sábado, 26 de abril de 2014

Españoles



En este artículo, David Torres habla de nuestra antigua tradición de maltrato a los animales, y usa el asunto para describir la sociedad española, que se mueve en un lodazal de atrocidades que no es sino reflejo de nuestra poca civilidad.

Sintonizando plenamente con el ideario y el mensaje de Torres, añado algo más. El que describe creo que es un esquema propio de sociedades autoritarias y de modelos feudales, único en nuestro entorno (Europa, Occidente), que se ha perpetuado hasta nuestros días. El siervo necesita válvulas de escape para la frustración y la violencia que acumula al no poder tener vías de salida de una existencia en perpetuo estado de frustración (se es vasallo hasta la muerte), y el sistema ha de facilitar esas válvulas de salida, que la represión (religiosa y militar) sólo puede contener parcialmente.

Esa violencia cotidiana necesita ser conducida, sea vía simulaciones de la guerra (como los deportes convertidos en espectáculos de masa) en las grandes urbes, o bien vía transmisión de la violencia a las castas inferiores (o a los iguales).

Y el siervo sólo tiene una casta inferior posible: los animales. El sistema sabía secularmente que debía de dejar esa vía de escape libre, lo que también implicaba una legislación que, si no es laxa, debe de saltarse sistemáticamente, algo que pasa mucho en España, un país repleto de normas que dictan la conducta hasta en la más nimia de las acciones, pero que “premia al siervo” no aplicándolas.

Esa conjunción perversa explica que en el Siglo XXI se mantengan esas actitudes medievales con respecto a los animales. Es algo ilegal, pero no se favorece que la ley se cumpla, o bien no se legisla al respecto. El caso es que la situación se mantenga. Seguro que esta forma de hacer las cosas les suena, porque impregna a toda la sociedad.

Estas situaciones forman parte de una estructura social no escrita, pero profundamente tatuada en la identidad del español: ser un siervo que vuelca su frustración en iguales e inferiores, sometido a la voluntad del cacique, heredero del Señor Feudal, que administra a sus siervos de forma sistemática vía redes clientelares.

¿Cómo acabar con esto? No es sencillo. Esta es una forma de pensar fundamental que se espera del pobrecito ciudadano español (y que los poderes fácticos se han ocupado bien de unir a la españolidad), que para algo la mama desde la cuna. El cambio pasa por modificaciones legislativas y de relación entre instituciones y ciudadanía, pasa por la reescritura de un nuevo pacto social que nos convierta, de puertas adentro, en el país occidental que queremos ser pero no somos. Implica dolor (sacar a las élites que han dirigido el país como un cortijo de sus poltronas duele) y un vía crucis que tarde o temprano habremos de comenzar a transitar. Y cuanto más tarde lo empecemos, peor será.


La ilustración, "El Torero", de "Los Españoles pintados por sí mismos", 1851 (o anterior). Está en dominio público en Wikimedia Commons, y no consta el autor.

sábado, 19 de abril de 2014

Tierras de destierro (los tontos del pueblo)


Este mensaje puede resultar un poco local, pero no olvidemos el viejo adagio que dice que la localizad puede dar universalidad. Aplica lo que vas a leer al lugar en el que vivas, sea Madrid, Toledo, Sevilla o Palma de Mallorca. La situación será, me temo similar. Con la excepción, tal vez, de Cataluña y el País Vasco, esto es el pan de cada día en el país.

Cada vez que oigo a un político canario hablar del cine encuentro una radiografía de las carencias personales de la persona detrás del cargo; hace años, cuando estaba intentando financiar mi segunda película todo un Consejero de Cultura me dijo que me daban dinero si les garantizaba alfombra roja en los Oscar. Ese es el nivel del paisanaje. Estoy oyendo ahora mismo en la radio la entrevista a un prócer lanzaroteño sobre su isla, centrada en las últimas cosas chachis que han pasado allí “para mejorar el turismo” (ya saben, lo único impotante por estos pagos). No hace otra cosa el hombre que hablar de Ridley Scott y el rodaje de “Exodus”, que si el mayor rodaje de todos los tiempos, que si “una isla de cine” (toma slogan), y pasar luego a su personal catálogo de fuerza bruta: el año que viene no se qué campeonatos en la isla que nos hacen “referente internacional” (siguen los topicazos), todo muy, muy bueno para el turismo, y en fin, sigue soltando esas ideas simplonas tan propias del provinciano, del hijo de una tierra de destierro.

