viernes, 28 de noviembre de 2014

Crónica de un ser vivo


Revisando parte de la filmografía de Akira Kurosawa, pasando por obras tan importantes como sus dos adaptaciones de Pudovkin ("Dodes'ka-den" y la previa "The lower depths" de 1957) he llegado a "Crónica de un ser vivo", que se considera por ahí obra menor en la filmografía de uno de los mayores colosos del cine universal. La historia de la película gira alrededor de un rico empresario japonés que vive en un estado de ansiedad perpetuo ante la posibilidad de que su familia perezca por un inesperado ataque nuclear. Crea primero un refugio subterráneo y luego decide llevarse a toda su familia al lejano Brasil, amenazando con arruinarles con su locura.

A medio camino entre el individualismo extremo de "El Manantial" y la historia de traiciones familiares tipo "El Rey Lear", "Crónica de un ser vivo" está interpretada por Toshirô Mifune en el papel del protagonista y Takashi Shimura como el dentista, y accidental mediador judicial, que hace de nuestro testigo del devenir del drama. Narrada a menudo con dos cámaras, en ángulos que renuncian a la narrativa visual para dar espacio a los actores -marca de estilo del realizador-, en planos largos donde el movimiento y el ritmo lo dan los intérpretes, la historia nos lleva de la mano por un escenario mental de pesadilla, el de un país que vive, diez años después de las dos explosiones nucleares que terminaron la II Guerra Mundial, en un estado de shock post traumático. La mente de Kiichi, el protagonista, vive en un delirio que arrastra a su familia, y finalmente les convierte en víctimas del bombardeo nuclear con una década de retraso. Es como una voladura retrasada.

"Crónica de un ser vivo" me habla de las heridas que nunca cierran. Vivo en un país que, aunque sea incapaz de reconocer lo evidente, habita en un estado de permetuo shock post traumático, tras una guerra en la que los vecinos de mataban unos a otros, en la que los odios se perpetuaron mediante una de las dictaduras más oscuras del siglo pasado. España, como ese japón que quiere aparentar normalidad cuando vive una tormenta interior, no será hasta que no mire con honestidad el daño que generaciones de ciudadanos han sufrido. Por el miedo a la represión. Porque te mataron al padre o al abuelo aquellos que ahora dirigen tu pueblo. Porque te niegan el perdón o las disculpas. Porque te enseñaron a ser temeroso de la autoridad. Porque tu familia te contagió que mejor mirar el fútbol y no pensar que salir a la calle a pedir lo que es tuyo. España es un país con su psicología rota. Una mente colectiva que vive aún el shock que no quiere enfrentar ni su terrible fantasma. Los pecados del pasado siguen ahí.

Kurosawa utiliza en sus películas un maquillaje para dar edad a sus personajes muy exagerado, que quiere serlo. Pasa en "Crónica de un ser vivo", y en toda su filmografía, hasta las últimas, como "Ran" o "Sueños" (especialmente sobrecogedor el del padre y la hija agonizantes de "Dodes'ka-den"). Es en gran medida una reverencia al actor y al Teatro No, la gran tradición de la escena nipona. En sus obras en blanco y negro el resultado parece heredero del expresionismo alemán, con el que entronca directamente, juntando además su uso dramático constante del tiempo atmosférico como reflejo del "tiempo emocional" de sus personajes. Y es que "Kurosawa" significa "mal tiempo" en japonés.

La tormenta interior que vive Kiichi, a la que presta Mifune su talento en una construcción apabullante -fue uno de los más grandes actores, un Emmil Jannings o Robert de Niro del cine mundial-, se refleja también con recursos del Teatro No. El maquillaje facial que le pone en 70 años cuando en la fecha del rodaje tenía 34, se prolonga en el sombreado de las costillas, que hace parecer al actor mucho más delgado, al modo de algunas pinturas japonesas.

"Crónica de un ser vivo" encierra una profunda enseñanza, la de cómo la locura, el miedo y la parálisis pasan de generación en generación. En cómo las guerras no terminan cuando se firman los armisticios, sino que siguen, en combustión lenta, arrasando las almas de las generaciones venideras, criadas en el trauma, habitadas por el demonio bélico por décadas y décadas.

La película fue un fracaso comercial en 1955, y fue una de las dos producciones de la Toho que, por el aniversario de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, produjo la compañía. La otra la dirigió el ayudante de dirección de Kurosawa en gran parte de su filmografía, Inshirô Honda, justo el año anterior. Y se tituló "Godzilla".

El poster de "Crónica de un ser vivo" se usa bajo derecho de cita.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Definiendo España



Tras  una resolución como la de ayer del juez Ruz, en una democracia occidental mantener un gobierno como el actual sería imposible.

Ahora ya sabéis lo que no somos.

Bienvenidos a la realidad.

La imagen es del Pleno-farsa sobre la corrupción al que hemos asistido hoy en el Congreso. La uso acogiéndome al derecho de cita.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Estrenamos


Misión cumplida. THE MYSTERY OF THE KING OF KINEMA, tras tres años de trabajos, ya se ha estrenado en el Festival de Cine de Gijón. Una gozada estar y disfrutar del mejor festival de cine independiente del país. Pronto, más noticias sobre la película.

La culpa no existe en el país de los niños



Volviendo de Gijón coincidí en el aeropuerto de Oviedo con Borja Crespo, y estuvimos charlando un buen rato. Nuestra charla acabó desembocando en el asunto de la piratería online (llamadlo como queráis: descargas, bajarse pelis... da igual), y de cómo nos sorprendemos viendo que un montón de gente la ejerce ya como si fuera un derecho básico que viene incorporado con tu conexión de banda ancha. Muchísima gente lo hace, eso sí, inocentemente; el otro día un familiar cercano me mandaba un enlace de Youtube con links a decenas de películas pirateadas con toda la buena voluntad del mundo. Tuve que explicarle que eso no es legal. Que lo legal es lo que hacen Filmin, Filmotech, Nubeox, ONO o Netflix, entre muchos otros operadores que pagan sueldos e impuestos. Simplemente, esa persona no lo sabía. No se puede saber todo en esta sociedad tan compleja que nos ha tocado vivir. Vale. Asumido. Pero sigo, que tomo carrerilla.

Hace tiempo que quiero hablar de esto (de nuevo), así que aquí suelto mi filípica. ¿Quién tiene la culpa de que exista la piratería? ¿Quién está detrás de este desastre que está destrozando industrias enteras, todas aquellas que crean productos fácilmente copiables por medios digitales? ¿Existen esos culpables? Sí, claro que los hay. Siempre alguien tiene la culpa de algo. Quien diga lo contrario o es un niño o es un mentiroso. Tres patas comparten la vergüenza:

1-Las telefónicas. Porque ellos venden sus conexiones para que la gente se baje películas y lo sabemos todas las partes; es su servicio “no declarado”. Porque mediante presiones a los gobiernos y mediante grupúsculos como las Asociaciones de Internautas (bueno, son dos), que subvencionan y mantienen, hacen un cabildeo de lo más repugnante. Las telefónicas son muy, muy, muy poderosas. Entre ellas, las eléctricas y la banca, quitan y ponen gobiernos. Son un grupo de presión de enorme ambición y no se detienen ante nada.

2-Los políticos. Por muchas razones. Ellos convirtieron hace años a esas mismas telefónicas (sector crucial para la supervivencia de una nación), antes públicas, en un oligopolio privado en pro de ciertos amigos del colegio. Ellos pasan a sus consejos de administración vía “puerta giratoria”. Ellos lanzan legislaciones cobardes y pacatas amedrentados por el poder de las telefónicas y sus cabilderos, o indultan a sus CEOs sin que les tiemble la mano, cuando se les pide adecuadamente. No han estado a la altura, no señor.

3-Los ciudadanos. Los que siempre se olvidan. Los que se comportan como niños. Los que dicen “no hay culpables” o abogan los la neutralidad de la red, sin entender el término siquiera, o que se quejan por el viejo canon por copia privada cuando ni se han molestado en averiguar para qué sirve. Los que se bajan una peli y un libro y un disco y “total, no pasa nada, lo hace todo el mundo”. La mayoría silenciosa. Todos nosotros, que lo permitimos, que lo consentimos. Esa mayoría que protesta y eleva la voz cada vez que se habla de los Derechos de los Autores, cada vez que se les acusa de ser parte del problema.

Esto no es nuevo. La economía es despiadada, y todos hemos consentido la creación de este mundo, un mundo en el que las operadoras te pueden colar cobros por servicios no prestados, en el que darte de baja de un teléfono te cuesta sangre, y en el que las autoridades que deben de protegerte están mirando a otro lado y silbando. Las acciones arteras y retorcidas son el pan de cada día en la selva de las corporaciones. Los que mandan saben que los que pagan, nosotros, estamos atados de pies y manos por años y años de legislaciones consentidoras y creadas, sutil, lenta, perversamente, a su favor. Ellos no tienen prisa. Son como los quistes. Se van metiendo y metiendo en el tejido sano, imperceptible, lentamente, hasta que cuando te das cuenta y quieres arrancarlos, es prácticamente imposible. Controlan medios, controlan a opinadores a sueldo, controlan editoriales y formas de pensar, y sobre todo cuentan con la codicia de la buena gente, esa que no haría daño ni a una mosca, pero que ven las películas que se bajan de una dirección que les pasó su sobrino, ese que sabe tanto de informática. Total, todo el mundo lo hace... Total, están ahí ¿No? Si no las coges, es que eres tonto. He llegado a sostener debates kafkianos con gente que se supone es inteligente y tiene cátedras,  que se refugiaban en terminología técnica para negar la mayor: que ven la piratería como algo socialmente aceptable. Os juro que no lo entiendo.

Vuelvo al asunto de los hombres-niño al que regreso una y otra vez en este blog. Vivimos en una sociedad infantilizada, que mantiene a los adultos en un perpetuo estado de adolescencia y de ausencia de responsabilidad, en el que cientos de responsables públicos se van de rositas cuando cometen desmanes con el dinero público (*), un lugar en el que los culpables no pagan sus culpas cuando están situados a cierta altura en el escalafón social, pero en la que los pobres, los “robagallinas” pagan años de cárcel por causas ridículas. Una sociedad en la que la culpa no existe si estás suficientemente arriba. En esa estratosfera social, se reparte. Se difumina. El país de los niños es así ahí arriba.

