jueves, 9 de agosto de 2012

" EL CANON DIGITAL Y LA POLÉMICA SOBRE LOS DERECHOS DE AUTOR" (Spanish)



Article. January 2011.

Don Juan Carlos Rodríguez Ibarra ha publicado recientemente un artículo titulado “Canon Digital” en el diario El País que creo merece algunas aclaraciones.

En primer lugar, Ibarra habla en su texto de la imposición del llamado “Canon Digital” a los ciudadanos. Quisiera aclarar que el Canon, además de dimanar de una norma europea, es gravado al fabricante de los dispositivos, siendo el fabricante el que repercute el coste sobre el consumidor. A lo mejor ahora la perspectiva es ligeramente diferente. Tal vez sería más conveniente reclamar a Toshiba, a Verbatim, o a Hewlett Packard que cumplan con su obligación de pagar el canon, sin trasladar el coste al usuario. Así, podríamos ver también con más perspectiva el problema y entender de una vez por todas quién es el culpable en este asunto. Si se quiere discutir la conveniencia o no del canon digital, se debería empezar por ese punto: preguntarse por qué lo repercuten los fabricantes, que son quienes deben pagarlo, al consumidor. Y por qué el consumidor no es informado de ello. Así, si un consumidor decidiera comprar sólo productos que no repercutieran el canon, tendría más libertad de elección.

Ibarra también habla en su artículo sobre páginas como iTunes o Spotify, que venden contenidos legalmente en la red, y vincula su nacimiento y existencia a la ausencia de persecución de las páginas “piratas”. Quisiera aclarar que la diferencia entre las primeras y las segundas es que iTunes, Spotify y otras como Filmin, Netflix o Filmotech detentan legítimamente los derechos de distribución de los títulos que venden, cosa que no hacen las páginas piratas, las cuales realizan labores de distribución de contenidos sin pagar por esos derechos a los legítimos propietarios de los mismos. No puede ser pernicioso para un concesionario de coches legal el perseguir a los ladrones de coches, ya que perseguir a éstos no “daña la libertad de la venta de coches”. Más al contrario, perseguir a los piratas beneficia a los vendedores legales, como Spotify.

En unos momentos de polémica y desinformación, de posiciones enconadas en un asunto tan grave como la protección de los derechos de autor (que, no lo olvidemos, forman parte de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su Artículo 27: "Toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora.") y antes de añadir ruido a la ecuación, es cuando el rigor y la información objetiva como base de la opinión devienen perentorios. El “derecho de copia” es absolutamente fundamental en cualquier sociedad, y es lo que vende, por ejemplo, una productora norteamericana, cuando cede la distribución de una película como “Thor” a un territorio como España. Es la base del derecho de autor, del derecho intelectual y del derecho industrial. Internet precisamente está convirtiendo el mundo y las industrias más punteras (y esto es lo realmente revolucionario) en gestores de derechos de propiedad intelectual e industrial; el mundo se está basando en el intercambio de esos valores intangibles en forma de torrentes de bits, software, entretenimiento, información, etc. Basar una sociedad en la anulación de esos derechos en un mundo cuyo futuro es la propiedad intelectual es llevar a un país entero al suicidio.

Según un reciente estudio del Observatorio de la piratería, en España El 95,6% de la música que circula en Internet es pirateada, el cine ronda el 84%, los videojuegos el 52,3% y los libros por el 19,7%. Creo que las cifras hablan solas.

Internet fue creada por hackers idealistas en los años 70 y se ha mantenido como una laguna legal, pero hemos visto muchas veces ya que la humanidad no parece funcionar bien con la autorregulación y las normas han aparecido también en Internet. Porque en la Red de Redes se trafica con datos, se roban números de tarjeta a millones cada día, existe el phishing, el spam, el malware, los troyanos, los sniffers, los virus, y se delinque por la Red tanto como en el mundo real. Esos delitos no deben quedar impunes.

Elio Quiroga Rodríguez es director, guionista y productor de cine. Ha dirigido los largometrajes “Fotos”, “La Hora Fría” y “No-Do”. De estos dos últimos también ha sido uno de los productores. Ha escrito “La Materia de los Sueños”, Accésit al Premio Everis de Ensayo 2004. Es ingeniero técnico en Informática de Sistemas por la ULPGC.