Y no se olvida de recuperar Tindaya, claro. No puede faltar, tras un robo de 3.000 millones de pesetas a los ciudadanos (sin consecuencia judicial alguna) la criaturita insiste en ello, porque, habrá “un antes y un después” (vamos bien) de ese proyecto (por cierto: si no eres canario y no estás familiarizado con el escándalo de Tindaya, que retrató a la clase política, empresarial y ahora mismo a la judicial de esta tierra desde hace ya 20 años, y se sigue en ello, pues googlea la palabra Tindaya, y comprenderás de lo que hablo; vas a alucinar).

Aparte de una muestra de cómo funciona esta subespecie de gestores medio ágrafos alzados a puestos de poder por los misterios de la política canaria, y de cómo ponerse medallas de cosas que ni tienen que ver con ellos ni de las que deberían de regalarse mérito alguno (ocurren gracias a la lucha de pequeños empresarios y gente con visión, cosa de la que esa subespecie de politicastro carece), me da mucha pena que sobreviva como un virus ese espíritu miserable, que ignora a los propios y favorece a los “de fuera”, porque “lo de fuera es mejor”.

Ese desprecio al mérito de la gente que intenta pelear en tu tierra y ese baboso placer de lamer el suelo que pisan los guiris me parece un pecado de lesa humanidad. Vivir reflejado en el otro lleva a ignorar al propio, al propio hijo, lo que es un auténtico crimen. Ese señor, a quien no niego que hable de lo que se le antoje, pero que no da más de sí, debería de preocuparle sobre todo que cineastas y artistas locales puedan tener voz , una voz que se les niega sistemáticamente. Ridley Scott rueda en Lanzarote. Ron Howard en El Hierro. Vale. Eso da trabajo a mucha gente y trae riqueza. Ya lo sabemos. Es bueno porque nos pone en el mapa. Estupendo. Pero ¿Y nuestros cineastas? ¿Quién se acuerda de ellos? ¿Están condenados a ser notas a pie de página cuando prensa, literatura y clase política (que deberían ser ejemplares al respecto) les ignoran sistemáticamente?

¿Cuántos realizadores de Lanzarote conoces? ¿Cuántos tienen su propio imaginario personal y no han podido desarrollarlo? ¿Qué responsabilidad en ello tienen esas autoridades públicas que permanecen mirando hieráticas al horizonte en perpetuo desprecio al talento isleño? Nunca he entendido esta forma de pensar, tan de vendedor de enciclopedias a domicilio, tan oscura como el pelo de la dehesa, pero en versión isla. Con gestores así en puestos de responsabilidad, no es de extrañar que luego ocurran catástrofes.

Mateo Gil, Andrés Santana, Dunia Ayaso, Félix Sabroso, Juan Carlos Fresnadillo, Roberto Pérez Toledo, Antonia San Juan, todos han tenido que irse para que sus carreras sigan adelante (y han vuelto a contar historias en su tierra por puro amor).

Decenas de creadores canarios están condenados al ostracismo por un sistema que no les permite nacer como artistas. Y hay una enorme responsabilidad en ese desastre, en esa catástrofe que niega a los intelectuales el pan y la sal (sí, la gente del cine también son intelectuales) en manos de una clase política analfabeta e ignara.

El Festival de Las Palmas dio (y espero que siga dando pronto, ya que vuelve a iniciar su andadura) una oportunidad de escuchar la voz de muchos jóvenes cineastas canarios. Y esa voz empezó a sonar. Personal. Propia. Única. Pero nada más ha pasado, todo de nuevo se vuelve espejismo. El cine necesita apoyo público. Esas voces merecen ser escuchadas. Pero que eso lo entienda un señorito lanzaroteño aupado a dirigir la isla por los azares de D'Hont, puede ser un milagro. 

¿Tenemos la clase política que nos merecemos? No lo creo, o más bien no quiero creerlo. Tenemos una clase política que da vergüenza, eso sí. Y eso pasa en todo el país, además. Ya va siendo hora de cambiar las cosas. Ya está bien de que nos gobiernen los tontos del pueblo.