Vivimos en un país en el que, sin embargo, consentimos bovinamente que la Agencia Tributaria y cientos de Ayuntamientos, Cabildos, Gobiernos Autónomos y empresas públicas, organismos intermedios y administraciones de todo pelo, embarguen, esto es, tomen por asalto, y sin el menor problema legal, las propiedades de los ciudadanos, ya sea metiendo mano en sus cuentas corrientes para el cobro de impuestos no pagados en plazo (con sus intereses de demora, claro), de multas o de sanciones administrativas. Es el mundo de la domiciliación de cuentas, eso que los gobiernos pasados regalaron a la banca, convertida en despojo domiciliario. En embargo y confiscación salvajes. Todo esto es algo que sabemos perfectamente que es lesivo para las personas, que va en contra de la Constitución y los Derechos Humanos. Se desahucia a la gente de sus casas, y de sus sueldos, siempre que una administración lo pida, y la tutela judicial efectiva, eso que se supone te protege de los abusos de poder, ni existe ni se la ve por ningún lado. Es más, todo esto  que describo es un delito consentido y cometido por las instancias oficiales a diario.

Pero nadie, hasta ahora, ha denunciado a todos esos cobradores de manos largas ante, por ejemplo, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Vivimos en ese país en el que todos miran a otro lado, en el que la autoridad sigue siendo observada con el temor del vasallo mientras el siervo manso se dedica a sus corruptelitas (bajarse una película lo es, sí, señores), total, mientras no te pillen, total, te lo hago sin IVA, total, todo el mundo lo hace... total... es tradición... Yo no pirateo, yo "enlazo". Pero mejor no nos metamos en líos cuando el Estado se pone serio. Que entonces sí te pueden joder bien jodido. Este es el mundo al revés español. Así funciona el país.

Y la misma población que se muestra sumisa con un Estado monstruoso que puede meterse en sus casas, en sus cuentas, en sus vidas, y que regala empresas públicas al Dios Mercado, la misma población que no rechista ante el desmantelamiento del Estado del Bienestar, la sanidad o la educación públicas, se muestra agresiva como un crío enrabietado cuando se intenta legislar para proteger los derechos de autor, un derecho humano que está en la Declaración Universal, y está ahí para proteger a todo ciudadano.

Miren, no sé si es que lo veo demasiado claro, pero o arreglamos este sindiós de una vez o nos convertiremos en un país de niños malcriados, irresponsables y sin la inteligencia elemental para comprender que lo que hacemos siempre, en todo momento, afecta a los demás. Necesitamos un país en el que no se robe a los demás, sean estos productores de cine o ciudadanos, sean los ladrones las administraciones públicas o el público en general. Tenemos que dejar de ser niños y asumir que todo lo que hacemos afecta a los demás, sin excepción. Y que hay cosas que no podemos ni debemos consentir. Guardando silencio y dejando que todo siga como está no iremos a ningún lado. Porque un niño, un adolescente, no tiene derecho a voto, no tiene edad penal, no tiene responsabilidad judicial, por algo. Pero un adulto sí. Y un adulto-niño es una contradicción.

Vivir sin responsabilidad es eso: cosa de adolescentes. Ya basta de vivir en el país de los niños.

Pd: Si visitáis el artículo en El País que he enlazado al principio de este texto, veréis que fue escrito hace ya cinco años. Y todo sigue igual. Es la prueba de cómo los tres culpables han mantenido el estado de cosas como les convierte, contra viento y marea, en una suerte de perversa simbiosis. A pesar de que todo ello, combinado con la crisis, está destruyendo empleos cada día, y llevando al paro a un montón de maravillosos profesionales, y jodiendo vidas, a ver si nos entendemos. Cuando se publicó el artículo, los comentarios que aparecieron fueron furibundos; lo de siempre. Los han eliminado en la hemeroteca digital del periódico, pero básicamente se resumían en las respuestas de un crío: yo no tengo la culpa, si se puede hacer lo hago ¿Qué pasa?, ¿Y tú quién eres para venir a dar lecciones?, y, claro, las falacias eternas ad hominem, tan típicas de cuando te dicen algo que te duele pero no lo aceptas. Supongo que esas cosas seguirán igual, y por mor del anonimato internetero nunca supe de las identidades de las personas que respondieron al artículo. Me gustaría saber si ahora siguen pensando lo mismo. A lo mejor ahora sus hijos intentan ganarse la vida en el cine y ven que es imposible porque la industria está tan destruida que no se puede obtener un empleo decente. O a lo mejor siguen en sus trece. Puede ser. 

Ppd: En esta web un crítico aficionado pone a caldo "No-Do", una de mis películas, para, acto seguido, dar acceso a ella vía enlaces para que te la puedas bajar. No sé si el tipo se da cuenta ni siquiera de lo que hace. El caso es que la película dice que ni la recomienda. Él, que se la ha bajado gratis, y que la regala, generosamente, a los demás. Este es el percal. Oye, tío, esa peli es mía ¿Te enteras? ¿Quién te ha dado permiso para que la regales? Seguramente me respondería eso, que él no piratea, que él "enlaza". En fin, una, otra, batalla perdida.




(*) Esto me ocurrió hace unos años, allá por 2002. Estábamos diseñando un videojuego en Tafira, Gran Canaria. Acabó llamándose Free Wheel. Mirad en IMDB si os parece interesante. En aquellos días de RDSI y modems, el congreso tenía un foro en el que podías chatear con los parlamentarios que lo tenían a bien. Tuve un encontronazo con una diputada que decía que el dinero público "no es de nadie". Yo le decía "es de todos", y le rogaba que pensara en la etimología de la palabra "público". Ella seguía en sus trece. No sé que habrá sido de aquella diputada, pero su forma de pensar era, y es, desgraciadamente, demasiado común en este país.

Nada que añadir

  

Esto está apareciendo en los buzones de miles de españoles. Nada que añadir ¿Verdad? ¿Para qué? ¿Que la gestión de nuestra salud está en nuestras manos? Hay que ser cabrones.

martes, 25 de noviembre de 2014

Bill Plympton en Gijón



Llevo cruzándome con Bill Plympton en festivales desde, creo, 1997, cuando le conocí en Sitges y le compré un libro que me firmó. Es un nómada que ha elegido el camino más difícil de todos, luchando por mantener su independencia con furia y pasión, con humor e ingenio. Pudo haber trabajado en Disney, pudo haber seguido una carrera más cómoda, pero ha elegido seguir fiel a sí mismo. Mantener la libertad como estandarte, al precio que sea.

Bill Plympton sería bastante asombroso sólo por eso. Pero es que además es uno de los clásicos más poderosos, originales y brillantes del mundo de la animación que mi generación ha tenido la fortuna de conocer. Y digo fortuna, porque poder saludar a un maestro como Plympton es un regalo. Y poder disfrutar de su obra, el más importante de los regalos. Le recordarán por generaciones, es un salvaje, un estajanovista, un iconoclasta, un rebelde y un narrador visual maravilloso.

Estos días he podido ver su último largometraje en el mejor festival de España, el Festival de Cine de Gijón (brillante, extraordinario, perfectamente organizado y con la mejor programación y selección que puedas imaginarte), el mudo y jubiloso y demente y divertidísimo y brutal y romántico Cheatin', que contiene una de las escenas más poéticas y hermosas que he visto en años; cuando Ella se enamora de Jake y saca su corazoncito maltrecho del interior más recóndito de su ser, al que viajamos en un rollercoaster surrealista, entregándoselo a un cupido bastante asombrado. La retrospectiva del autor organizada por el festival, que además añade un libro biográfico, recorre toda su obra, y añade su corto Footprints, una maravilla que mezcla la fábula con el horror y la mente desbocada en una suerte de escritura libre, uno de los mejores cortos animados de los últimos años, que por cierto, acaba de ser preseleccionado a los Oscars, o su precioso fragmento de Kalihl Gibran's The Prophet, que ilustra con libérrima plasticidad uno de los textos más hermosos escritos por el hombre. Puede hacer todo eso, y con un estilo que siempre es fresco, siempre diferente.

Plympton es un poeta, eso lo sabíamos muchos hace tiempo, un intelectual con un discurso férreo camuflado de comedia y brutalidad post-slapstick, y uno de los mejores animadores del mundo. Ni sus nominaciones al Oscar, ni los cientos de premios que arrastra, obvian el hálito poético de su filmografía, descacharrante, extraordinaria, brillante y desencadenada.

En la Master Class con que obsequió a un puñado de rendidos admiradores y amantes de la animación y el cine, entre los que estaban Sam (la voz más poderosa del stop motion nacional), Rocío Ayuso y Raúl García (otro de los mejores animadores del mundo; por cierto, a ellos se debe el precioso libro sobre Plympton que edita el festival), nos contó algo de la odisea que su vida ha sido. Acaba de ser padre. Se le abre un mundo de nuevos descubrimientos, y nuevas obras. Cuando le preguntaron por sus influencias, no tuvo dudas: Richard Lester, el genio que convirtió el free cinema británico en pura magia y Terry Gilliam, Dios (pido perdón a Fernando Trueba por hurtar la divinidad a Billy Wilder, espero que lo comprenda) (*). Los que hemos estado en Gijón este año hemos tenido la suerte increíble e inesperada de compartir unos minutos de vida con todos ellos. Somos afortunados. Esa magia sólo la consiguen los mejores festivales del mundo.

Pd: Se atribuye a Newton la frase aquella de (cito de memoria) "Si puedo ver tan lejos es porque cabalgo a hombros de gigantes", una de las formas más bonitas que he visto de expresar el progreso del conocimiento científico entre las generaciones. En el caso de Plympton, la cadena de influencas es múltiple, pero una de ellas es la que lleva de Lester a Gilliam (que reconocía en su propia Master Class de Gijón que se dedicaba al cine gracias a haber visto las películas de Richard Lester), y de Gilliam a Plympton, ambos, por otro lado, animadores. Gigantes cabalgando a hombros de gigantes.