" DESCARGAS: VERDADES, MENTIRAS Y MALDITAS ESTADÍSTICAS" (Spanish)




 
Article. July 2010.

En semanas recientes, cuando ha surgido la polémica sobre la
posibilidad del corte a webs que alojen contenidos sin la autorización
de sus propietarios, han surgido en Internet diversas iniciativas, varios
manifiestos en pro de las libertades, y una encendida polémica en torno
al asunto. Quisiera puntualizar unos cuantos de esos conceptos que
sufro en carne propia basándome en mi experiencia personal.

España es uno de los países donde más contenidos se bajan sin
autorización de sus legítimos dueños. Esto es un hecho. En todo
occidente, bajarse películas, videojuegos, libros o canciones al ordenador,
sin el consentimiento de sus propietarios, no está bien visto.
Paradójicamente, en España sí. Un punto de partida importante sería
ir informando a la gente de que lo que hacen causa daño y perjuicios
a terceros, que no es aceptable ni bueno para nadie, ni mucho menos
inocente.

Al mismo tiempo veo surgir, en el fragor del debate, opiniones dignas
de los movimientos anarquistas de principios del Siglo XX, que abogan
por abolir la propiedad intelectual, que paradójicamente es, en mi
opinión, una de las más recientes conquistas sociales y derechos
básicos de la gente. Porque quien aboga por la destrucción de tal
propiedad olvida que los autores no son un colectivo marginal, sino
todos y cada uno de los ciudadanos de un país. Desde el momento en que
un ciudadano crea una obra, sea la que sea, ya es autor. Y la ley
protege sus derechos. Hasta tal punto que la Declaración Universal de
los Derechos Humanos los cita explícitamente en su Artículo 27: "Toda
persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y
materiales que le correspondan por razón de las producciones
científicas, literarias o artísticas de que sea autora." Estamos
hablando, por tanto de un derecho humano básico para todas las
personas.

Como autor tengo y quiero ejercer el derecho a hacer con mis obras lo
que la ley me permite, esto es, mi derecho de Copyright, el "derecho
de copia". Puedo cederlo a un productor o distribuidor, o a una
televisión o página web, o venderlo, prestarlo, alquilarlo, o ponerlo
en dominio público, en copyleft, en Creative Commons... Pero ese
derecho es mío, y de nadie más. La actual situación hace
que miles de personas que ni conozco no me permitan ejercer el derecho
a decidir; esto es, que controlen mi vida. Ellos han decidido, por mi, que
mis obras sean de dominio público. ¿Dónde queda mi derecho a decidir?
¿Dónde mi libertad personal?

Cuando en nombre del "derecho a la cultura" se pide la abolición de la
propiedad intelectual y la legalización de las descargas ilegales
–siendo ambas cosas imposibles en un Estado de Derecho-, en realidad,
se confunde el derecho a la cultura con un supuesto "derecho" al
entretenimiento gratuito (bajarse películas, libros, videojuegos y
canciones sin pagar). Volviendo a la Declaración Universal de los
Derechos Humanos, el concepto de Derecho a la Cultura aparece en dos
artículos. El 22 reza: "Toda persona, como miembro de la sociedad,
tiene derecho a (...) la satisfacción de los derechos económicos, sociales
y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su
personalidad." el 27 dice: "Toda persona tiene derecho a tomar parte
libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a
participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten".
En ninguna parte se habla de derecho alguno al "entretenimiento gratuito".

Las páginas web que distribuyen el material protegido sin
consentimiento de sus propietarios no ejercen el derecho a la "copia
privada" en el caso del cine, como se afirma repetidamente, sino que
realizan distribución (de uno a muchos, una sola copia pasa a miles de
personas), algo que está reservado a unas empresas intermediarias, las
distribuidoras de cine. Estas, las legales, pagan impuestos,
empleados, seguridad social, generan empleo y riqueza. Recorren el
mundo a través de los Festivales y los Mercados del Cine buscando 
obras que distribuir y compran a los propietarios legítimos parte de esos
derechos para poder ofrecer las películas en sus territorios. Son
detentadores legales de la propiedad intelectual y de los derechos
de explotación de la misma cedidos por terceros.

