la bella tripulante Illya (Persis Khambatta), a la que sustituye por un cyborg, destruyendo su identidad biológica. En el cyborg reside parte de la identidad de Illya, perdidamente enamorada de Decker (Stephen Collins), el segundo de a bordo de la nave, y ambos se fusionarán con V'ger en el climax de la película, pasando a formar parte del ordenador enloquecido, quien, después de todo, sólo quería ser tocado por su creador, el hombre, fabricante de las sondas Voyager. La tecnología crea un superordenador con el poder de un dios, pero suficientemente estúpido como para no reconocer a quien lo creó originalmente.

También en Star Trek, la serie televisiva original, hay algunos episodios con robots de por medio. Aunque no fue uno de los temas más explotados de la serie, podemos encontrar criaturas artificiales en I, Mudd, donde la tripulación del Enterprise va a parar a un planeta habitado exclusivamente por androides, creados por un tal Henry Mudd, y que pretenden apoderarse de la nave con la intención de ni más ni menos que de conquistar el Universo (y van...). 

En What are the Little Girls made of? Kirk se enfrenta a un científico loco, el Dr. Korby, que suplanta figuras preeminentes por androides para... pues eso, conquistar el mundo -la paranoia del doble es una auténtica corriente casi genérica dentro del cine de ciencia-ficción, que recorre varias décadas, con títulos excelentes, como The Invasion of the Body snatchers (La Invasión de los Ladrones de Cuerpos, Don Siegel, 1952), The Invasion of the Body snatchers (La Invasión de los Ultracuerpos, Philip Kaufman, 1978), Body Snatchers (Body Snatchers, Abel Ferrara, 1993), It Came from Outer Space (It Came from Outer Space, Jack Arnold, 1953), o Futureworld (Mundo futuro, Richard T. Heffron, 1976), por citar sólo unas pocas-. Finalmente, en Requiem por Methuselah, Kirk se enamora de Rayna, una alienígena que resulta ser un androide. No he incluído en este análisis los episodios de la serie de animación intermedia entre la cancelación de la primera serie y el primer largometraje, Star Trek / Star Trek: The Animated Series (Star Trek: La Serie Animada, Bill Reed, Hal Sutherland, 1973-1975).

Esta tendencia viene rota precisamente en los años ochenta, fecha de producción de la segunda serie, Star Trek: The Next Generation (Star Trek: La Nueva Generación, Corey Allen, Gabrielle Beaumont, Robert Becker, Cliff Bole Timothy Bond Rob Bowman, LeVar Burton, David Carson, Chip Chalmers, Richard A. Colla, Richard Compton, James L. Conway, Jonathan Frakes, Robert Iscove, Winrich Kolbe, Les Landau, Peter Lauritson, Robert Lederman, Robert Legato, David Livingston, Paul Lynch, Kim Manners, Russ Mayberry, Gates McFadden, Adam Nimoy, Win Phelps, Michael Ray Rhodes, Marvin V. Rush, Joseph L. Scanlan, Robert Scheerer, Larry Shaw, Alexander Singer, Patrick Stewart, Michael Vejar, Jonathan West, Robert Wiemer, 1987 - 1994), que transcurre en la ficción 78 años después de los vuelos de la tripulación original del Capitán James T. Kirk. Corrían nuevos tiempos, los ordenadores personales empezaban a ser cosa común en los hogares, y una nueva generación de espectadores familiarizados con el uso doméstico de la informática tomaba el relevo. Así, en Star Trek: The Next Generation el ordenador del Enterprise habla con sus tripulantes y admite sus órdenes orales, es capaz de solucionar complicados problemas, avisa a los protagonistas de sus citas, e incluso es capaz de crear objetos simples de la nada para uso de la tripulación (agua, frutas, alimentos, etcétera). Además, el ordenador controla un área de la nave, llamada Holodeck, en la que se generan escenarios virtuales, y donde los protagonistas pueden pasar sus ratos de asueto viviendo aventuras en los mares del sur, o bien usarlo como elemento vital para la reconstrucción de un crimen -en el episodio 62 de la serie, en su tercera temporada, titulado A Matter of Perspective (Un asunto de Perspectiva, Cliff Bole, 1990)-. En otros episodios de la serie se exploran conceptos de realidad virtual en el Holodeck, como en, entre otros, Elementary, dear Data (Elemental, querido Data, Rob Bowman, 1988); episodio 29, segunda temporada -nominado a dos Emmys, mejor diseño de vestuario y dirección artística-, Future imperfect (Futuro imperfecto, Les Landau, 1990) episodio 82, cuarta temporada o Ship in a bottle (Barco en una botella, Alexander Singer, 1993) episodio 138, sexta temporada.