(*) También citó a Winsor McCay, alguien con el que Plympton tiene muchos puntos en común. Os invito a conocer su obra. El día que inventen una máquina del tiempo sería una de las primeras personas con las que me tomaría un te.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Sueños de Metal (21) – "Supernova". Un breve interludio sobre seudónimos




Thomas Lee, el director acreditado de la película Supernova (2000), no existe. Es el nuevo nombre elegido por la Director's Guild of America como seudónimo de los directores que no quieren aparecer acreditados en un proyecto del que no se sienten responsables finales, en sustitución del ya añejo Alan Smithee (que había caído en desgracia por la infausta fama de la espantosa An Alan Smithee Film / Burn, Hollywood, Burn (Burn Hollywood Burn, Alan Smithee, 1997), una supuesta historia del imaginario propietario del seudónimo Alan Smithee dirigida por Arthur Hiller, quien quedó tan insatisfecho del resultado final que, irónicamente, dejó firmada la película con el nombre del personaje imaginario al que pretendía parodiar). 

Supernova fue abandonada por Walter Hill por un desacuerdo económico con la productora MGM. Hill fue sustituido por Jack Sholder -Hidden (Hidden: Oculto, Jack Sholder, 1987), Arachnid (Arachnid, Jack Sholder, 2001)- quien a su vez fue despedido al cambiar la cúpula de la productora. Entró entonces como director Francis Ford Coppola, contratado in extemis para salvar un desastre anunciado, y se limitó a remontar la película sin rodar material nuevo, pero con un coste adicional de un millón de dólares. 

El desastre era tal que MGM eligió usar Alan Smithee como nombre del director, pero aquel estaba tan quemado a causa del previo hundimiento de la película de Arthur Hiller, que hubo de ser acuñado el nuevo nombre ficticio de Thomas Lee. Pero ya era tarde; nada salvó a Supernova, una inversión de 65 millones de dólares. Fue uno de los mayores fracasos económicos de los últimos años. 

Como curiosidad, entre las películas filmadas por Alan Smithee a lo largo de los años se cuentan Death of a Gunfighter (La Ciudad sin Ley, Alan Smithee, 1967) dirigida por Don Siegel y Robert Totten, Fade-In (Fade-In, Alan Smithee, 1969) y City in Fear (City in Fear, Alan Smithee , 1980) de Jud Taylor -que cuenta con el dudoso honor de tener en su filmografía dos films de Alan Smithee-, Student Bodies (Student Bodies, Alan Smithee, 1981) de Michael Ritchie, Ghost Fever (Ghost Fever, Alan Smithee, 1984) de Lee Madden, Solar Crisis / Starfire (Solar Crisis / Starfire, Alan Smithee, 1990) de Richard C. Sarafian, The Birds II: The Land's End (Los Pájaros 2, Alan Smithee, 1994) de Rick Rosenthal -lo han adivinado: se trata de una insólita secuela del clásico de Alfred Hitchcock-, Hellraiser IV: Bloodline (Hellraiser IV: Bloodline, Alan Smithee, 1996) de Kevin Yaegher. Dune (Dune [TV], Alan Smithee, 1984) de David Lynch -Lynch aceptó firmar la versión para cines, pero se negó a aceptar como propia la versión manipulada por los productores que se hizo para la televisión-, y por supuesto la citada An Alan Smithee Film / Burn, Hollywood, Burn (Burn Hollywood Burn, Alan Smithee, 1998) de Arthut Hiller. 

También la mano de Smithee se ha paseado por varias series de televisión, como MacGyver -episodios MacGyver y The Heist-, The Simpsons -The Simpsons 138th Episode Spectacular- y la versión de 1985 de The Twilight Zone -Paladin of the Lost Hour-, entre otros.

El póster de "Supernova" se incluye bajo derecho de cita.

jueves, 20 de noviembre de 2014

En el Festival de Gijón



Como ya he comentado, tenemos pronto el estreno de THE MYSTERY OF THE KING OF KINEMA en la Sección Competitiva (DocuFICX) de la 52 Edición del Festival de Cine de Gijón.

La película se proyecta dos veces dentro del Festival. La primera, el lunes 24, a las 19:45, en los Cines Centro, y la segunda, el viernes, 28, a las 20:00, en el Centro Municipal Pumarín "Gijón Sur". En la primera proyección estaré haciendo una prequeña presentación de la película.

Os pongo aquí algunos posts sobre la producción que cuenta la vida del pionero del cine cómico Max Linder, un trabajo que ha sido bastante azaroso y se ha prolongado por tres años. Desde aquí mi agradecimiento a todo el equipo y a los entrevistados. Espero que os guste, y que, si pronto conseguimos distribución, podáis verla en cines.

Mientras tanto ahí van algunos posts (de la parte en inglés de este blog) sobre el equipo, el rodaje, más sobre el rodaje, y más, y más aún, el último día, la investigación, el montaje, el primer poster, el diseño de sonido, el poster final, o unas fotos de Max que ya tienen un siglo.


lunes, 17 de noviembre de 2014

Capra y Sorkin


Vivimos en un mundo feo y despiadado, en el que un puñado de personas poderosas deciden sobre vidas y haciendas, especulando a base de una vileza y una estupidez de tamaño continental.

Este es un lugar, un aquí y ahora, que no me gusta. No me gusta que nuestros hijos se vean arrojados a una sociedad en la que el prójimo es mirado como una fuente de ingresos, o donde grandes empresas estafan a diario con modos mafiosos y de modo impune, pasándose por el forro de sus caprichos las leyes. Y sobre todo que todo este dislate sea visto como normal, inevitable, "signo de los tiempos".

Pero el mundo desregulado que hemos creado, por acción u omisión, es este. Por eso creo que hace falta, más que nunca, recordar que antes hubo un mundo, no sé si mejor que el actual, pero en el que al menos ese puñado de malnacidos no especulaba con el precio del trigo a costa de las vidas de millones, o donde la banca especulativa no devoraba a la tradicional. Porque estaba prohibido.

Fue así, allá por los años 30, cuando tras la Gran Depresión, algunos aprendieron la lección y la banca especulativa se separó de la banca de ahorros. Algo tan simple, que justo es decirlo, nos recuerda que muchos problemas aparentemente irresolubles tienen soluciones soprendentemente sencillas. Durante 40 años todo pareció ir bien, hasta que, vía derogación, aquella separación se esfumó como si nunca hubiera existido, en la era Reagan-Thatcher. Y los adalides del neoliberalismo tomaron el mundo de nuevo por la fuerza.

Los resultados de nuestra mala memoria los vivimos a diario. La crisis del 2008 que para países débiles como España es la crisis de 2008, 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015... Lo vemos a diario: los responsables del desastre siguen impunes, los bancos rescatados se han comido el Estado Social, y la cosa puede ser aún peor, vía Deuda Soberana y Déficit. Y sigue habiendo gente que defiente la desregulación.

¿A qué todo esto? A que a veces algo tan tonto como una serie de televisión te devuelve la idea de que hay maneras diferentes de pensar y de hacer las cosas. Porque este artículo va de series de televisión... Y de películas en blanco y negro.

The Newsroom, la serie de Aaron Sorkin que produce HBO y emite en España Canal Plus, es uno de esos pequeños milagros. En unos tiempos postdescreidos en los que sólo parece que la ignorancia y la maldad sean valores en alza, sus historias, puramente caprianas en un mundo que juzgó lo capriano como infantil e ingenuo para sumirse en el sarcasmo propio de la crueldad y la desesperanza, nos devuelven un poco de luz sobre este estado de cosas que, o cambiamos, o nos devorará y deglutirá.

¿Sabéis quién era Frank Capra? Los que no, estáis tardando en recuperarle. Empezó escribiendo gags para actores del cine mudo, y se convirtió en un grano en el culo, en un revolucionario, a través de lo que parecían comedias llenas de buenos sentimientos, republicanas e individualistas. Capra era un hombre libre en un país que necesitaba hombres así. ¿Existen personalidades similares hoy en día? Sorkin podría ser un sucesor de Capra, sí.

Os recomiendo The Newsroom, a pesar de sus excesos (los que conozcáis la obra de Sorkin no necesitaréis más pistas). Lo mismo que todo el cine del viejo y bueno y sabio e ingenuo de Capra. Recuperad "Caballero sin Espada", o ved "Amen", el episodio quinto de la primera temporada de The Newsroom. Eso es hacer cine, eso es hacer televisión. Ese es el camino para cambiar las cosas desde el pequeño espacio que permite el arte dramático.

No es un problema de moral, o de buenos deseos, o de mala conciencia. Es un problema de supervivencia.

Pd: Para puristas, el precioso main title de la serie es de Thomas Newman. En la cabecera podemos ver los rostros de legendarios presentadores de noticias televisivas norteamericanos: Walter Kronkite o Edward R. Murrow. En España no tuvimos presentadores así, sobre todo porque en aquellos años las noticias estaban férreamente controladas por Ministros de Información, como Manuel Fraga, al servicio de un dictador. Bueno, al otro lado del Atlántico tenían sus propios problemas (desde la Caza de Brujas a la obsesión de la Guerra Fría), no eran santos, pero los nuestros, vistos con perspectiva, resultan desoladores.

Ppd: The Newsroom es el papel de su vida para Jeff Daniels, como lo fuera 30 Rock para Alec Baldwin. Nunca estarán mejor, ni más brillantes ni más divertidos. Daniels hace de un presentador de noticias republicano que odia al Tea Party y que piensa por sí mismo, lo que le convierte en un peligro para muchos amantes del estado de cosas. Los hombres libres son los que hacen el mundo mejor.

