sábado, 8 de abril de 2017

"Aurora"


Acabo de leer “Aurora”, novela de Kim Stanley Robinson que ha publicado hace poco Minotauro. Robinson se hizo famoso por su trilogía de novelas sobre la colonización del planeta Marte hace ya un par de décadas, y en “Aurora” insiste en ese tema, centrándose en el viaje interestelar de una nave espacial tripulada por varios miles de personas hacia un planeta extrasolar, con el fin de colonizarlo, y cuyo nombre da título a la novela.

El viaje dura mucho tiempo, pues la nave espacial de desplaza a una décima parte de la velocidad de la luz (la constante conocida como c, aproximadamente 300.000 kilómetros por segundo) hacia un destino e orbita alrededor de la estrella Tau Ceti, a unos 12 años luz de la Tierra. Viajando al 10% de c, necesitaríamos más de 120 años para llegar allí. En realidad haría falta más tiempo aún, pues para alcanzar la enorme velocidad de la nave sin aplastar a los viajeros por la aceleración, se habría ido aumentando la velocidad poco a poco durante décadas, y se tardaría otras tantas en ir frenando, a medida que se acercara a su objetivo. En fin, que el viaje llevaría casi dos siglos, así a ojo. Toda una singladura que obedecería a esa necesidad tan humana de explorar, y que nos ha llevado a recorrer el mundo de lado a lado mientras hemos vivido en él.

Se trata de un viaje transgeneracional en el que los habitantes que parten de la Tierra no van a ser los que llegarán a destino, pasando al menos dos generaciones en el interior de la nave, por mucho que aumente la esperanza de vida. Por tanto, habrá personas en ese viaje que sólo conocerán un hogar: la nave en la que viajan. La novela se podría encuadrar en la llamada “ciencia ficción dura”, por partir de un poderoso soporte documental y científico, y ha sido todo un best seller en varios países. Pero hay mucho más en ella.

No voy a adelantar mucho sobre la trama, que está llena de giros y sorpresas, y rompe expectativas, pero sí comentaré algo sobre los temas narrados. Contada a lo largo de dos generaciones en las que toman protagonismo madre e hija, que son una suerte de líderes de la expedición (no muy felices de serlo, lo que supongo le pasaría a cualquiera ante tamaña responsabilidad), explora asuntos muy interesantes, como nuestra condición y limitaciones, el futuro explorador de la humanidad hacia otras estrellas, la violencia como amarga distinción de nuestra especie, y dilemas morales de gran calado, como qué hacer cuando tu destino no era tal y como esperabas, o de qué manera enfrentarte a los errores que generaciones pasadas han cometido y que tú vas a pagar.

Siempre he abogado por la necesidad futura de que abandonemos este planeta, y posteriormente el sistema solar, para convertirnos en una especie colonizadora a lo largo de generaciones y generaciones, y la novela me coloca en una situación difícil; sobre todo al contrastar mi optimismo al respecto con ciertas realidades que surgirán ante nosotros. Asuntos como el mero hecho de que colonizar o terraformar un planeta distante es un problema vasto e inabarcable, o si realmente podemos sobrevivir en ecosistemas extraños que han evolucionado por su cuenta a lo largo de los eones, me llevan a pensar que el asunto es una empresa inabarcable, y de enfrentarla será la más importante y cara gesta de toda nuestra historia. La novela plantea el momento de esas primeras misiones para habitar planetas extrasolares para dentro de unos 700 años. En ese tiempo, si nuestra especie sobrevive, probablemente tendremos la tecnología suficiente para ello. A pesar del tiempo futuro en el que se desarrolla la acción, seguirán habiendo problemas irresolubles y enormes riesgos a correr, imposibles de calcular con exactitud debido a la vastedad de las variables implicadas.

Os dejo con algunos párrafos de la obra que no cuentan nada que os reviente la historia, pero que me han dejado lo suficientemente marcado como para señalarlos:

(habla la inteligencia artificial de la nave -que mantiene siempre un curioso plural cuando se refiere a sí misma-, añorando a la líder fallecida de la expedición)

“Deseábamos que Devi estuviese ahí. Intentábamos imaginar qué hubiese dicho. Lo cual descubrimos que era imposible. Eso era precisamente lo que se perdía a la muerte de una persona.”

Siempre he pensado algo similar: que cuando alguien muere, una visión única del mundo, una suma de experiencias que sólo han ocurrido en su mente, una manera de percibir, de hablar, de concebir ideas, se pierde para siempre. Con cada mente humana que se va, es como si una gigantesca catedral se derrumbara hasta que no quedara nada. Esta corta frase me dejó pensando en el asunto. Tal vez en el futuro encontremos formas de grabar las consciencias humanas, para no perder toda esa riqueza que se va para siempre con cada ser humano que perdemos.

“-Vive como si estuvieras muerto.
-¿Cómo?
-Un dicho japonés. Vive como si estuvieras muerto.”

Muy interesante ese dicho. En realidad es análogo a lo que persiguen los budistas con la meditación, u otras religiones con la oración, y otras disciplinas, desde el yoga al mindfullness: céntrate en el presente, no juzgues, vive el ahora, como si no hubiera un mañana. Exactamente: Vive como si estuvieras muerto.

”Ahora pensamos que el amor es como prestar atención. Por lo general, prestar atención a otra consciencia, pero no siempre; la atención puede darse a algo inconsciente, incluso inanimado. Pero la atención parece a menudo ser llamada por una consciencia afín. Algo al respecto impone la atención, recompensa la atención. Esa atención es lo que llamamos amor. El afecto, la estima, un cariño apasionado. En ese punto la consciencia que es sentir el amor tiene el universo organizado para ella por una especie de polarización. Entonces dar es obtener. El sentimiento de consideración es una recompensa inmediata. Uno da.”

Una bonita definición del hecho de amar (concebida por la inteligencia artificial de la nave, que vive en un perpetuo estado de perplejidad, fascinada con la condición humana) que suscribo.

Para terminar, un par de detalles. Hay un momento hacia el final del tercer acto de la novela en el que los protagonistas dedican una tarde a ver el rayo verde, un fenómeno atmosférico fascinante al que Eric Rohmer dedicó una de sus más interesantes películas (de la serie de largometrajes “comedias y proverbios”). Y el final de la historia es cotidiano, personal e íntimo, alejado de la enorme escala de la gesta narrada, y precisamente por eso me parece acertado y emocionalmente satisfactorio.

Como habréis comprobado, he seleccionado párrafos de la obra que, curiosamente, no parecen sacados de una novela de ciencia ficción. Porque “Aurora” es, como suele pasar con lo mejor del género, una reflexión sobre todos nosotros, alrededor de nuestra condición, humana (y transhumana), sobre nuestro presente, nuestro futuro, nuestro destino personal... y las cosas que realmente merecen la pena.