Arriesgan su dinero invirtiendo en una película determinada, y si en
su país funciona, tienen beneficios. Si no, pérdidas.
Son, en resumen, empresas privadas que luchan legalmente
por vivir. Cosa que las páginas web que ofrecen esos contenidos sin
ostentar los derechos de copyright, obviamente, no hacen: ni están
legalizadas, ni dan empleo, ni pagan impuestos, ni arriesgan nada (los
propios usuarios les entregan copias de las películas, algo a lo que
no tienen derecho, nos pongamos como nos pongamos), ni por supuesto
crean nada. Son distribuidoras a todos los efectos, que manejan
material sin autorización del fabricante original de ese material.

En la Declaración de Derechos Fundamentales de Internet, una de
las publicadas en estos días en la Red de Redes, y en
el Punto 5 del texto se dice, respecto a los propietarios del
derecho de copia de un producto: "Si su modelo de negocio se basaba en
el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin
vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo." El
problema es que las copias ilegales, como he comentado más arriba,
vulneran un derecho fundamental, el de autor ya que, insisto autores son
-somos- todos los ciudadanos. El resultado es como legalizar el saqueo.
Se abunda más en el Punto 6: "Consideramos que las industrias culturales
necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y
asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de
limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen
perseguir."

He leído por ahí muchas opiniones uniéndose a este punto, abogando por
un "cambio de modelo", calificando a la industria del cine de
"fosilizada", de "acogida a modelos caducos", y que afirman que el
estado de cosas actual elimina "intermediarios" que se quedan con "el
dinero de todos". La del "modelo caduco" es otra falacia que circula
por Internet. El obtener dinero a cambio de una mercancía es la base
del intercambio económico y por tanto de la supervivencia de las
sociedades. Ese modelo no ha cambiado. El obtener dinero a cambio de
una entrada de cine o de un DVD, de una descarga legal o de un
streaming, es lo que permite sobrevivir a la industria audiovisual:
dinero por mercancía, sea esta en forma de discos o de bits. No hay
modelo que haya cambiado, sólo el soporte. Si se quiere traficar
legamente con obras protegidas, sea en streaming o por descargas, se ha de
tener la autorización de sus propietarios.

Usaré mi experiencia como ejemplo del estado de cosas actual. Yo
necesito a esos intermediarios que ahora se califican de "caducos":
los distribuidores de cine y los exhibidores, las televisiones, los
editores de DVD, las páginas legales de visionado de cine, todos
ellos, me dan de comer. Yo he tenido que producirme mis películas
hasta la fecha. Y sé lo que representa tener que gestionar asuntos que
corresponden a otros, como la web oficial de la película, el cartel,
los slogans, los trailers, el material para internet, los making of,
los EPK, los pressbooks, flyers, teasers, etc. Hasta ahora han
existido gremios especializados que hacen, por ejemplo, cartelería, y
sólo eso. Otros que publicitan las películas, eligiendo los medios más
adecuados, o que hacen trailers, y sólo trailers. Otros eligen las
salas en las que se proyecta tu película en función de los
espectadores que estén interesados en verla, de la demografía de la
zona, o de la distribución por edades del público asistente. Todos
esos gremios, y muchos otros, están siendo destruidos. Y ello lleva a
un empobrecimiento terrible de nuestro trabajo, ya que se obliga al
director o productor a ser también el gestor de la publicidad, el
creador del poster, el creador del copy publicitario, o el diseñador
de la página web de la película. De todos es conocido ese refrán que
reza "aprendiz de todo, maestro de nada". Todo esto está llevando a un
espantoso amateurismo antes inimaginable en nuestra profesión. Los
trabajos se ven tan degradados que desaparecen, y el
director-diseñador-productor-webmaster-administrador de Ebay no puede
hacerlo todo. De la misma forma, este estado de cosas obliga a grupos
musicales de valía a perder tiempo de su trabajo como músicos en
gestionar asuntos que antes hacían otros. En contra de la opinión
generalizada, no hay liberación alguna; eso esclaviza, empobrece,
reduce y apaga la luz creativa de un país. Porque competimos con
industrias que sí protegen todos esos oficios.