La captura de pantalla de un plano del  Episodio Quinto de la Primera Temporada de The Newsroom, titulado Amen, la incluyo en ejercicio del derecho de cita.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Sueños de Metal (20) – Robot – Androide




Del griego andros, hombre y oide, simulacro, los androides son robots que simulan ser personas, o cuyo aspecto es muy cercano al de una persona, si no idéntico. En uno de los archifamosos Cuentos de Hoffman, The Sand-Man (1817), un enfermo de tisis se decide a construir una muñeca autómata que le haga compañía, al verse abandonado por su pareja. La criatura, llamada Olympia, acabará asesinando a su creador. Una ópera de Offenbach adapta esta historia al bel canto. A finales del Siglo XIX, Auguste Villiers de L'isle-Adam escribe L'Eve Future (1886), donde se repite la historia del cuento de Hoffman; un hombre despechado construye un sosias autómata de su antigua pareja. El nombre de la criatura será Hadaly; objeto de un homenaje en la canción de Radio Futura del mismo título, perteneciente al disco La Ley del Desierto / La Ley del Mar (1984).

Una de las muchas veriones inconfesas de L'Eve Future es Mannequin (Maniquí, Michael Gottlieb, 1987), progagonizada por Andrew McCarthy, quien construye una maniquí perfecta que cobra vida, poseída por una mujer que vivió en el antiguo Egipto en el año 2.514 antes de cristo, y que se llama... ¡Emmy! Los dos se dedicarán intensamente a mejorar en todo lo posible el escaparate de la tienda en la que Emmy está colocada, para convertirlo en el más vistoso de la ciudad, lo que causará la furia de las tiendas competidoras de los alrededores. Como lo leen; y casi 400.000 españoles fueron a verla en su estreno. La película tuvo una secuela: Mannequin 2: On the Move (Mannequin 2: On the Move, Stewart Raffill, 1991). En la misma línea está How to make a Doll (How to make a Doll, Herschell Gordon Lewis, 1968), en la que el padre del género gore cuenta una historia de científico solitario que se fabrica compañeras robot con las que pasar el rato, y Rose, el primer episodio del legendario retorno de Doctor Who en 2004. Y no olvidemos la multitud de canciones sobre maniquíes que cobran vida, como la clásica -y siniestrísima- Showroom Dummies, de los alemanes Kraftwerk.

The Perfect Woman (The Perfect Woman, Bernard Knowles, 1949), es una película inglesa dirigida por el director de fotografía de The 39 Steps (39 Escalones, Alfred Hitchcock, 1935), que cuenta la historia de Roger Cavendish (Nigel Patrick) que, pasando por dificultades económicas, acepta el trabajo de acompañante de la perfecta y bella Olga (Pamela Devis), quien resulta ser un robot diseñado por el Profesor Ernest Belman (Miles Malleson). El resultado es una delirante comedia, en la que las situaciones se van complicando progresivamente, hasta el completo desastre. Recuperarla puede ser toda una gozada. ¿Comedias con robots en los años 40? ¿Quién dijo miedo?

Los androides son esclavos y se rebelan en Creation ofe the Humanoids (Creation of the Humanoids, Wesley Barry, 1962), una película que nos lleva a un futuro postapocalíptico, tras una supuesta III Guerra Mundial -en los primeros 60, toda una novedad-, en el que los humanos supervivientes han creado una raza de cyborgs que les asistan en la reconstrucción de la civilización; éstos, de una colorida piel verdeazulada -parecidos a los míticos Morlocks de The Time Machine (La Máquina del Tiempo, George Pal, 1962)-. Pero se vuelven contra sus amos, y se inicia una guerra que enfrentará a los escasos humanos con los androides, que tienen apoyo de algunas personas, como la hermana de un activista anti-androide, que termina casándose con uno de los revoltosos. Las criaturas artificiales, que resultan más brillantes que sus fabricantes, son además secretamente perfeccionadas por un científico en un laboratorio secreto, que quiere hacerlos aún más perfectos. En el film se pueden observar algunos reciclajes de películas anteriores. Los prototipos iniciales de robots que salen al principio de la película son los mismos utilizados en Earth Vs. the Flying Saucers, y los uniformes grises pertenecen al vestuario de la interesante This Island Eath (This Island Eath, Joseph M. Newman, Jack Arnold -u-, 1954). Creation of the Humanoids precede en varias décadas un argumento cuanto menos similar al de Blade Runner -y también, en cierta medida, a la saga de películas de Planet of the Apes-, y su historia no deja de ser sorprendente para la época, no sólo por lo poco visto en el género, sino por ser, además, toda una parábola sobre la lucha de clases; ¿Heredarán los androides y robots, finalmente, la Tierra? Toda una cuestión para el cine de ciencia-ficción norteamericano de los primeros años 60.

Mientras en Kiss me, Quick! (Kiss me, Quick!, Max Gardens, Peter Perry, 1964), un nudie de aquellos años, un doctor loco -por supuesto- pasa el rato fabricando chicas androides para un extraterrestre venido de un planeta en el que no hay mujeres -la película, también conocida como Dr. Breedlove, contiene varias citas humorísticas al Dr. Strangelove de Stanley Kubrick-. Vincent Price es otro científico demente consagrado a crear mujeres robóticas en paños menores -vistosos bikinis dorados- destinadas a ser casadas con millonarios para matarlos y poder robarles sus herencias, en la divertida producción de Samuel Z. Arkoff Dr. Goldfoot and the Bikini Machine (El Dr. G. y su Máquina de Bikinis, Norman Taurog, 1965), que conocería una secuela realizada en Italia en Spie Vengolo dal Semifreddo (Dr. Goldfoot and the Girl Bombs, Mario Bava, 1966), en la que las chicas robot se lanzan a la conquista de altos oficiales de la OTAN, de nuevo comandadas por el incansable Price; ésta vez las nenas robóticas llevan una bomba en el ombligo, que explota cuando son besadas.

Gene Roddenberry, padre de la saga Star Trek, preparó muchos episodios pilotos televisivos que no llevaron a series por no contar con el interés o aprobación de los estudios, tales como Spectre, Genesis II, o Planeth Earth. En The Questor Tapes (The Questor Tapes, Richard A. Colla, 1974), piloto para la NBC realizado después de la cancelación de la primera serie de Star Trek, Roddenberry contaba la historia del androide Questor (Robert Foxworth, quien alcanzaría la fama diez años después en la serie Falcon Crest), creación del Dr. Vaslovik (Lew Ayres), que está a medio programar cuando el doctor desaparece. Questor parte en busca de su creador, con la intención de recuperar las cintas que contienen el resto de la programación que formará su personalidad definitiva. Como ser incompleto, mitad humano y mitad androide, a quien podríamos decir que falta la mitad de su alma, con un pasado enigmático y un creador aún más misterioso, Questor es claramente un antecedente del antroide Data de Star Trek: The Next Generation (y no menor del de la serie Kyle XY). El creador de Star Trek solía rodearse de colaboradores conocidos en sus producciones, por lo que no es extraño ver en The Questor Tapes a su esposa, Majel Barrett, quien doblaba a su vez la voz del ordenador del Enterprise en todas las series de la saga o al actor Walter Koenig, que interpretaba a Pavel Chekov en la serie original de Star Trek.

La saga formada por los dos largometrajes y el cortometraje IMAX de Terminator -Terminator (Terminator, James Cameron, 1984), Terminator 2: judgment day (Terminator 2: el juicio final, James Cameron, 1991), T2 3D: Battle Across Time / Terminator 2: 3D (Terminator 2: 3D, John Bruno, James Cameron, Stan Winston, 1996) (no incluyo las siguientes, no)- plantea un mundo futuro devastado por una guerra de máquinas contra hombres. Las máquinas, los llamados Terminators, quieren destruir a la humanidad, sus creadores, para tomar control del planeta. Como es usual, no se explican las causas de tal conducta, por lo que imaginamos que los robots en cuestión han heredado las ansias conquistadoras propias del hombre. En ese mundo futuro, la resistencia humana contra Skynet, la red de ordenadores que controla a los malvados robots, está dirigida por John Connor. Skynet consigue dominar el viaje a través del tiempo, enviando al pasado a un robot Terminator modelo T-100 (Arnold Schwarzenegger) a matar a la madre del líder rebede, Sarah Connor (Linda Hamilton) antes de que pueda concebirle. Esta es la trama de Terminator, la primera película de la serie, resuelta con impecable pulso por Cameron. Un producto muy recomendable. En T2, la secuela de la película, la coprotagonista de la película anterior, realizada con un presupuesto mucho mayor, Sarah Connor, ha quedado embarazada del soldado rebelde, dando a luz al futuro líder de la resistencia humana, quien se ha convertido con el paso de los años en un rebelde adolescente, experto en el manejo de ordenadores, por lo que los robots envían al pasado un avanzado Terminator de metal líquido modelo T-1000 para que elimine al niño. Los rebeldes, por su parte, envían a un Terminator T-100 robado a los robots y reprogramado (Arnold Schwarzenegger de nuevo), para que proteja al joven. Es una locura, pero T2 fue también un éxito, sobre todo por la adrenalínica realización de Cameron y unos poderosos efectos visuales. Como anécdota, el Terminator malvado de la secuela para cines IMAX, T2 3D: Battle Across Time, era una gigantesca araña de metal líquido llamada T-1M (T - One Million).

El uso de los androides en estas tramas no pasan de convertirlos en villamos o héroes (alternativamente, en función de la primera o segunda películas). Podrían ser personas en vez de robots, siendo intercambiables, excepto por lo indestructibles que demuestran ser los Terminators. Se añade la ambigüedad de que el despiadado robot asesino de la primera parte, reprogramado, se comporte como un héroe en la segunda. Así, los Terminators demuestran ser objetos inocentes, estribando en su programación su moral. El software asigna bondad o maldad al hardware. No es un concepto nada nuevo, pero resulta cuanto menos chocante que los despiadados robots aniquiladores de la primera película pasen a ser hermanitas de la caridad en la segunda. Lo que no todos saben es que la idea de Cameron no es en absoluto original. El concepto de un futuro dominado por robots asesinos del que vienen al tiempo presente personas con el fin de eliminar ese futuro alternativo está tomado directamente -aunque nunca haya sido confesado por el director de Titanic- de la saga Days of future past (Días de futuro pasado), y las diversas sagas de los Sentinels de la serie Marvel X Men (La Patrulla X), escrita por Chris Claremont y dibujada por John Byrne, y publicada a principios de los 80. En esta saga, el futuro está dominado por unos robots gigantes exterminadores, los Sentinels (Centinelas), y un grupo de mutantes renegados viajan al pasado (nuestro presente) para cambiar el futuro. Los Centinelas son fabricados por un enorme robot, denominado Mastermold (Molde Maestro); una máquina de Von Neumann. Como nota curiosa, añadir que en la primera película de la serie, si nos fijamos bien en los planos que muestran la visión del robot Terminator, que muestran cómo ve el ser artificial lo que le rodea, veremos cómo los textos que aparecen en scroll en un lado de la pantalla, que quieren semejar un programa en ejecución, están escritos en ensamblador del microprocesador 8080. Una tecnología algo anticuada para una máquina que viene del futuro más remoto.