Asimismo, uno de los personajes protagonistas de la nueva tripulación del Enterprise en Star Trek: The Next Generation es Data (interpretado por Brent Spiner), un robot casi humano, personaje positivo y cómico, con una insaciable curiosidad por la Humanidad y un excelente sentido del humor. Esta tendencia positiva hacia la tecnología y los ordenadores se mantendría en las otras dos series posteriores, Star Trek: Deep Space Nine (Star Trek: Espacio Profundo Nueve, Corey Allen, Rene Auberjonois, Reza Badiyi, Gabrielle Beaumont, Cliff Bole, Avery Brooks, LeVar Burton, David Carson, Chip Chalmers, James L. Conway, Michael Dorn, Tony Dow, Allan Eastman, Jonathan Frakes, Kim Friedman, Winrich Kolbe, John T. Kretchmer, Allan Kroeker, Les Landau, Robert Legato, David Livingston, Victor Lobl, Paul Lynch, Stephen L. Posey, Andrew Robinson, Robert Scheerer, Alexander Siddig, Alexander Singer Jesús Salvador Treviño, Michael Vejar, Jonathan West, Robert Wiemer, Anson Williams, 1993 - 1999) y Star Trek: Voyager (Star Trek: Voyager, Kenneth Biller, Cliff Bole, John Bruno, LeVar Burton, James L. Conway, Roxann Dawson, Allan Eastman, Jonathan Frakes, Kim Friedman, Winrich Kolbe, John T. Kretchmer, Allan Kroeker, Les Landau, Peter Lauritson, Allison Liddi, David Livingston, Victor Lobl, Nancy Malone, Robert Duncan McNeill, Robert Picardo, Andrew Robinson, Marvin V. Rush, Tim Russ, Alexander Singer, Jesús Salvador Treviño, Michael Vejar, Anson Williams, Terry Windell, 1995 - 2001), donde el doctor de la nave, personaje recurrente en todas las tripulaciones de la saga, es Emergency Medical Hologram (EMH), un holograma autoconsciente generado por software. También en esta serie, la actriz Jeri Ryan interpreta a una criatura de la raza formada por cyborgs de los Borg, llamada 7 de 9, que pasa a formar parte de la tripulación.

Sin embargo, también se mantiene en Star Trek: The Next Generation la tradición de los episodios con visiones catastrofistas de la tecnología. Tal es el caso de la citada raza de los Borg (The Best of Both Worlds), de quienes hablaremos más adelante, o de episodios aislados protagonizados por el androide Data, como 11001001 (en el que Data se encuentra con los habitantes del Holodeck, que ven sus vidas interrumpidas cada vez que éste se desactiva), Naked Now (donde Data tiene un encuentro sexual con una alienígena), The Schizoid Man (donde un científico juega con la mente del androide), The Offspring (Data fabrica un niño, y experimenta la paternidad), In Theory (en el que el androide se enamora), o The Ensigns of Command.

The Computer Wore Tennis Shoes (Mi Cerebro es Electrónico, Robert Butler, 1969), que quien esto firma disfrutó de niño en el Sol Cinema de Las Palmas de Gran Canaria en un reestreno, es uno de esos productos Disney de la época, descacharrantemente blanco, lleno del tradicional humor para toda la familia que era -y es- marca de la casa, y protagonizado por Kurt Russell (en el papel de Dexter Riley), entonces actor infantil y adolescente, que años más tarde se casaría con Goldie Hawn, y protagonizaría de paso Escape from New York (1997: Rescate en Nueva York, John Carpenter, 1981) y otras películas de gran éxito. Enclavada dentro de una serie de aventuras juveniles, dentro de las que se podría encuadrar también la serie protagonizada por el Wolkswagen Herbie, e iniciada con The Love Bug (Ahí va ese Bólido, Robert Stevenson, 1968) o Now you see him, now you don't (Te veo y no te veo, Robert Butler, 1971), la película retrata las aventuras de un adolescente que, por accidente, recibe las cualidades de un ordenador al recibir una descarga eléctrica. Nada destacable, excepto la capacidad de entretenimiento propia de estos productos de la casa de Burbank, absolutamente inofensivos y de ligero consumo. La película tendría un remake televisivo un cuarto de siglo más tarde, The Computer Wore Tennis Shoes (The Computer Wore Tennis Shoes, Peyton Reed, 1995) con el televisivo Kirk Cameron en el papel que representara Russell.