Esas industrias de gran calibre, como la norteamericana,
pueden lanzar su producto en todo el mundo de forma agresiva
precisamente gracias a que mantienen a esos profesionales, a legiones
de especialistas que adaptan los posters a los mercados locales, que
traducen sus películas, que gestionan en cada ciudad del mundo los
soportes para la publicidad externa, que rediseñan trailers o spots
para televisión, que crean webs especializadas, juegos promocionales,
que negocian franquicias, que redactan contratos... En resumen, la
utilidad de esos "intermediarios caducos" es cada vez más clara y
mayor.

He podido ver películas pirateadas con los subtítulos realizados en casa
por personas en sus ratos libres que han traducido mal los textos, llenado
de faltas de ortografía el subtitulado o destrozado la sutileza de un giro
irónico. Mientras, los traductores profesionales pierden el trabajo,
porque una legión de voluntarios bienintencionados pero mal informados
del daño que hacen ha decidido erigirse en subtituladores de cine.

España ha vivido siempre en una falsa ilusión de gratuidad alrededor
del entretenimiento, sobre todo el televisado. Hemos
tenido una televisión pública durante 50 años, pagada por todos
nosotros, pero gracias al paternalismo franquista nada nos indicaba
que se pagaba con nuestros impuestos. Los ingleses, por ejemplo, con
su canon por televisor, saben perfectamente cómo se financia la BBC
sin necesidad de hacer ejercicios de imaginación. Las Televisiones
Autonómicas, todas ellas financiadas con cargo también a los
impuestos, tampoco muestran a las claras ese gasto al ciudadano.
Los partidos de fútbol se emiten -aparentemente- gratuitamente
mientras los millonarios derechos que genera su emisión permanecen
"transparentes" al espectador, ya sea porque se pagan con impuestos
o mediante publicidad.

De la misma forma que muchos creen que el móvil que les regala
una operadora telefónica es gratis, sin ver que ellos mismos lo van a
pagar durante meses de contratos blindados con penalizaciones,
la gente ha creído que ver "Piratas del Caribe" en TVE es gratis,
cuando no es así. TVE ha pagado un dinero por esa película a un
vendedor internacional, y tiene derecho a un número limitado de pases
en un período de tiempo negociado. Cuando este pasa, TVE ya no puede
emitir "Piratas del Caribe" a no ser que renueve su contrato, pagando por
esa renovación. Y así son las cosas. Pero el ciudadano
parece permanecer ajeno a esta realidad, pensando que, por ejemplo,
cuando Cuatro emite la serie "True Blood", Cuatro no arriesga nada.
Sogecable, empresa madre de Cuatro y Digital Plus, ha pagado un dinero
por esa serie, que deberá amortizar en razón a los ingresos
publicitarios que genere, basados en la audiencia. Cuando una web o un
grupo de personas comparten "True Blood" en Vagos o en Emule, están
dañando a Cuatro, que a lo mejor decide no emitir la segunda temporada
de esa serie porque no es rentable en términos de share. Es importante
entender esto, que niegan muchos internautas que, como los fumadores,
se ocultan a sí mismos las consecuencias de sus actos. Bajarse una
película de una web que no detenta los derechos de copyright causa
daño a terceros, haya o no beneficio económico en ello. Y un perjuicio
medible a televisiones, a editores de Vídeo, a webs legales de descargas,
en una cadena que llega desde el videoclub a la productora norteamericana
HBO, en el caso de "True Blood". Y a lo mejor HBO, a la larga, ve que no
es rentable producir ese tipo de series, porque no recibe lo esperado
de sus inversiones. El resultado, eso que causa tanta risa a muchos
internautas, es el fin de la industria del entretenimiento. Un primer
resultado: Hollywood ha producido en 2009 un 40% menos de películas
que en el año anterior. Esta es una cifra real, y su único origen ha
sido la piratería.