La foto que ilustra este texto la tomé en La Laguna, Tenerife, el pasado 8 de noviembre de 2013.

viernes, 4 de abril de 2014

Paradigmas y burbujas. El caso español (o una aplicación del paradigma de Kuhn a la ética social)



“Considero a los paradigmas como realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica” (Thomas Kuhn)

Thomas Kuhn es un filósofo que ha aplicado el concepto de paradigma (llamando así a una forma de pensar mayoritaria en un cierto colectivo humano) a la filosofía de la ciencia, explicando de forma satisfactoria las contradicciones que en muchas ocasiones vemos ocurrir entre formas de pensamiento científico. Se trata por tanto de modelos epistemológicos.

También se puede extrapolar el concepto de paradigma de Kuhn a las sociedades, y más concretamente a los valores éticos en los que viven las personas.

El gran problema de las sociedades contemporáneas, es la coexistencia de múltiples paradigmas, que aparentemente pueden cohabitar, pero que en realidad no son compatibles. En un país occidental hay ciudadanos viviendo dentro de paradigmas que se contradicen unos con otros. Y los sistemas políticos deberían plantearse para actuar de forma justa el reconocer los paradigmas mayoritarios, plantear si representan un buen futuro para las sociedades y legislar bajo ellos. Bien puede pasar que el paradigma mayoritario en una sociedad sea problemático para la felicidad o la simple supervivencia digna de sus ciudadanos. Entonces creo que el político honesto debería iniciar una discusión acerca de las bondades y perjuicios que generará el paradigma imperante.

Sin embargo todo es mucho más complicado, y conviven gentes inmersas en paradigmas diferentes casi puerta con puerta: pueden ser religiosos, raciales, sociales, científicos, morales, éticos, y la convivencia generará conflicto, lo que llevará a que unos paradigmas absorban a otros y crezcan, otros se extingan. Podríamos aproximarlo a las burbujas en la superficie del agua jabonosa. Unas explotan, desapareciendo, y algunas crecen engullendo a otras.

En España actualmente el paradigma mayoritario, lamentablemente, no es el mismo que aquel en el que viven quienes han sido elegidos para gobernar. Estos pertenecen a poderosas sectas católicas, y/o reciben presión por parte de cabilderos que representan intereses privados. Algunos viven en el anterior paradigma clientelar que dio como herencia el dictador a su muerte, una especie de herencia del feudalismo que llega desde el Siglo XIX. Ese tal vez sea el paradigma más perjudicial.

El feudalismo entronca directamente con el caciquismo, y este con el clientelismo. La línea de herencia es clara, y ha sido la forma en la que el país se ha movido, ha respirado y ha gestionado su vida desde la edad media hasta el presente (no hemos tenido revoluciones políticas, ni científicas, ni culturales que hayan llevado al cambio necesario). Incluso el lenguaje coloquial posee giros directamente nacidos del inconsciente colectivo que hablan mejor que nada de cómo piensa, o pensaba, gran parte de España, hasta hace nada de tiempo:

-Usted no sabe con quién está hablando. (El cacique se pavonea ante el inferior)

-¿Y tú quién eres? (El equivalente del siervo cuando otro supuesto siervo le recrimina. Implica la negación del otro por no pertenecer a la casta superior)

Este régimen de castas, muy impenetrable, y tal vez lo que más nos aleje de las sociedades democráticas de occidente, y que en cierta medida nos asocia con culturas inmersas en paradigmas que anulan la permeabilidad social (como la hindú), es muy resistente. Y ha empezado a tambalearse (piénsese que hablamos de más de mil años de tradición) justamente en el Siglo XX y el XXI, cuando la casta considerada de siervos ha tenido acceso a la cultura, a la escolarización y a la lectura. Esto, que ocurrió en otros países en los siglos XVIII y XIX, en España ha llegado, por mor de la longevidad de la dictadura franquista, con cien años de retraso.