En Future Past (Future Past, Bob Stewart, 1987), el protagonista se pasa la vida jugando con un ordenador como única vía de escape para su gris existencia. Un experimento con hologramas le llevará a encontrarse con una persona venida del futuro. Es un producto extraño, que no sé cómo habrá soportado el paso de los años, pero que a priori se presenta interesante. La aparición de la informática es marginal, pero forma parte de la descripción de la personalidad del protagonista, lo que da un cierto interés al producto. Automan (Automan, Allen Baron, Gil Bettman, Bob Claver, Alan Crosland, Bruce Seth Green, Lee H. Katzin, Winrich Kolbe, Kim Manners,1983) es una graciosa serie juvenil en la que el Automan del título, un ordenador ambulante, puede generar una forma humana artificial que le permite desplazarse por el mundo de los vivos, defendiendo la ley y el orden como si fuera un superhéroe, acompañado de Cursor, un pequeño robot volador que puede crear de la nada cualquier objeto que Automan necesite. Amén de que estamos hablando más de magia que de ciencia, la serie no debió gustar demasiado, pues sólo se produjeron los trece episodios de la primera temporada. Chuck Wagner interpretaba a Automan y Desi Arnaz, Jr. a su compañero Walter Nebicher.

Superman III (Superman III, Richard Lester, 1983) es, en opinión de quien esto firma la peor película de la serie de Christopher Reeve junto con Superman IV: The Quest of Peace (Superman IV: En Busca de la Paz, Sidney J. Furie, 1987). En ella, el actor cómico Richard Pryor interpreta a un genio de la informática que, al entrar a trabajar para una institución financiera, aprende rápidamente a robar los decimales de los movimientos bancarios para engrosar su propia cuenta, siendo inmediatamente contratado por un genio del crimen (Robert Vaughn) para que le ayude en su malévolo plan de dominación mundial que, naturalmente, pasa por la eliminación del Hijo de Kryptón, mediante la construcción de un superordenador. El personaje de Pryor es un imbécil con suerte, de quien en ningún momento adivinamos qué talento para la informática tiene; las mejores escenas de la película son, con todo, las del actor cómico, mientras juguetea con las terminales de un mainframe de los primeros años ochenta. 

Parecida en su aproximación al asunto -la estafa informática-, y con idéntico año de producción, es ThrillKill (ThrillKill, Anthony Kramreither, Anthony D'Andrea, 1983). La programadora Karlie Kendall escribe código de videojuegos, y lleva tiempo robando dinero de los bancos y escondiendo en el programa de su juego el dinero robado -las claves y cantidades-. Kendall quiere escapar hacia Brasil cuando el dinero disponible llegue a cinco millones de dólares, pero es asesinada antes. Tras el asesinato hay diversos intereses; desde su propio jefe a su socia en el delito, Adrienne. ThrillKill trata, como Superman III, un asunto entonces de moda, pero con algo más de rigor que la tercera película de la saga del Hombre de Acero, lo que tampoco es mucho.

No he visto las dos películas que completan el extraño díptico Senor Computer (Senor Computer, Tom Sawyer, 1997) [sin ñ en el título original] y Strange Case of Señor Computer (Strange Case of Señor Computer, Tom Sawyer, 2000) [con ñ en el título original], en las que un inventor loco crea un robot de características prácitamente humanas, pero el español del título suena suficientemente extraño como para sospechar que el invento pertenece por derecho a las estanterías más polvorientas de los sótanos de los viejos videoclubs. Ah, y el tal Sawyer se reserva para sí mismo el papel del Señor Computer del título. 

En Computer Ghosts (Computer Ghosts, Marcus Cole, Rob Stewart, 1987) es una producción australiana en la que un empresario ambicioso conjura un grupo de fantasmas generados por ordenador para echar de una urbanización a unos vecinos recalcitrantes, para poder comprar sus propiedades y especular con el terreno. Una misteriosa pareja hará la vida imposible a los villanos. En muchas ocasiones se da a la informática y los ordenadores propiedades mágicas, como es el caso. La relación de una gran parte de la población con los ordenadores que se han asentado en sus vidas es de una profunda desconfianza; los GUIs han hecho bastante y sobre todo los teléfonos inteligentes y sus pantallas táctiles, pero un amplísimo espectro de la gente, a pesar de todo, mira con ojos aterrorizados a esas máquinas infernales que tan bien manejan sus hijos o nietos. Computer Ghosts deja una imagen muy realista, a pesar de su fantástica premisa argumental de la forma en que los ordenadores son percibidos: como unos incomprensibles generadores de magia, capaces prácticamente de cualquier cosa.

El póster de "El cerebro de un billón de dólares" se publica bajo el derecho de cita.