The Android Affair (The Android Affair, Richard Kletter, 1995) es un telefilme que resulta una de esas raras adaptaciones de una obra de Isaac Asimov al cine; la doctora Karen Garrett es asignada para que trate a Teach, un robot prodigioso que no ha sido "borrado", esto es, cuya memoria no ha sido eliminada en ningún momento de su existencia. Teach, por tanto, tiene años de recuerdos, conocimientos y emociones almacenados en su cerebro positrónico (así lo llamaba Asimov) y de ello resulta una persona fascinante, aturdida y fascinada a la vez por el mundo en el que vive, y al mismo tiempo deseosa de vivir plenamente su humanidad, o cuanto menos la simulación de humanidad que su circuitería genera. Garrett tomará la decisión de llevar consigo a Teach al mundo exterior, mostrarle todo lo de fascinante y misterioso que se encierra en el comportamiento humano en sociedad. La película no está del todo mal, aunque termina en una relación amorosa entre maestra y alumno, lo que a priori no es un concepto desdeñable; un robot futuro podría vivir una apasionada relación con su maestro o maestra en algún momento del futuro. Lo que lastra a este telefilme tan interesante sobre el papel es precisamente lo convencional de su desarrollo final, traicionando lo precisamente poco convencional de la trama argumental inicial.

Otra joya olvidada es The Stepford Wives (The Stepford Wives, Bryan Forbes, 1975) (ni nombro su remake ¿Vale?). Con guión de William Goldman -el afamado novelista, autor de The Lord of the Flies (El Señor de las Moscas)- sobre una novela de Ira Levin, y protagonizada por Katharine Ross y Paula Prentiss, la película cuenta la historia del pueblo de Stepford, Connecticut, a donde se trasladan Joanna (Ross) y su esposo Walter. En el lugar, las mujeres son silenciosas, educadas, trabajadoras, dedicadas a las labores del hogar, sin quejas, sin estridencia alguna. Son perfectas. Walter, cada vez más reacio a compartir sus ideas con su mujer, se introduce en el misterioso Men's Club (Club de Hombres) de Stepford, y se distancia progresivamente de Joanna. El Men's Club está situado en una casa del pueblo bien vigilada sólo por hombres. Las mujeres perfectas del lugar se muestran estúpidas, sin ideas propias, como atontadas, ante las indagaciones de Joanna; cada vez que ella intenta discutir con ellas algún asunto de importancia sobre sus vidas o sobre su condición semiesclava en el pueblo, las mujeres cambian inevitablemente de tema, charlando sobre ropas y recetas de concina. Para Bobby, amigo de Joanna, algo en el agua del pueblo está entonteciendo a las mujeres que viven en él. Pronto, Joanna descubrirá la terrible verdad: que las mujeres de Stepford han sido sustituidas por robots. Y comprenderá que ella será la próxima. Cuando Joanna decide abandonar el lugar, sus hijos serán secuestrados por los hombres de Stepford. El salir en su busca podría significar su muerte, para ser sustituida por otro robot. Goldman adapta la novela de Levin con una ironía y una crueldad que, a pesar de los 27 años transcurridos desde el estreno de la película, ha pasado bien por la prueba del tiempo. Las mujeres se comportan como deben, siempre desde el punto de vista machista del hombre, como robots, y precisamente eso son: máquinas que no se quejan, que no piensan por sí mismas, que no discuten. El horror que reside en Stepford está oculto en el subconsciente de cada hombre, y por ello precisamente resulta tan turbador. The Stepford Wives conoció varias secuelas, realizadas para la televisión, con títulos de lo más pintorescos, a la par que reveladores sobre sus argumentos: Revenge of the Stepford Wives (Revenge of the Stepford Wives, Robert Fuest, 1980) -con Don Johnson-, The Stepford Husbands (The Stepford Husbands, Fred Walton, 1996) y The Stepford Children (The Stepford Children, Alan J. Levi, 1997). También podemos encontrar una mujer androide en Cherry 2000 (Cherry 2000, Steve De Jarnatt, 1987), protagonizada por Melanie Griffith, donde la Cherry 2000 del título es el androide de compañía de Sam Treadwell, una especie de mezcla entre esposa perfecta y no menos perfecta compañera de juegos sexuales, que se avería durante una sesión de sexo excesivamente húmeda, lo que obliga a su dueño a salir a la búsqueda de recambios para su androide, inencontrables en tiendas por estar obsoleto, lo que le llevará a la peligrosa Zona-7, un mundo de aspecto postnuclear tipo Mad Max.

En Alien (Alien, el Octavo Pasajero, Ridley Scott, 1979) se hace un interesante uso de la informática. La nave Nostromo, que ve desviado su curso al recibirse una señal de socorro de un planeta fuera de su ruta, del cual surgirá la plaga extraterrestre que diezmará la tripulación y constituirá una de las más rentables franquicias del fantástico reciente, es dirigida por Madre, un ordenador de voz femenina con el que la tripulación se comunica a través de una única sala, con aspecto de hermita, repleta de luces parpadeantes, una especie de oráculo místico. Madre es la última responsable del cambio de curso de la Nostromo y, finalmente, de la entrada en la misma de la forma de vida exógena que exterminará a los viajeros. Es Madre una criatura de cualidades demiúrgicas, fascinante y extraña, que no vuelve a aparecer en el resto de la serie. Por su forma de expresarse, es hija de HAL 9000, una máquina sentiente, dotada de inteligencia, voluntad y capacidad de decisión. Un interlocutor válido para cualquier ser humano en la nave. Otro personaje de sumo interés es Ash (Ian Holm), que resulta ser un robot camuflado, un androide basado en simuladores orgánicos, enviado con la Nostromo para que la misión de visita al planeta del Alien se verifique. Ash demuestra ser un enviado obediente del poder, que se limita a cumplir ciegamente la misión que le ha sido asignada, y que demuestra un desprecio considerable hacia los humanos, lo que le hace paradójicamente tan humano como el brazo ejecutor de cualquier sátrapa. En la saga Alien, los robots son indistinguibles de las personas, y en cada uno de los episodios de la misma un actor interpreta al robot. Las escenas más chocantes de Alien son aquellas en las que el robot decapitado es devuelto a la vida para ser interrogado por los supervivientes de la tripulación, revelando el inconfesable plan de la misión suicida a la que han sido abocados, en unos momentos realmente perturbadores, por los que el casi cuarto de siglo transcurrido del estreno de la primera película apenas ha pasado. Los robots en las demás secuelas fueron Bishop (interpretado por el inquietante Lance Henriksen) en Aliens (Aliens: El Regreso, James Cameron, 1986) y Alien3 (Alien3, David Fincher, 1992) -en honor a la verdad, al morir Bishop en la anterior, aquí Henriksen interpretaba a una réplica del androide, Bishop II-, y Annalee Call (Winona Ryder, que no es consciente inicialmente de su condición robótica) en Alien: Resurrection (Alien: Resurrección, Jean-Pierre Jeunet, 1997). Todos los films de la saga (y ulteriores) fueron producidos por el director y productor Walter Hill, a través de su compañía Brandywine, y contaron con diseño de producción de Ron Cobb, Dan O'Bannon, Jean Giraud "Moebius" y Chris Foss, entre otros. Y  Hans Rudi Giger, claro, padre del perturbador diseño de la criatura alienígena.

Hill fue -inicialmente- el responsable en la dirección de la interesante, pero fallida, Supernova (Supernova, Thomas Lee, 2000). La película, protagonizada por Angela Bassett y James Spader, y con guión de James Campbell Wilson, y con unos interesantes efectos visuales a cargo de Digital Domain cuenta la historia de la localización por parte de la tripulación de la nave médica Nightingale de un misterioso objeto de origen extraterrestre en una lejana explotación minera situada en un sistema solar dominado por una estrella gigante azul. La nave lleva a bordo un ordenador parlante, llamado Sweetie, que se encarga de todas las labores complejas de mantenimiento, guiado, e inclusive de realizar terapias a los viajeros; Sweetie, un sosias del ordenador Madre de Alien, es un personaje en la sombra que se muestra incapaz de ayudar a sus compañeros humanos a la hora de la verdad, convirtiéndose en un convidado de piedra. Al ordenador se añade un robot que funciona como asistente de la tripulación en las tareas más pesadas. 

El objeto, localizado en una mina, muestra unas extrañas características que hacen sospechar de su carácter inteligente, y causa cambios físicos y mentales en quienes lo tocan. Lo podríamos catalogar, junto con el monolito de 2001, a Space Odyssey, como un objeto tecnológico de cualidades casi divinas -el último paso en la ficción tecnológica parece ser la tecnología alienígena-, y resulta ser la sombra tridimensional de una estructura cuatridimensional que persigue la extensión de una especie alienígena por el universo a expensas de las especies inteligentes que la localizan, haciendo estallar los sistemas estelares a los que llega. 