De nuevo hablo de la Ley del Aborto que el ministro Gallardón pretende cambiar. El Ministro impone su paradigma (minoritario, propio de una determinada secta religiosa) a la mayoría de la población, olvidando que ese paradigma no es en el que viven y con el que se conducen los ciudadanos para los que trabaja. El error básico de querer convertir los paradigmas minoritarios en leyes que generan desastres y caos. Así, los médicos, los ciudadanos, los colectivos de derechos sociales, los gobiernos de terceros países e incluso las asociaciones internacionales se han levantado contra las intenciones del ministro. El caso más significativo es el de los psiquiatras, que han puesto el grito en el cielo, pues de un par de informes generados por su gremio dependerá si una mujer puede finalmente abortar o no.

Con razón dicen los psiquiatras que quien eso estipula no entiende para qué sirve la psiquiatría, no comprende por qué un ser humano toma sus decisiones vitales, y considera en general a toda la ciudadanía como súbditos infantiles que deben ser tutelados por entidades superiores. Una manera de pensar, por otro lado, muy propia de paradigmas autoritarios, en los que el poder se ha de perpetuar entre escasos miembros de castas. Precisamente, el modelo español. Así, un ministro que no sabe nada de la realidad, ni de medicina, ni de psiquiatría, que aparentemente debería de ser destinado a un monasterio de clausura con voto de silencio, se permite el lujo de imponer su paradigma a una población atónita. Se trata de un ejemplo de lo que se ha dado en llamar “parálisis paradigmática”.

Otro ejemplo de gente que vive paralizada en su propio paradigma es lo que ha hecho Esperanza Aguirre, miembro de la casta, al verse tratada como uno más por un grupo de agentes de movilidad en Madrid, y que la prensa cubre intensamente estos días.

España es un país en el que la gente usa redes sociales, plataformas digitales de comunicación y móviles inteligentes. Pero que eso no nos engañe. El español piensa como un siervo, porque así lo ha hecho toda su cultura desde tiempos inmemoriales. La mayoría de los españoles actuales apenas son la segunda generación que ha tenido una formación universitaria. Yo pertenezco a la primera prácticamente. Antes que yo, nadie estudió en una universidad entre mis ancestros directos. El acceso al saber, fuente primordial de la emancipación de los pueblos (generando líderes cultivados y masa social receptiva al cambio), y sobre todo de la generación de nuevos paradigmas que anulen a los previos, respondiendo a las necesidades generales, es lo que puede hacer que España cambie y se incorpore de una vez al tiempo en el que vive. Nuestro país vive en su mente colectiva en un limbo de cien años (nos comparamos injustamente con los países islámicos, cuando nosotros mismos vivimos paralizados en unos modelos de conducta que van en contra de las normas de convivencia más elementales, generando esquizofrenias como la famosa inaplicabilidad fáctica de gran parte de lo que se legisla en el país, porque lo que se pretende va en contra de los intereses del paradigma imperante, generando inseguridad jurídica como consecuencia catastrófica pero directa de ello, entre otros muchos efectos negativos, como la impregnación de intereses políticos en el Poder Judicial, entre otros), con múltiples paradigmas que se consideran obsoletos e inoperantes en otras sociedades, aún plenamente activos. El cambio de paradigmas es lento, pero también es imprescindible para que las sociedades sobrevivan. Y España tiene aún un largo y tortuoso camino que recorrer para reclamar siquiera su posición entre los demás países del orbe occidental.

El paradigma de Kuhn convertido en una lucha dialéctica entre modelos es lo que genera las dinámicas en las sociedades humanas. El deseo común es que los paradigmas imperantes sean los mejores que sea posible y que sean buenos para la vida de las personas. En estos momentos miles de paradigmas incompatibles conviven en las sociedades abiertas, pero poco a poco van fusionándose en paradigmas mayoritarios, diseñados, se diría que de forma espontánea, por el bien colectivo. De otra manera, la convivencia de islamistas, cristianos, judíos, ateos y agnósticos en un país sería imposible, como hemos visto por la historia de sangre y fuego de las guerras de religión. Y sólo es un ejemplo.

No puede sobrevivir una sociedad que niega la investigación científica que use embriones humanos porque una minoría impone su paradigma medievalista a la mayoría social. Pero también puede ocurrir que el paradigma sea manipulado y distorsionado por intereses creados y cabildeos. Nadie dijo que esto fuera fácil.

La ilustración, de Wikimedia Commons, es el cuadro de José de Ribera "Un Filósofo" (circa 1630). Está en dominio público.