La gran industria norteamericana, desesperada por el descontrol en
las bajadas de películas, se vuelve muy conservadora, reduce su
producción y sólo da luz verde a blockbusters gigantescos de estreno
mundial simultáneo para minimizar el daño. Esto implica inversiones
cada vez mayores, y sólo los operadores globales sobreviven,
aplastando los cines nacionales, al copar las salas con su producto,
negando el acceso a las mismas al producto local. El cine mediano y
pequeño simplemente desaparece, se extingue. Y les recuerdo a todos
que es ese cine pequeño y mediano el que hace historia. Ya nadie se
acuerda de "Batman Forever", un gigantesco éxito de taquilla con 360
millones de dólares recaudados en todo el mundo. Ahora mismo es
cada vez más difícil producir y estrenar el equivalente actual a "Las
Zapatillas Rojas", "Jules et Jim", o “El Espíritu de la Colmena”.
Ahora mismo no sería posible que un joven Almodóvar estrenara
"Pepi, Luci y Bom" o que un nuevo Iván Zulueta llevara a las salas
el "Arrebato" del Siglo XXI.

Así, lo que para algunos es "una conquista de libertades" no es sino
exactamente lo contrario, una sistemática destrucción de industrias
enteras, de sectores económicos completos, de profesiones, de
expertos, de campos de conocimiento. Los futuros Bergmans o Rohmers
no podrán surgir ni florecer, porque su cine será totalmente marginal,
y porque ningún productor podrá afrontar crear una película a cambio
de nada. Y no obviemos nuestra responsabilidad en ello. Cada bajada de
película, cada bajada de canción de un website que no ha sido
autorizado por sus propietarios, contribuye a un “efecto mariposa”, y es un
ladrillo más en el muro del desastre.

También se han difundido sospechas donde no las hay de que una página con
contenidos molestos podría ser cerrada usando la legislación en
ciernes, o de que mantener la neutralidad de la Red a toda costa es un
derecho fundamental. La neutralidad de la Red no se cuestiona cuando se
cierra un website de pornografía infantil. Pero sí cuando se habla de cerrar
sites que comercian con obras sin consentimiento de sus propietarios.
Es sorprendente el doble rasero que se aplica. Cuando un ciudadano
te habla de que "las webs de descarbas sin ánimo de lucro no deben
ser penalizadas" o de que “poner un link a un fichero no es un delito”,
está empezando a hablar como un abogado buscando una salida legal
a un problema moral que no quiere afrontar.

La "defensa de las libertades" es el gran tema moral que se ha usado
como estandarte estos días. En todos los aspectos de la vida cedemos
gustosamente parcelas de nuestra libertad personal en pro de no dañar
al prójimo, y de una convivencia mejor. En las carreteras, obedecemos
señales que coartan nuestra libertad, nos detenemos ante semáforos
en rojo que coartan nuestra libertad y cedemos la labor punitiva a otras
personas, la policía, que coartan nuestra libertad. Si estamos en un lugar
público con terceras personas renunciamos a nuestra libertad de fumar. 
Cedemos nuestra defensa a los ejércitos, asumiendo el riesgo que ello implica. 
Cedemos nuestra intimidad en Internet a algoritmos de cifrado que ni siquiera comprendemos, o renunciamos, por el bien colectivo, a nuestra libertad de, 
por ejemplo, llevarnos una manzana del supermercado sin pagarla.
El consenso social es fundamental en la cesión de las libertades en
pro del otro, y sin ello las sociedades se desintegrarían.

Todo es una cesión para poder vivir en sociedad. E Internet no está
exenta de los mismos problemas; creada por hackers idealistas en los
años 70, se ha mantenido como una laguna legal, pero hemos visto
muchas veces ya que la humanidad no parece funcionar bien con la
autorregulación y las normas han aparecido también en Internet. Porque
en la Red de Redes se trafica con datos, se roban números de tarjeta
a millones cada día, existe el phishing, el spam, el malware, los troyanos,
los sniffers, los virus, y se delinque por la Red tanto como en el mundo real.

No es posible que en nuestro país tengamos un conjunto de derechos y
deberes que se esfumen al conectarnos a Internet, o que, acogiéndonos al
anonimato, hagamos en Internet lo que nunca haríamos en la vida real
simplemente "porque se puede"; eso implica la destrucción de cualquier
cortapisa moral, y es terriblemente pernicioso. Esa "laguna legal
virtual" que es ahora la Red de Redes habrá de terminar en algún
momento. Porque estamos demostrando, una vez más, que no somos
capaces de autorregularnos. Y a las pruebas me remito.

"Cine, Polis y Democracia" (Spanish)



Article. May 2009.