El proyecto de Supernova había conocido los azares más caóticos de la producción de cine desde su nacimiento, siendo en origen un tratamiento titulado Dead Star, realizado por Bill Malone, con correcciones posteriores a cargo del coproductor Daniel Chuba. Tras tres años de trabajos, los productores dieron el proyecto por imposible, cuando abruptamente United Artists decidió ponerlo en marcha a toda prisa, contando además con que se aproximaba una huelga de directores en Estados Unidos, lo que aceleraba las prisas aún más. En principio se pensó como director en Geoffrey Wright, un australiano que había realizado en su país Romper Stromper (Romper Stromper, Geoffrey Wright, 1992). Wright tenía una visión demasiado extrema y excéntrica del proyecto, y asustó a UA, lo que hizo que fuera despedido fulminantemente. Se inició de nuevo la búsqueda de director, cada vez con más prisa; finalmente Walter Hill aceptó la labor. Pero para entender por qué Supernova aparece finalmente con Thomas Lee como director, y sobre todo para saber quién es, hemos de hacer algo de historia.

Y eso será cosa del siguiente capítulo.

El poster de "Maniquí" se usa bajo derecho de cita.

viernes, 14 de noviembre de 2014

De vuelta a Helsinki


Hoy en Helsinki hay otra proyección de mis películas. En esta ocasión programan "No-Do", conocida por aquellos lares como "Pahuuden Ihmeet" (algo así como "Milagros malos"). Así que ya sabéis si estáis por allá... tomaos un café y a pasar miedito con la peli. De nuevo, gracias a Eduardo Serradilla y a la gente de Arkadia por organizarlo todo.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Todo lo que es susceptible de empeorar...


He escrito varios artículos alrededor de mi pelea por que TVE respete la integridad de las obras cinematográficas que emite (si tenéis la paciencia suficiente veréis un par de entradas sobre este asunto en este Blog; la más extensa en uno de los Epistolarios). Resumiendo: tras un diálogo de besugos con la llamada "Defensora del Espectador", decidí tomar cartas en el asunto, pedí a la Comisión Parlamentaria de Control de RTVE una aclaración y posteriormente al Defensor del Pueblo. Tengo sus respuestas. La primera fue una interesante serie de preguntas parlamentarias dirigidas al recientemente dimitido Director General del Ente, quien las respondía con unas tonterías mezcladas con falacias que merecen un ulterior análisis. El Defensor del Pueblo, dándome la razón, se inhibía, recomendándome el paso a la denuncia, cosa que ahora sí podía hacer con todas estas pruebas de cargo en mi mano.


Así que procedí a denunciar este dislate a la Dirección de Telecomunicaciones y del Sector Audiovisual de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), que es "la autoridad al cargo" del asunto en estos momentos.

Mientras tanto la cosa empeoraba: No satisfecha con invadir con autopromos animados de cuando en cuando casi un tercio del fotograma de una película (observad en la imagen de arriba cómo  tapa impunemente los subtítulos de un documental), ahora TVE añadía una espantosa mosca (área superior derecha) que informaba redundantemente de lo mismo que muestra en los autopromos animados, eso sí, durante TODO EL METRAJE DE LA PELÍCULA QUE EMITE.

Lo dicho. Todo lo que es susceptible de empeorar, empeorará.

Finalmente, la CNMC ha juzgado que no procede la denuncia, archivándola. Fin de la aventura. Sólo quedarían ahora los tribunales. Así vamos. Una televisión pública destroza lo que emite grosera y salvajemente, pero no pasa nada. Esto es España. Donde todo vale.

Las imágenes las capturé en el Mac Mini a través del que veo la televisión en Madrid, con el programa EyeTV. Las uso acogiéndome al derecho de cita.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Sueños de Metal (19) – Robot – Cyborg




Entre los hombres y los robots están los cyborgs; centauros de carne y mecanismos artificiales, los cyborgs son personas cuyos miembros han sido sustituidos, parcial o totalmente, por otros propios de un robot, o que tienen sus facultades potenciadas por algun dispositivo artificial. Desde Robocop al Hombre de seis Millones de Dólares, un buen puñado de criaturas de la ficción cinematográfica han encarnado a estas criaturas híbridas.

The Colossus of New York (The Colossus of New York, Eugene Lourie, 1958), adaptación de una novela de Willis Goldbeck adaptada por Thelma Schnee, cuenta la historia de un despesperado científico que, al perder a su hijo en un accidente, decide trasplantar el cerebro del pequeño al cuerpo de un enorme robot de acero que ha construido, creando un ser prácticamente indestructible. El cerebro se rebela, hipnotizando al padre y causando un sinfín de desmanes, aunque finalmente recupera la cordura, pidiendo a su propio hermano que lo destruya en una espectacular secuencia que tiene lugar en el edificio de las Naciones Unidas de Nueva York. El robot cyborg aquí realiza una labor argumental ambigua, la de héroe y villano. Salva inicialmente la vida del hijo aparentemente perdido, pero esa labor contra natura es castigada, como en el Frankenstein romántico, con la locura. Finalmente, el mecanismo fuera de control debe ser destruido, y por tanto es aceptado que el metal y la materia mecánica y robótica corrompen la pureza del alma humana. El discurso, claramente reaccionario, de profunda desconfianza ludita a una ciencia que estaba cambiando la faz de la tierra, es perfectamente asumible en los tiempos de la guerra fría, en los que la tecnología es vista como un elemento que trae consigo la destrucción, pero contrasta con la filosofía del New Deal, que confía en una bondadosa tecnología futura que libre al hombre de las engorrosas tareas cotidianas.

En contraste, podemos observar en esos años documentales comerciales, como Design for Dreaming (General Motors, 1956), que muestran los hogares del futuro repletos de alta tecnología, o encontrar revistas muy exitosas en la época, como Popular Science o Popular Mechanics, repletas de visiones coloristas y utópicas de mundos futuros; incluso la Feria Mundial de Nueva York, que tuvo lugar en aquellos años, mostraba a sus visitantes robots realizando tareas domésticas. Así que este Coloso de Nueva York, un cyborg primitivo, al llevar en su interior un cerebro humano, ofrece la visión de profunda desconfianza que cierta forma de tecnología, la que "se adentra en los territorios reservados a Dios" produce en los espectadores. Sí a la tecnología-electrodoméstico. No a jugar con la vida y el acero.

Who? (La Máscara de Acero, Jack Gold, 1974), también conocida como Robo Man o The Man with the Steel Mask, y protagonizada por Elliot Gould y Trevor Howard, presenta la historia de un científico que desaparece misteriosamente tras un accidente de tráfico que sufre tras el Telón de Acero, y de un agente del FBI (Gould) que debe encontrarle. Finalmente, averiguará que el científico ha sido convertido en un cyborg por los rusos, que han sustituido partes de su cuerpo por miembros electrónicos, con el fin de salvaguardar su vida a pesar de las terribles lesiones sufridas. Al regresar a los Estados Unidos, el agente interpretado por Gould deberá averiguar si el científico se ha convertido en un espía para los soviéticos. Realizado en unas décadas en las que la guerra fría daba sus últimos coletazos, la película tiene un argumento digno del cine de SF de los 50, y los excelentes intérpretes protagonistas salvan la ficción. Una película digna de ser recuperada, siquiera como curiosidad. Adapta la novela del mismo título de Algis Budrys. 266.000 espectadores vieron la película en la España de 1975.

En aquellos años dos populares series, The Six Million Dollar Man (El Hombre de Seis Millones de Dólares, Edward M. Abroms, Reza Badiyi, Earl Bellamy, Bruce Bilson, Cliff Bole, Phil Bondelli, Tom Connors, Barry Crane, Alan Crosland, Herschel Daugherty, Lawrence Dobkin, Lawrence Doheny, Richard Donner, Rod Holcomb, Richard Irving, Jerry Jameson, Alf Kjellin, Arnold Laven, Alan J. Levi, Jerry London, John Meredyth Lucas, Lee Majors, Leslie H. Martinson, Russ Mayberry, Gerald Mayer, Don McDougall, Dick Moder, Christian I. Nyby II, Ernest Pintoff, Wilton Schiller, Lionel E. Siegel, Paul Stanley, Jeannot Szwarc, Virgil W. Vogel, Herb Wallerstein, 1974-1978) y The Bionic Woman (La Mujer Biónica, Gwen Arner, Jack Arnold, Tom Blank, Phil Bondelli, Tom Connors, Barry Crane, Alan Crosland, Mel Damski, Ivan Dixon, Kenneth Gilbert, Kenneth Johnson, Alan J. Levi, Jerry London, Leslie H. Martinson, Don McDougall, Leo Penn, Ernest Pintoff, Michael Preece, Larry Stewart, Joe Viola, 1976-1978) popularizaron el concepto del cyborg, esto es, de seres humanos con injertos cibernéticos y miembros artificiales. En estos casos, dotaban de superpoderes a sus propietarios, que los utilizaban para salvaguardar la ley. La primera serie hizo famoso al actor Lee Majors (en el papel de Steve Austin, el Hombre de Seis Millones de Dólares, un astronauta que quedaba gravemente herido en un vuelo de pruebas, siendo sustituidas sus piernas, el brazo derecho y un ojo por miembros biónicos, pasando entonces a trabajar para Oscar Goldman, director del Office of Scientific Information), y la segunda, nacida como un spin-off de The Six Million Dollar Man, a Lindsay Wagner (que interpretaba a Jamie Sommers, La Mujer Biónica, quien tras un accidente -¡de esquí acuático!- recibe piernas, brazos y un oído biónicos). 

Para complicar un poco las cosas, en The Bionic Woman también había un perro biónico -en cierto sentido estas series recuerdan un poco a las ingenuotas historietas se Superman de la DC Comics de los 50, con toda la saga familiar de Superman, Supergirl, Superboy y Superdog-, y un Chico Biónico, en el piloto The Bionic Boy (The Bionic Boy, Phil bondelli, 1976). Las series tuvieron un éxito enorme en Estados Unidos, y se vieron en España, tanto a través de Televisión Española, como a través de algún canal autonómico. Algunos episodios de The Six Million Dollar Man tenían como estrella invitada a La Mujer Biónica, y ambos cyborgs resolvían casos juntos. La serie fue revivida, tras su cancelación, en numerosas TV movies, de las que las más destacadas fueron Return of the Six Million Dollar Man and the Bionic Woman (Return of the Six Million Dollar Man and the Bionic Woman, Ray Austin, 1987), Bionic Showdown: The Six Million Dollar Man and the Bionic Woman (Bionic Showdown: The Six Million Dollar Man and the Bionic Woman, Alan J. Levi, 1989) y finalmente en Bionic Ever After (Bionic Ever After, Stephen Stafford, 1994), donde los dos seres biónicos... ¡se casan!