En su reciente artículo de opinión “Despoliticemos el Cine”, Jaime
Rosales se mostraba contrario a la expresión política de las personas
vinculadas a la industria del cine, más allá del ejercicio del voto. .
Quisiera responderle como ciudadano disconforme con su tesis.
Cualquier acción que una persona o grupo de ellas emprenda en una
sociedad estará dotada de carga política. Es algo inevitable, ya que
la política es, según la acepción 9 del Diccionario de la RAE, la
“Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con
su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo”. Todo lo que
emprendamos estará bañado en política, o no será.

Partiendo de esto, si algo necesita la sociedad española es
precisamente tener una estructura de grupos cívicos fuerte e
integradora, de gentes que, más allá del acto del voto, construya y
desarrolle nuestra democracia cada día, aparte de la casta del
político profesional. Desgraciadamente, España ha carecido, por
razones que no se escapan a nadie, de “sociedad civil” y movimientos
sociales que estructuren la polis, la comunidad, hasta tiempos
recientes. Somos un país que aún no ha aprendido del todo a organizar
sus propios movimientos cívicos y en el que el ciudadano tiene un
innegable temor a “posicionarse” ante terceros, a “expresar” sus
modelos de convivencia y sus propuestas. En España no existen apenas
grupos ciudadanos, cosa que sí ocurre en otras democracias con más
solera, caso de la británica, la norteamericana o la francesa, en las
que los colectivos sociales colaboran en el buen gobierno y la
elaboración de las leyes.

No creo que, como colectivo social, la gente del cine deba callarse
sus opiniones políticas (entendiendo como “política” cualquier
opinión) “para no ofender a un cierto bando contrario”. Aquí se parte
de lo que espero sea pronto una falacia, que es la existencia de las
viejas Dos Españas irreconciliables. Creo que nuestra generación y las
que vienen debemos empezar a luchar porque esos dos bandos, siempre
tan peligrosos, desaparezcan de nuestra sociedad de una vez por todas.
Una sociedad madura puede y debe permitir expresar sus convicciones
con libertad a cualquier ciudadano. Sean estos actores, autónomos o
ingenieros, agricultores o editores, investigadores o amas de casa,
poetas, cantantes, informáticos, mecánicos, aristóctatas u obreros,
todo miembro de la sociedad tiene derecho a opinar y colaborar en el
gobierno del que forma parte. Las democracias se mantienen vivas todos
los días. Jugar al juego de la representación popular cada cuatro años
sin extender a la vida cotidiana el ejercicio de los deberes cívicos y
derechos ciudadanos transforma la condición de ciudadanía en un objeto
inane.

Una de las rémoras más castrantes que arrastra nuestra sociedad es el
miedo a expresarse, el temor a dar la opinión, so pena de ofender a un
hipotético contrario en desacuerdo con nuestras tesis.
Paradójicamente, este país nuestro se expresa a gritos, pero cuando
hay que posicionarse en cosas realmente importantes, calla. Esa
ausencia de debate real e integrado en todos lados de nuestra sociedad
se extiende desde los colegios (en otras democracias los alumnos
participan en debates sosteniendo tesis y antítesis en sus argumentos,
defendiendo aquello en lo que creen y luego aquello que repudian, para
aprender a ponerse en el lugar del otro; aquí nadie enseña a los críos
a construir un debate y desarrollar sus propias tesis), pasando por
los medios de comunicación (en Estados Unidos o Reino Unido, en los
canales televisivos públicos y privados es tradición el debate
político matinal, considerado como un servicio público; aquí un
“debate” televisado es cualquier cosa menos eso, salvo honrosas
excepciones) hasta la vida política en general (raramente el trabajo
legislativo trasciende a la sociedad, las iniciativas populares son
ignoradas sistemáticamente, y la condición de “inexpugnables” de los
parlamentos, especialmente los autonómicos, frustran a muchos
ciudadanos con iniciativa).

No es fácil intentar algo así, ya que parece existir una terca
insistencia de contribuir a un enconamiento entre los ciudadanos de
consecuencias imprevisibles. Uno de los primeros pasos a dar es
librarnos del yugo del “o conmigo o contra mí” tan nuestro, y que nos
ha traído tanto sufrimiento a lo largo de nuestra historia.

Ponerse en el lugar del otro, respetar la opinión opuesta, buscar
puntos de acuerdo, negociar y consensuar, son las bases que crean
cualquier discurso democrático maduro. Por eso precisamente creo que
todos tenemos la obligación de dialogar más, de tender más manos, de
abrir más puertas. Seamos cineastas o no. Dejar la democracia reducida
a un ritual cada cuatro años no es la mejor manera de defenderla, es
vaciarla de contenido.

"La Competencia Imposible" (Spanish)




(Article in Spanish, originally published in El Pais, september 2009)

Internet está cambiando nuestras vidas tan rápido que no solemos pararnos a reflexionar en ello. Hasta que lo sufres en tu propia carne.

Estaba buscando por Internet críticas de mi última película, "No-Do", un film de terror, en Polonia, donde se distribuye desde hace un par de semanas. Inesperadamente, Google me devolvió 10 páginas de archivos con nombres como "No-Do DVDRip". Se trata de copias que la gente puede bajarse a sus casas. Esto es: haces una película, alguien hace una copia de ella sin que lo sepas y la pone accesible en Internet. Ello permite a millones de personas tener tu película en sus discos duros domésticos y poder verla gratis.

No-Do” ha salido en alquiler en España hace unos días, y es normal que a partir de la edición en DVD las copias en internet proliferen. Puedes ver en tiempo real la cantidad de copias que la gente se está bajando. Treinta mil en un sitio, cincuenta mil en otro... Cuando vender cuatro mil DVDs de una película española es un éxito.

En España hacemos cine independiente. Nos pagamos los websitesoficiales de nuestras películas, ponemos nosotros mismos los trailers en Youtube, mantenemos páginas en Facebookpara que la gente conozca la película, y en resumen hacemos toda la publicidad vírica que podemos. Encontrarte algo así en Internet es agridulce. Por un lado, te enteras de que hay mucho interés en tu película, y es una oportunidad para que mucha gente que se la perdió en el cine pueda echarle un vistazo. Pero también sabes que esas copias están realizadas sin tu permiso y no verás ni un Euro de ellas.

Hace un par de años vivimos un caso similar con "La Hora Fría", mi segundo largo como director, que he producido, como “No-Do”, con Margaret Nicoll. Ella me avisó un buen día de que habían aparecido decenas de copias de la película en Internet. Calculamos que se ha descargado un millón veces en todo el mundo. Aunque se ha vendido a 15 países, los mercados han encogido tanto por las descargas que los distribuidores locales todavía no han recuperado sus inversiones.

No quiero entrar en debates. En todo el asunto de las descargas hay opiniones encontradas, y no soy quien para opinar sobre lo que nadie se baja a su disco duro en la intimidad de su hogar. Pero hay que hacer algo. Somos el segundo país del mundo, tras China, en descargas realizadas sin el consentimiento de sus propietarios ¡con una población 25 veces menor! Tenemos que encontrar un punto en común entre todos; entre el legislador, el ciudadano y el proveedor de acceso, entre el principio de neutralidad de la red y el de legalidad, entre el derecho de copyright y el de difusión de la cultura. Creo que también falta la opinión de los ciudadanos, la gente que se baja las películas, al respecto.

En España estamos pasando una crisis muy dura. Somos un país pequeño que no ha podido o no ha sabido convertirse, salvo contadas excepciones, en potencia tecnológica ni de investigación. Dentro de los nuevos modelos económicos que nos harían competitivos están la producción de software, la creación de contenidos y conocimiento, el audiovisual, y en resumen la propiedad industrial e intelectual. En cambio somos uno de los países que menos protegen esa propiedad. Parecemos incapaces de defender una de las pocas industrias que podría darnos un valor competitivo en el mundo. Ciudadanos, legisladores, jueces, operadoras, servicios de alojamiento de archivos, productores, creadores... tenemos que entendernos o pronto no habrá industria que defender.

El mío es un caso diminuto en un océano, pero piensen en la industria española del videojuego. ¿Cómo podrán afrontar un coste de millones de euros para producir un título que va a ser bajado masivamente sin contrapartida económica?

Cuando sabes que tu producto funciona, pero no puedes recibir el beneficio que justamente te corresponde, algo muy básico está fallando.

A peculiar galaxy near M104

Publicado en Revista Mexicana de Astronomía y Astrofísica, Vol. 59, número 2. P.327. Este es el link.