En The Terminal Man (The terminal man, Mike Hodges, 1974), el director de Flash Gordon (Flash Gordon, Mike Hodges, 1980) adapta una -otra- novela de Michael Crichton. Harry Benson (George Segal) es un científico que implanta un microordenador en su cerebro para controlar los violentos ataques que le invaden periódicamente desde que sufriera un accidente. El chip soluciona el problema, a cambio de que Benson se vuelva un psicópata asesino durante unos minutos al día. Crichton, no en vano médico, usa de la terminología especializada y de técnicas quirúrgicas para hacer más creible el que un hombre de los años setenta pueda llevar en su cerebro un injerto electrónico. La película es desarmantemente fría y previsible, y este cyborg con un implante cerebral no es más que otro ejemplo de los paranoicos setentas, en los que todo lo relacionado con la tecnología sonaba a antiutopía, dominación mundial o peligro frankensteiniano, como precisamente es el caso. 

Y hablando, aunque sea de paso de Flash Gordon, la parodia pornoerótica Flesh Gordon (Flesh Gordon, Michael Benveniste, Howard Ziehm, 1972), que cuenta con unos logrados efectos especiales, muestra la odisea de Flesh Gordon y Dale Ardor en el planeta Porno. Allí, entre otras amenazas, la desdichada Dale deberá enfrentarse a unos robots dotados de falos gigantescos, y con más que dudosas intenciones. Flesh Gordon, con casi 900.000 espectadores en su estreno español en 1977, donde obtuvo la entonces famosa clasificacion "S", tuvo una secuela no estrenada por estos lares, y de la que no tengo referencias: Flesh Gordon Meets the Cosmic Cheerleaders (Flesh Gordon Meets the Cosmic Cheerleaders, Howard Ziehm, 1989).

Robocop (Robocop, Paul Verhoeven, 1987), era una película de una crueldad extraordinaria. En un futuro en el que la policía está privatizada, el agente de policía Murphy (Peter Weller) es masacrado por un grupo de delincuentes especialmente crueles; su cuerpo queda en tal estado, que se decide que está suficientemente muerto como para ser devuelto a la vida injertando su maltrecho cuerpo en el interior de un robot experimental: Robocop. Murphy será dado por muerto por su familia, y vivirá una odisea terrible para recuperar su identidad, atrapado para siempre en el cuerpo metálico del nuevo Defensor de la Ley. Verhoeven, famoso por su sardónico sentido del humor -no en vano es autor de obras tan salvajes como Showgirls, Total Recall o Starship Troopers-, construye una fábula irónica -pero no demasiado lejana de la realidad actual de nuestras sociedades de déficit cero- sobre un cyborg diseñado para ahorrar seres humanos en el campo de batalla de las modernas ciudades es objeto de la brutalidad del sistema y de los delincuentes -al final ambos lados parecen igual de malos en la película- y encima tendrá que vencer a ED-209, un robot completamente enloquecido, diseñado para salvaguardar el orden, pero que parece más interesado en masacrar cuantos más seres humanos mejor. Independientemente del uso de cyborgs en la película, y de varios hallazgos visuales y argumentales, la película, tributaria de los comicbooks de los años ochenta, especialmente de obras como el Batman: The Dark Knight Returns de Frank Miller, cuenta con momentos de un humor salvaje, y reflexiona sobre si la deshumanización de nuestras sociedades modernas no está acabando con cualquier principio moral, solidario o de convivencia en el que apoyarse. La película tuvo una simpática secuela, Robocop 2 (Robocop 2, Irwin Kershner, 1990), en la que el protagonista de la trama se enfrentará a un nuevo prototipo fuera de control, el Robocop 2 del título, esta vez poseído por un demente criminal llamado Cain y otra menos afortunada, Robocop 3 (Robocop 3, Fred Dekker, 1993), ambas por cierto con guión -precisamente- de Frank Miller. A ellas siguieron dos series de televisión en imagen real -Robocop (Robocop, Mario Azzopardi, Timothy Bond, J. Miles Dale, Allan Eastman, William Gereghty, Alan J. Levi, Paul Lynch, T. J. Scott, Paul Shapiro, Kari Skogland, Michael Vejar, 1994-1995) y la miniserie Robocop: Prime Directives (Robocop: Prime Directives, Julian Grant, 2000)- amén de otras en animación, dirigidas al público infantil -Robocop (Robocop, VVAA, 1988), Robocop: The Animated Series (Robocop: La Serie de Animación, VVAA, 1994), Robocop: Alpha Commando (Robocop: Comando Alfa, VVAA, 1998)-, y un remake reciente nacido de la política de los Estudios de Hollywood de rehacer cualquier gran franquicia que siga en su poder. También originó la inevitable serie de subproductos que se limitaban a copiar la idea del original, de entre los que uno de los más divertidos -por torpe e impresentable- es R.O.T.O.R. (R.O.T.O.R., Cullen Blaine, 1989). Por cierto, R.O.T.O.R. son las siglas de Robot Officer Tactical Operation Research. Toma ya. Otra película directamente heredera de Robocop es la nipona-norteamericana Robo Vampire (Robo Vampire, John T. Carter, 1993), en la que Tom Wilde, un policía es asesinado por vampiros japoneses traficantes de droga, y su cuerpo es reciclado para construir un robot que luche contra esos peligrosos vampiros yakuza, debiendo enfrentarse con una bestia vampiro creada por el líder del culto. Como para echarse a temblar. Otra cosa-secuela en la misma línea es Robowar (Robowar, Bruno Mattei, 1988), que mezcla la idea de Robocop con la de Predator (Depredador, John McTiernan, 1987); un grupo de comandos se enfrenta a un robot asesino en mitad de la jungla. Y no podemos olvidar en la lista a J.O.E. and the Colonel / Humanoid Defender (Humanoid Defender, Ron Satlof, 1985).

Making Mr. Right (Fabricando al Hombre Perfecto, Susan Seidelman, 1987), se estrena el mismo año de Robocop, y también trata de robots; Frankie Stone (Ann Magnuson) es ejecutiva de publicidad en ChemTec Corporation, quienes la han contratado para que lance al mundo la imagen de su superandroide. Ulysses, que así se llama el trasto (John Malkovich, en su debut cinematográfico, en un doble papel), fabridado a imagen y semejanza de su diseñador, Jeff Peters. Diseñado para misiones espaciales, Ulysses es una criatura genial, pero un tanto torpe, que está descubriendo el mundo. Frankie deberá enseñar al robot los rudimentos de la conducta social y los protocolos de las relaciones interpersonales. Hasta tal punto se verán identificacos el uno con la otra, que Ulysses y Frankie se enamorarán perdidamente. En cierta medida, Making Mr. Right trae por primera vez los robots al mundo de las comedias de intrigas amorosas. La película es inteligente, fresca, un tanto deslavazada en ocasiones, pero visible. El robot es aquí mostrado como una criatura absolutamente inocente, incapaz de la menor maldad, como un niño que empieza a vivir. La tecnología es presentada de modo absolutamente positivo y perfectamente ingenuo, como cabe en un producto de estas características. 

Podría ser interesante también recuperar un largometraje ruso con robot incluido muy difícil de localizar, Yego zvali Robert (We call him Robert, Ilya Olshanger, 1967), con una trama similar a la de Making Mr. Right. Robert, el robot creado por el científico Serguei a su imagen y semejanza encuentra que el mundo es demasiado desordenado para su lógica. Tanya, una científica, enseña a Robert a comportarse de una forma más humana. Otro robot soviético es Electronic, protagonista de Priklyucheniya Elektronika (Adventures of Electronic, Konstantin Bormberg, 1980). Constuido por el excéntrico profesor Gomov, Electronic tiene el aspecto de un niño de 8 años. El pequeño quiere convertirse en una persona normal, por lo que se escapa del laboratorio de su creador, para encontrarse con Sergey, el prototipo previo. Ambos serán implacablemente perseguidos. Destinada al público infantil, fue una película muy popular en la Unión Soviética en los primeros años ochenta. Priklyucheniya Elektronika recuerda en ciertos momentos a películas como Heartbeeps o, sobre todo, A.I.

En la octava entrega de la serie Star Trek: First Contact (Star Trek: Primer Contacto, Jonathan Frakes, 1996), que es la segunda en la que la tripulación de The Next Generation toma en relevo a la de la Serie Original, y que por cierto fue dirigida por uno de los actores de la serie, Frakes, que interpreta al Comandante John Ryker, segundo de abordo de Jean Luc Piccard (Patrick Stewart), se recupera el argumento del episodio doble The Best of Both Worlds, que cerraba la primera temporada y abría la segunda de la serie televisiva, además de servir más adelante como base argumental al primer episodio de la serie Star Trek: Deep Space Nine. En First Contact, Piccard es asimilado por la raza Borg al grito de "Resistance is futile!"; los Borg son una civilización de cyborgs que anula las personalidades y se comporta como un hormiguero. Para colmo, la reina Borg (Alice Kridge) quiere hacerle su consorte en el desolado, oscuro y maquinal mundo que gobierna. En esta película, y en general todos los episodios de la serie en los que aparecen los Borgs, reaparece la imagen antigua del robot como entidad negativa y peligrosa, la máquina que devora al hombre, que le destruye para crecer. El fantasma de los Tetsuo planea sobre el género fantacientífico constantemente. Sin embargo, el proceso de asimilación genera unas criaturas torpes, aunque de aspecto muy cool, muy de los años ochenta, una especie de terminators negros, una nueva carne que destruye lo humano y nos convierte en poco más que receptáculos vivientes para máquinas. Los Borg, a pesar de su éxito en taquilla, no son creaciones precisamente originales, ni añaden más de lo ya esperado a los argumentos de Star Trek, excepto unos trajes bastante mejor diseñados que los pijamas de los tripulantes del Enterprise. Así que mejor que conservemos la imagen positiva de la tecnología, con el androide Data como protagonista, lleno de un deseo de aprender inagotable, de humana curiosidad y de sentido del humor, lo que denota un cambio para bien en el tratamiento de la tecnología en el espectáculo audiovisual.

Inenarrable es la saga iniciada por Cyborg (Cyborg, Albert Pyun, 1989), una de las peores películas que Jean-Claude Van Damme -lo que ya es decir-. En la primera entrega, la cyborg Nady Simmons lleva en su cerebro implantada, en forma de chip, la cura de una plaga que está diezmando a la Humanidad, y se verá perseguida por los villanos, que quieren robarle el secreto. Las peleas mil de la película permitirán a Van Damme lucir sus habilidades en artes marciales. Cyborg fue seguida por un desastre de estantería polvorienta de videoclub de carretera, Cyborg 2: Glass Shadow (Cyborg 2: La Sombra de Cristal, Michael Schroeder, 1993), que relata una histora descacharrante de cyborgs explosivos. Lo más divertido del visionado de esta desgracia es encontrarse a una jovencísima Angelina Jolie, mucho antes de hacerse mundialmente famosa, haciendo de cyborg entre recortes de Van Damme sacados de la primera película -por eso de justificar la secuela- junto a Elias Koteas, un excelente actor que estaba empezando a trabajar con directores de prestigio como Atom Egoyan o David Cronenberg, y Jack Palance -otra vez él- de villano. Pero como no hay dos sin tres, estos productores sin conciencia hicieron después Cyborg 3: The Recycler (Cyborg 3: The Recycler, Michael Schroeder, 1995), de la que lo único que puedo decir es que en ella salen Malcolm MacDowell -el protagonista de A Clockwork Orange (La Naranja Mecánica, Stanley Kubrick, 1971), seguramente necesitado de líquido en su cuenta bancaria- y William Katt -el inolvidable Gran Héroe Americano de aquella serie de sobremesa de verano de los primeros ochenta-. Ni para una noche tonta.

También hay otros títulos que sólo merece la pena citar, pero sin más comentario, como Class of 1999 (Curso de 1999, Mark L. Lester, 1990) y Class of 1999 II : The Substitute (Curso de 1999 II: El Sustituto, Spiro Razatos, 1994), donde unos malísimos alumnos deben de vérselas con un profesor cyborg -atentos a la frase publicitaria de la primera entrega: Es 1999. La escuela es una zona de guerra. Y lo último en armas automáticas son los profesores; queda añadir que ambas son secuelas de Class of 1984 (Curso de 1984, Mark L. Lester, 1982), en la que no salen robots, pero es igual de mala, aunque casi 700.000 espectadores opinaron lo contrario en España-; podemos seguir hacia simas insondables con Cyborg 009 gekijô ban: chô ginga densetsu (Cyborg 009: Legend of the Super Galaxy , Masayuki Akihiro, 1980), Cyborg Cop (Cyborg Cop , Sam Firstenberg, 1994), Cyborg Cop II (Cyborg Cop II , Sam Firstenberg, 1994), Cyborg Cop III (Cyborg Cop III , Yossi Wein, 1995), Cyborg: Il Guerrero D'acciaio (Cyborg: Il Guerrero D'acciaio, Giannetto De Rossi, 1989), Cyber-Tracker (Cyber-Tracker, Richard Pepin, 1994), Cyber-Tracker 2 (Cyber-Tracker 2, Richard Pepin, 1995), Nemesis (Nemesis, Albert Pyun, 1993), American Cyborg (American Cyborg, Boaz Davidson, 1994), Cybernator (Cybernator, Robert Bundle, 1991), o Retaliator, Programmed to Kill (Retaliator, Programada para matar, Allan Hollzman, 1986), donde Sandahl Bergman -a quien recordamos de Conan the Barbarian (Conan el Bárbaro, John Millius, 1982), la película que lanzó a la fama a Arnold Schwarzenegger- es una mujer cyborg a quien se obliga a asesinar en estados de trance inducidos. Retaliator, Programmed to Kill, se puede confundir fácilmente con SFX Retaliator (SFX Retaliator, John Gale, 1987), ésta a su vez protagonizada por Linda Blair y Chris Mitchum -el hijo de Robert Mitchum es todo un campeón de películas de calidad ínfima, y hacia el final de los 70 rodaba subproductos alemanes con David Hasselhoff (pre - Knight Rider) y el actor canario Pepín Fernández en el sur de Gran Canaria-.

Shadowchaser (Shadowchaser, John Eyres, 1992) es una de esas alucinantes series de películas que se prolongan hasta lo insoportable. Eso, indudablemente, es por el éxito de las anteriores, lo que hace aún más inexplicable que cierto modelo de cine se perpetúe incansablemente. Bien es cierto que la programación televisiva y cinematográfica norteamericana, principal lugar de origen de estos subproductos, era completamente distinta de la existente en Europa; en Estados Unidos las televisiones en abierto apenas emitían cine en los años noventa, sólo películas realizadas especialmente para la televisión (las Movie of the Week, llamadas también TV Movies, más conocidas en España como telefilms) y series televisivas; de ahí que el mercado videográfico gozaba de una excelente salud, tanto en venta como en alquiler. En todo caso, en Estados Unidos esta forma de hacer televisión llevaba a la realización de películas directamente para el mercado del vídeo, sin pasar por las salas de cine, ni las pantallas de televisión. Muchas productoras se habían especializado en la realización de este tipo de cine barato, sin complicaciones, y puramente de entretenimiento, por presupuestos módicos. Basten como ejemplos entre cientos la Full Moon de los Hermanos Band, la Concorde, nueva iniciativa empresarial de Roger Corman, o la mismísima Troma (o más recientemente la inefable Asylum, con sus descacharrantes producciones emitidas por Syfy). De entre la producción anual de este tipo de cine ultrabarato, que está mucho peor considerado que las TV Movies y las series televisivas, siendo casi el último escalón en cuanto a medida de calidad de los productos ofrecidos, Shadowchaser era un ejemplo típico; una banda de terroristas capitaneados por un cyborg indestructible -léase un sosias de Terminator, interpretado por Frank Zagarino en todas las entregas- intentan secuestrar a la hija del Presidente de los Estados Unidos, tomando un hospital de lujo en el que está ingresada. El éxito de la primera llevó a la realización de Project Shadowchaser II (Project Shadowchaser II, John Eyres, 1994) -una banda de terroristas capitaneados por un cyborg secuestra una planta nuclear-, Project Shadowchaser III (Project Shadowchaser III, John Eyres, 1995) -un androide secuestra la nave espacial Siberia-, Orion's Key: Project Shadowchaser IV / Alien Chaser (Orion's Key: Project Shadowchaser IV, Mark Roper, 1996) -un androide surge de un antiguo artefacto alienígena abandonado en Africa- en el tiempo récord de cuatro años. No es de extrañar que la calidad de los productos fuera ínfima; como podemos ver, los argumentos se basan en que un androide... (añádase lo que mejor parezca). A pesar de ello, la fórmula funcionaba, y había un público interesado en aquel tipo de subproductos, el equivalente audiovisual a las casetes de música pachanga de los bares de carretera españoles de aquellos años.

Un antecedente poco conocido de Terminator fue Cyborg 2087 (Cyborg 2087, Franklin Adreon, 1966), un largometraje de serie B con Michael Rennie en el papel de un cyborg que es enviado desde un futuro dominado por una dictadura para cambiar el pasado que la ha originado, eliminando a los causantes potenciales de ese porvenir apocalíptico. Pronto acudirán del futuro varios agentes a detenerle. La película es un western futurista, con gente disparándose armas de rayos en un pueblecito americano. Rennie, protagonista de The Day the Earht Stood Still, demuestra su buen humor disfrazado de androide plateado. Lo dicho, Cameron tuvo unos cuantos antecedentes argumentales a su megaéxito y posterior franquicia. Y también una buena cadena de consecuencias; infrapelículas realizadas en seguimiento de la estela del gran éxito norteamericano, de entre las que cabe destacar por ser especialmente horripilante Terminatrix (Terminatrix, Mikio Hirota, 1995).

El póster de "Who" se usa bajo derecho de cita.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Vuelve a latir


Lo primero que hizo el actual gobierno del Partido Popular al llegar al Ayuntamiento de Las Palmas fue llenar los vehículos de la concesionaria que hace servicios de limpieza para ellos -que no para la ciudad- con ese logotipo y slogan que ven en la foto: "Vuelve a latir".

Me parece profundamente equivocado y diría que inmoral gastar el dinero público, el dinero de los impuestos, y más en los tiempos que corren, en poner logotipos de colorines en los vehículos de limpieza urbana. El hecho de que se indique a modo de subtexto algo así como "Aquí estamos de nuevo. Los de antes eran unos incompetentes, pero hemos regresado a poner las cosas en su sitio, y por fin Las Palmas vuelve a latir" es todavía peor. Es redundar en el "o nosotros o el caos", y en ese guerracivilismo de baja intensidad que ensombrece desde hace dos décadas cualquier escenario político.

Hay muchas formas de corrupción. Algunas son más insidiosas que otras, pero revelan claramente la terrible forma de pensar de ciertas personas en quienes, vía votos, la ciudadanía deposita la responsabilidad de regir sus destinos. Es todo un ejemplo de incompetencia pura y dura. Gastar dinero en eslóganes con un 35% de paro tiene un nombre: prevaricación. Esto es: actuar mal a sabiendas. Tal vez no sea demostrable ante un tribunal, pero es un acto vil. Y me temo que las mentes preclaras que lo organizaron ni se dan cuenta de ello. Porque siempre ha sido así. Luego se escandalizan cuando les llaman "casta".

Estos métodos propagandisticos revelan una forma muy equivocada de entender -mejor dicho, de no comprender- el servicio público. Y ahora que se acercan las elecciones (de hecho ya estamos en una precampaña no declarada), estos malos modos vuelven con renovada fuerza, para nuestra desgracia, convirtiendo la política en una especie de producto de mercadotecnia diseñado para engañar al comprador.


Tomé la foto en la Calle Mayor de Triana en Las Palmas de Gran Canaria, el 28 de agosto de 2014.